Reproducimos una nota de Ian Jack aparecida en The Guardian. El autor erróneamente señala a Borges como premio Nobel y sostiene que, si no fuera por el petróleo, se volvería a hablar de formas compartidas de soberanía.
Por Ian Jack.
El escritor argentino Jorge Luis Borges caracterizó en forma memorable a la guerra de las Malvinas como "dos hombres calvos peleándose por un peine". Ahora que una empresa británica ha comenzado a extraer petróleo 60 millas al norte de Puerto Stanley, podemos ver que incluso una buena frase de un viejo y sabio escritor ganador del premio Nobel no logra echar luz sobre el tema.
La guerra de las Malvinas no fue, por supuesto, "por el petróleo”. Más allá de los distintos puntos de vista, con sus aciertos y errores, sólo la Unión Soviética quiso ver a la guerra como una lucha directa para saquear los recursos naturales. Pero el petróleo, o más bien la perspectiva de su descubrimiento en cantidad abundante (“otra Kuwait" fue mencionada), le dio color a las políticas hacia las Malvinas, tanto de argentinos como de británicos, durante una docena de años, antes de que estallara la guerra en 1982.
Y hasta se podría argumentar que, de una manera indirecta, fue una de las causas. Si Borges hubiera descrito el conflicto como "dos hombres calvos peleándose por un restaurador de cabello ya utilizado con éxito por millones", tampoco habría sido del todo correcto, pero hubiera estado más cerca.
La noticia de que el fondo marino alrededor de las Malvinas podría contener ricos yacimientos de petróleo fue comunicada al gobierno británico en 1969. Richard Crossman, entonces miembro del gabinete, describió en su diario su sorpresa por el hecho de que "el Ministerio de Relaciones Exteriores dijo que la única cosa a hacer era ocultar la propuesta y evitar que se hagan pruebas".
Lo que el Ministerio temía era que la exploración pudiera agravar la controversia territorial con Argentina. En público, los políticos británicos mantuvieron su confianza en la soberanía jurídica de Gran Bretaña sobre las islas, tal como sucede de nuevo ahora frente a las protestas argentinas sobre la plataforma de perforación en la cuenca norte.
En privado, están menos seguros. En 1936, John Troutbeck, jefe del departamento estadounidense del Ministerio de Relaciones Exteriores, escribió un informe que resume el problema. La dificultad de la posición de Gran Bretaña era que "nuestra manera de manejar la crisis de las Islas Malvinas en 1833 fue muy arbitraria en su procedimiento, a juzgar por la ideología de la actualidad. Por eso es muy difícil explicar hoy nuestro poder en las islas sin quedar como bandidos internacionales”
Cada vez más, la pretensión británica no dependía de los tratados y las reivindicaciones, sino de una doctrina del derecho internacional conocida como "prescripción", que permite que la propiedad puede surgir de una ocupación a largo plazo. En el ánimo anti-colonial de las décadas de posguerra, este criterio se fue aceptando cada vez menos, aunque por lo menos en las Malvinas no se produjo la expulsión ni la supresión de la población aborigen. Las Malvinas han sido pobladas exclusivamente por personas británicas desde la década de 1840, y siempre que a los habitantes se les requirió su opinión expresaron que querían permanecer británicos.
Ellos expresaron una visión tradicional de la soberanía, lo que el estudioso estadounidense Lowell S. Gustafson llama "soberanía dura ", es decir, la propiedad individual de un territorio bajo una sola bandera. Muchos en la Argentina han seguido el mismo criterio, sólo que ellos, simplemente, quieren plantar una bandera diferente. El pleito había sido irreconciliables durante más de un siglo sin causas mayores daños, pero en la década de 1970, la perspectiva de la riqueza petrolera hizo que la búsqueda se tornara un compromiso más urgente.
En 1975, 50 compañías petroleras habían solicitado a Gran Bretaña los derechos de exploración. Frente a más enérgicas demandas argentinas para negociar la transferencia de soberanía, y con la posibilidad de una guerra si la negociación no prosperaba, Gran Bretaña se estancó. Esto enfureció a isleños, que ansiaban un mayor desarrollo económico. En Londres y Buenos Aires, los funcionarios y políticos menos nacionalistas sintieron el camino hacia una solución era la soberanía “soft” (“suave", “acotada”) es decir, la propiedad conjunta en condominio, o bien un acuerdo de arrendamiento que le conceda la soberanía a Argentina, pero que, a los efectos prácticos, disponga que Gran Bretaña continúe con la posesión de las islas.
El arrendamiento se convirtió luego en la política que el gobierno de Margaret Thatcher trató de vender a los isleños, a través de Nicholas Ridley, su vendedor más inepto. Tras años de desidia oficial, las Malvinas aparecen esencialmente como propiedad de la Falkland Islands Company, y están pobladas por los empleados de la compañía, que obtuvieron beneficios de la lana de 600 mil ovejas, dejando la carne de cordero para la alimentación.
Lord Shackleton, encargado en 1975 de investigar el futuro económico de las islas, ha reprobado a la empresa y al gobierno británico por su falta de inversión y se dio cuenta de que el pueblo, más allá de ser honesto y físicamente fuerte, tenía "un grado de aceptación de su situación que raya en la apatía”. Más tarde, me dijo, no muy correctamente en función de lo ocurrido en Diego García: "Si estas personas hubieran sido negros, Gran Bretaña nunca se habría salido con la suya". Y se puede ver qué quería significar: la izquierda nunca se interesó por la situación de 1.800 personas a 8.000 millas, aunque esta situación sí enoja a los más patriotas.
Cuando fui allí en 1978, Gran Bretaña había estado tratando de introducir durante varios años la idea de la cooperación con la Argentina. Cada visitante civil y cada pieza de correo aéreo aterrizaban allí con la autorización de la junta militar de Buenos Aires, que era propietaria de la compañía aérea y expedía los visados. Asimismo, la empresa petrolera estatal de la Argentina enviaba combustible a las islas.
Incluso algunos argentinos vivían allí, incluyendo a dos mujeres jóvenes enviadas a enseñar español a los niños. Pero el resentimiento y el temor siguieron creciendo en forma sostenida. Un día felicité a un magistrado de Stanley por el retrato de la reina que estaba sobre su escritorio. "Sí, mucho mejor que el famoso italiano", dijo el magistrado. ¿Annigoni? "Ese es el hombre. Le puso un estilo tan latino".
En 1978, los rumores eran de un condominio. Los habitantes de las islas sospechaban que Londres los iba a vender "por el Río de la Plata" y entonces en Gran Bretaña el lobby pro Malvinas creció. Tres años más tarde, el plan de arrendamiento de Ridley fue rechazado en el Parlamento. Y así comenzó un ciclo de acción y reacción desencadenado por la palabra "petróleo", que terminó no dejándole salida a la diplomacia británica. Argentina comenzó a realizar pruebas de perforaciones en aguas en disputa.
El gobierno británico no tomó ninguna postura belicosa, excepto la medida de colocar anuncios en el International Herald Tribune invitando a las compañías de petróleo a considerar las "consecuencias jurídicas". Argentina no le prestó atención, mientras que Gran Bretaña anunció que iba a retirar su último barco patrulla regular en el Atlántico sur. En las palabras de Gustafson, a principios de 1982 la Argentina había iniciado un proceso de exploración "por el cual se estaba empezando a recuperar el título de posesión sobre las Malvinas”.
Sólo unas semanas más tarde Argentina invirtió esta posición de esperanza con su desastrosa decisión de invadir. El desalojo de su ejército costó la vida de 650 argentinos y 258 británicos, pero en Gran Bretaña sigue siendo la guerra más popular desde 1945: una corrección legítima a la agresión extranjera, una campaña muy corta, una clara victoria. Pero no fue una solución. Como Lawrence Freedman ha escrito: "No es el caso de que porque la sangre de los soldados británicos se derramó sobre las Islas Malvinas, las islas deban seguir siendo británicas siempre. Si esa fuera una regla firme, Gran Bretaña seguiría siendo una potencia imperial sustancial". Si no se encuentra suficiente petróleo, tarde o temprano se hablará una vez más de la soberanía “soft”.
Fuente: The Guardian (www.guardian.co.uk)
Traducción: Pablo Bilsky.