Por Pablo Bilsky. El tipo se levantó temprano, como todos los días, para ir a laburar. Todavía era de noche y hacía mucho frío. Encendió el televisor para ver las noticias mientras desayunaba. Camino hasta la estación de tren, observó los titulares de los diarios en los kioscos.

El tipo es un afroamericano, es decir un negro, uno de los tantos que todos los días toma el tren desde el sur de Chicago para ir a trabajar al centro.

No hay blancos en el sur de Chicago, excepto en el gueto, cerradísimo, de la Universidad. Además, excepto en determinados tramos, muy puntuales, de la zona central (el denominado Loop), tampoco hay blancos en el tren elevado que une el norte rico y blanco de la ciudad con el sur negro, pobre y trabajador. Chicago es famosa por Al Capone, el Blues, y también por sus guetos.

Después de las 18, más allá de las estaciones del centro, los vagones del tren elevado de Chicago se llenan de trabajadores negros, cansados y semidormidos, que emprenden el regreso hacia el sur.

Algunos analistas políticos destacan con exultante optimismo el triunfo de Barack Obama como un cambio histórico, como un quiebre y como el advenimiento de una nueva era. Otros son más escépticos, afirman que los presidentes estadounidenses no gobiernan, sino que son meros títeres de las corporaciones, y entonces sólo será cuestión de tiempo para decepcionarse.

Por estos pagos, la mayoría de los analistas asegura que “no habrá grandes cambios en la relación con América latina”, y recuerdan que, en general, los gobiernos demócratas han sido más proteccionistas en lo económico, como un dato revelador. Incluso están los que se arriesgan a profetizar que podría “ser peor” porque los republicanos militaristas representados por George Bush y las corporaciones para las que gobierna se ocuparon de devastar Medio Oriente olvidándose el patio trasero, lo cual dio un poco de aire a los latinoamericanos. En cambio, los demócratas podrían volver sus ojos hacia el sur, y para nada bueno, según indica la historia.

El tiempo dirá quién tiene la razón. Es todavía muy pronto. Pero más allá de las prospecciones y los pronósticos, hay un hecho confirmado. Mientras usted lector repasa estas líneas, millones de trabajadores, negros y cansados, retornan a sus hogares en trenes que cruzan ciudades divididas, partidas, separadas. Este miércoles no fue un día más para muchos de ellos. Este miércoles se levantaron con un ánimo especial y encararon el trabajo con otra predisposición. Como quien, en la Argentina, llega a la oficina o a la fábrica, un lunes a la mañana, sintiendo que es menos lunes y menos de mañana porque es hincha del equipo que el domingo le ganó por goleada a su tradicional rival. Es apenas una sensación, efímera. Pero la sensación es real, tiene peso. Es un hecho confirmado. Después se verá.

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