Una de las consecuencias más patéticas del “efecto jazz” tiene como víctimas a los defensores vernáculos del neoliberalismo. El problema que aqueja a estos muchachos no es menor: todo lo que ellos defendían se vino abajo. Se derrumbó, como el Muro de Wall Street, como todo lo que se cae a pedazos y desnuda sus mentiras, sus limitaciones, sus pies de barro, la bosta acumulada bajo la alfombra. ¿Y ahora qué dicen, eh?

Lo más gracioso de la situación es que en Estados Unidos, la capital cultural de estos sujetos, cada vez son más las voces que señalan que la crisis financiera significa “el fin del capitalismo”, al menos en su versión financiera, especulativa y sin control del Estado. En Estados Unidos se afirma que el salvataje “es la mayor transferencia de fondos en beneficio de los más ricos y en detrimento de los pobres de toda la historia de la humanidad”. Hasta se han atrevido a recordarles a los señores de Wall Street que su caída coincidió con el 160 aniversario del Manifiesto Comunista.

Pero aquí no. Aquí los yankies truchos se comportan como viudas despechadas. ¿Qué habrán pensado estos sujetos que defienden a capa y espada al mercado y condenan toda intervención estatal cuando el presidente Bush dispuso una de las medidas más estatistas de la historia del estatismo, el comunismo, el socialismo y el populismo? Los mismos que denostaron la intención del gobierno nacional de disponer retenciones móviles a la renta extraordinaria (¡Una medida confiscatoria, populista, autoritaria!) ahora se ven en serios aprietos para analizar la iniciativa de Bush. ¿Qué hacen entonces? ¿Qué dicen los periodistas pro establishment ahora? ¿Qué dicen, ahora que los bancos que le ponían nota a la Argentina se fueron a marzo? ¿Y los que nos torturaban con el riesgo país, qué dicen ahora, eh? ¿Qué dicen ahora los especialistas en economía que aplaudieron y sostuvieron los ajustes que costaron hambre y sangre al pueblo argentino?

No es difícil adivinar: dicen lo mismo que antes, lo que venían diciendo. Eso dicen. Carecen de la más mínima idea de honestidad intelectual, de ética profesional. Las salidas diarias por LT8 de Osvaldo Granados son un buen ejemplo de este patetismo neoliberal en desgracia. Tan repugnante resulta la deshonestidad que el colega Guillermo Zysman saltó como leche hervida cuando la mañana de este jueves Granados osó mencionar el riesgo país de la Argentina. “Ojo que está en 1.200 puntos”, señaló el periodista porteño. “Bueno convengamos que los que miden el riegos país no resultaron muy confiables”, retrucó el rosarino. Y el periodista porteño, siempre canchero y sobrador, apenas farfulló unas críticas inconsistentes hacia el gobierno nacional, aferrado a su viejo discursito y a sus jefes de la Embajada en bajada.

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