Vignatti en TV.
Vignatti en TV.

El Señor I está decepcionado. La vuelta a la escena de Orlando Vignatti truncó la posibilidad de que la crisis del diario El Ciudadano derive en mayor pluralidad informativa en Rosario y zona. Que Vignatti se haga cargo de la continuidad –una continuidad con sus bemoles– del periódico que él mismo fundó en 1998 muestra una vez más que la concentración de la prensa gráfica goza de buena salud en derredor del Monumento a la Bandera. El hombre, se sabe, es socio de Daniel Vila y José Luis Manzano en el control de La Capital, el otro diario de la ciudad, y de entrada aclaró que su pretensión es que el nuevo El Ciudadano –El Ciudadano y la gente se va a llamar ahora– sea un competidor “amigable” del decano de la prensa. Y claro, Vignatti no va a dejar de ser amigo de sí mismo.

La parábola de El Ciudadano es esclarecedora sobre cómo puede funcionar la práctica de la concentración informativa. Tras fundarlo en 1998, Vignatti lo incluyó a fines de 1999 en el multimedios La Capital, al que se incorporó iniciando su sociedad con Vila y Manzano. Unos meses después, en abril del 2000, cerraron El Ciudadano, al que reabrieron tres meses después con la mitad del personal –los despedidos fueron un centenar– y con nuevas características.

Armaron un producto totalmente distinto al de los inicios, degradaron su calidad periodística, redujeron drásticamente su tirada, dejaron de editarlo los domingos, lo posicionaron como “diario tapón”, como para desalentar intentos porque se establezca una nueva competencia. Que vuelva a haber un solo diario hubiera sido muy escandaloso.

Un año y medio después entró en escena Eduardo López, que se puso al frente del diario hasta fines del año pasado, cuando tras perder las elecciones en Newell’s dejó de pagar los sueldos. Y con el paso del barbado ex titular leproso se completó el vaciamiento de una empresa, El Ciudadano y la Región SA, cuyo destino próximo es la quiebra.

Lo del vaciamiento puede apreciarse si se recuerda que El Ciudadano arrancó en el 98 con edificio propio en Dorrego al 900 y planta impresora propia en Capitán Bermúdez. Pero ya desde entonces en los papeles cada uno de esos activos figuraba a nombre de razones sociales distintas.

Así fue que una vez concretada la incorporación al multimedios el diario comenzó a imprimirse en la planta de La Capital en calle Santiago, que no dejó de prestar el servicio cuando llegó Eduardo López, quien sólo varios años después mudó la redacción a las instalaciones de San Lorenzo y Entre Ríos, esa esquina en la que mucho tiempo se cantó bingo.

Los trabajadores de El Ciudadano recuerdan que López amagó varias veces con comprar impresora, separarse de La Capital y relanzar el diario. Pero eso nunca sucedió. El Ciudadano siguió siendo “el segundo diario” de la ciudad, bajo control del primero, que lo siguió imprimiendo pese a que López no pagaba por ese servicio.

Esta falta de pago de parte de López, todo un signo de la sociedad de hecho con Vila, Manzano y Vignatti, se blanqueó cuando a fines del 2003 un juez de la ciudad de Buenos Aires decretó la quiebra de El Ciudadano y la Región SA.

Aquella quiebra fue levantada al mismo tiempo que se blanqueó el traspaso de El Ciudadano del multimedios a López, si es que se puede llamar blanqueo a la cesión del diario a una empresa llamada Nifadel, radicada en Montevideo, Uruguay, con directorio presidido por Miguel Tardío, un incondicional de López que antes había estado encargado del manejo del personal del bingo de San Lorenzo y Entre Ríos.

Son muchas las historias que las jóvenes que trabajaban en el bingo cuentan sobre Tardío, pero no vienen al caso.

Retomando el hilo, aquel traspaso de El Ciudadano desde el multimedios a Nifadel generó dudas que se expresaron incluso en el fallo del tribunal arbitral de la Bolsa de Comercio que rubricó Jorge Mosset Iturraspe. El fallo surgió en el marco del proceso de convocatoria de acreedores en el que estuvo inmersa La Capital, que se inició a instancias de integrantes de la familia Lagos, que le había vendido el decano a Vila y Manzano pero denunciaban que no había cobrado lo pactado.

Iturraspe cuestionó en aquel fallo el hecho de que el multimedios se hubiera desprendido de un activo como El Ciudadano sin prácticamente haber percibido dinero a cambio. La operación fue a cambio de créditos publicitarios. La Capital siguió imprimiendo el diario que “vendió”. La sindicatura no entendía nada. Lo expresó en uno de sus informes sobre la convocatoria de El Ciudadano, tras constatar que el principal acreedor privado de la empresa concursada era ¡La Capital! que de repente se presentaba a denunciar que Nifadel no le pagaba la impresión que realizaba, y que sin embargo siguió realizando hasta estos días.

Hasta es probable que El Ciudadano y la Gente –el “nuevo” El Ciudadano, sería– también se imprima por un tiempo en la planta de La Capital de calle Santiago. Al menos esto es lo que informó el propio Vignatti en su diálogo con el portal punto biz, que aquí le ofrecemos apreciar reproducido por Rosario Net.

Pero antes siga un ratito con el Señor I, que le quiere contar que Vignatti también le dijo a punto biz algo así como lo que suyo es altruismo puro. “Sentía que tenía una deuda con esa gente que me había ayudado en el primer momento de El Ciudadano”, explicó Orlando, refiriéndose a los trabajadores del diario que en su "primer momento" sacrificó en pos de sumarse al multimedios de Vila y Manzano.

El Señor I se emociona casi hasta las lágrimas. Vignatti manifiesta que se siente en deuda con los pobres empleados. Imagina el Señor I una conmovedora escena de reencuentro entre patroncito y laburantes que recuperan la dignidad. Pero no, no. Tan así no es. Pese a que Vignatti no dejó de ser Vignatti, y pese a que Vignatti le fue tan bien en sus negocios que hasta se compró el Ámbito Financiero, los trabajadores de El Ciudadano deben romper su relación laboral con El Ciudadano y la Región SA para incorporarse ahora a una nueva empresa, la que va a editar El Ciudadano y la Gente, que pertenece al propio Vignatti, quien les pagará sólo el 70 por ciento de los salarios correspondientes porque al parecer no le alcanza la plata para pagar el sueldo completo, pobrecito.

Para los laburantes de El Ciudadano que vienen soportando los avatares del diario desde el principio la rebaja salarial no se limita al 30 por ciento ese. Hay que sumarle un 20 por ciento que percibían en concepto de antigüedad acumulada en diez años que se cae con el traspaso a la nueva empresa del antiguo nuevo dueño.

El Señor I supone entonces que los empleados percibirán las indemnizaciones correspondientes por esos años de tarea en la “vieja” empresa antes de pasar a la “nueva”. Pero no. La “vieja” empresa vuelve a un proceso de quiebra ya con nuevas vueltas de tuerca en el proceso de vaciamiento. Así, hay muy pocos activos para repartir entre los muchos acreedores que configuran un pasivo muy largamente mayor. Tal vez algún peso rescaten los trabajadores, dentro de quién sabe cuánto tiempo. Habrá que ver. Y para ver habrá que ponerse lentes de esos culo de botella, supone el Señor I, siempre asaltado por malos pensamientos.

Tanta comidilla no es inocua ni anecdótica en lo que a la población rosarina se refiere. Tanta práctica concentradora hace mella en su derecho al acceso a la información y a la libertad de expresión. Al Señor I, que los conoce, le queda la esperanza de que los trabajadores de El Ciudadano puedan seguir amañándose para ofrecer algunos matices y dar cabida a expresiones que poco espacio encuentran en La Capital. Pero los trabajadores que quedan en El Ciudadano cada vez son menos, apenas algo más de 60. Y hay indicios de que la sangría puede continuar.

El Señor I no quiere terminar esta su columna ciudadana sin recordar que el multimedios La Capital controla no sólo los dos diarios de la ciudad –Rosario 12 es apenas un suplemento de un diario nacional–, sino también LT3 y LT8, dos de las tres radios locales de amplitud modulada. La otra, LT2, es de don Alberto Gollán, ese hombre grande con cara de bueno que también es dueño de Canal 3 y que supo ser funcionario de alguna dictadura y también cónsul honorario de Gran Bretaña.

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