Las piedras del conflicto.
Las piedras del conflicto.

Cada semana desde hace más de 20 años se libran en las calles de la ciudad de Srinagar, en la Cachemira administrada por India, unas violentas escaramuzas de pedradas que enfrentan en sorprendente ritual reivindicativo a cientos de jóvenes cachemires, rebeldes e independentistas, con fuerzas de la policía y el ejército indio. Las revueltas, que tienen una gran carga simbólica, obedecen a la lógica de un conflicto de baja intensidad que se ha cobrado, sin embargo, a miles de muertos en los últimos 40 años y que tiene en estado de alerta permanente a dos potencias nucleares como India y Pakistán. Hace unas semanas, yo pasaba justo por allí y lo que sigue es el relato de lo que pude ver, sentir y oír en medio de las pedradas.

El viernes 7 de mayo son las elecciones generales en el territorio del estado indio de Jammu & Kashmir, fuerzas independentistas reunidas en la Hurricat Conference convocan a una huelga general para boicotearlas. El paro se extiende por toda la ciudad pero se llena de un vacío denso en su barrio antiguo. En Old City, como le dicen los lugareños, cientos de policías y soldados del ejército indio, origen ellos de tantos asesinatos y abusos padecidos por la población civil, toman posición en las vías de acceso al lugar. El comienzo de un nuevo toque de queda impuesto por las autoridades llegará en unas horas junto con las primeras sombras. El aire se carga de miradas que evocan una triste y cansada angustia. Un bullicio vital flota en el resto de la ciudad pero se desvanece conforme nos acercamos al fascinante barrio antiguo.

Las persianas metálicas de los pocos negocios que todavía están abiertos comienzan a bajar lentamente. Los primeros jeep policiales, unos Maruti de color blanco que lucen reventados a piedrazos, pasan a toda velocidad cargados de policías en la dirección de un punto preciso que todo el mundo conoce por aquí menos los despistados periodistas recién llegados. Algunos hombres beben té junto a las olorientas alcantarillas, las mujeres y los niños espían desde las ventanas. En plena calle un muchacho se me acerca gritando: “We want freedom”, luego otro y otro más. En un primer momento me pongo en guardia, al rato estoy charlando con ellos de independencia y de su amor idílico por el Pakistán musulmán del que quisieran formar parte. Mientras hablan, todos esperan su turno para entrar en el concurrido partido cricket que los convoca enfrente a la mezquita Dastigeer Sahib. Me preguntan por mi equipo favorito, ¿Los Deccan Chargers o los Mumbay Indians?, respondo que lo mío es el fútbol, nadie sabe aquí quien es Messi.

Los bates son modestos, el juego se vive con una pasión desenfrenada, estática, estratégica, difícil de concebir desde una mente macerada en potreros. Cuatro coloridas latas de aceite de 5 litros se usan como base y las carreras de los jugadores evitan por centímetros a los coches policiales que pasan a toda velocidad. Los pibes son pícaros, curiosos y agradables, algunos de ellos cambiaran en poco menos una hora las pelotas de criquet por piedras que claman libertad.

En cada esquina policías armados con fusiles automáticos INSAS 5,6 mm y largos bastones de madera impiden el paso de los habitantes que intentan llegar a sus casas. Lo hacen con una ostensible actitud arrogante e intimidatoria que se cierne de forma permanente sobre mujeres, ancianos y niños cachemires. Una población que, resignada desde hace décadas, soporta la omnipresencia de las fuerzas de represión india e intenta desplazarse, mientras masca resentimiento, como puede dentro de su propia tierra. Una dotación cercana al medio millón de soldados ocupa literalmente un valle de 130 kilómetros de largo por 30 de ancho.

Todo comienza alrededor a las 4 de la tarde en la calle Rajaceri Kadal. La plegaria de los viernes, el Yumu´ah, la más importante de la fe musulmana, ya ha terminado en todas las mezquitas de la ciudad. La mayoría de la población adulta ya ha entrado a sus casas y acaso esté mirando filmes de Bollywood mientras toma te cachemir. Los jóvenes de Old City tienen otros planes.

Al fondo de la calle se ven los Himalayas y sus nieves que supieron ser eternas, detrás de las montañas está Pakistán, la música sufi, los coches bombas, los talibanes y esas cosas; un poco más cerca, dominando una colina se planta la impresionante fortificación de Hari Parbat que domina toda la ciudad y el valle. Es extraño ver un escenario de semejante belleza para un conflicto tan profundo y sangriento como el cachemir. Pero ya saben, el mundo es muy raro.

Los policías comienzan a agruparse en las adyacencias de la sede de Awami Action Committee, sitio desde donde se organizan todas las protestas contra el poder de Nueva Delhi.Soldados de la J&K Police y del temido grupo paramilitar CRPF que cubre la retaguardia de los primeros bajan de los camiones y se disponen al combate con disciplina, india.

Dispuestas ya las fuerzas represivas sobre el terreno, a una distancia de cien metros de ellas, decenas de jóvenes comienzan a salir de las calles laberínticas del barrio. Lo hacen primero de forma desordenada y luego se agrupan buscando piedras en obras públicas o particulares. Los muchachos cachemires comienzan a tirar sus primeros proyectiles que llegan aislados y sin peligro, rodando, hasta los borceguíes de los soldados que llevan sus pantorrillas cubiertas con protectores hechos de cañas. Todo sucede según un ceremonial de tensión laxa que rápidamente deriva en violencia frenética.

A los pocos minutos las facciones se acercan a una distancia de 50 metros que conforme aumentan los lances se va modificando. Una lluvia de cascotes varios cae sobre las fuerzas policiales, a veces lo hace en andanas compactas, producto del reagrupamiento de los jóvenes, otras veces son precisos disparos que rozan o aciertan en los policías y fotoperiodistas que intentan cubrir, como pueden, el desarrollo de la revuelta.

Las tropas policiales, además de sus hombres armados en retaguardia, tiene a sus consabidos lanzadores de gas lacrimógeno y en la primera línea, unos tiradores de piedras muñidos de ondas y gomeras con las que responden a los invites cada vez más osados de los jóvenes. Todos los policías se ensalzan en un delirante intercambio de piedras que, como precisos proyectiles que son, le parten la cabeza a más de un humano al mínimo descuido. Una orden tácita, que todos los periodistas locales respetan, prohíbe fotografiar a los soldados tirando piedras.

Policías y jóvenes intercambian, además de piedras, bromas y chicanas varias a lo largo de la revuelta. Cuanto un policía es tocado por una piedra, los rebeldes rompen en risas, festejan dando alaridos; cuando un joven tropieza, lo mismo hacen los policías. Si no fuera por los cientos de muertes que han provocado ya estos incidentes urbanos, cualquiera diría que esta suerte de tragicómica representación de la guerra no es de temer.

Si las líneas rebeldes cargan de manera temeraria hacia las tropas, estas replican con otra carga a grito pelado precedida por el lanzamiento de gases lacrimógenos. Estos movimientos de ida y vuelta dejan atrapados a los fotoperiodistas que suelen recibir precisos cascotazos en su humanidad y equipamiento

Las batallas de piedras de Srinagar pueden durar horas y provocar varios muertos y heridos. Siempre los viernes a la misma hora, durante 20 años. Por lo general la prensa internacional sigue estos acontecimientos desde una distancia prudencial, los lanzapiedras no quieren fotos y suelen ir enmascarados para conservar su anonimato y protegerse de los gases lacrimógenos.

Cruzarse al bando rebelde para ver la batalla desde otra perspectiva, deslizándose por los callejones del barrio, digamos que no es una idea brillante, pero permite descubrir en carne propia la valentía de estos jóvenes. Los muchachos, como en tantos sitios del mundo, identifican a la prensa con el poder y la represión, tontos no son. Se hace difícil hablar de ideología en medio de una pedrada que nos tiene de blanco. De todas formas los pibes del bando rebelde respetan ciertos códigos y pueden perdonarle a uno la vida o el ojo. Y con un poco de suerte, luego de vomitar con ellos en los rincones del barrio por los gases lacrimógenos y hacerse el simpático, quizás nos inviten a tirar unos cascotes a las repugnantes fuerzas de la represión. Llegados a este punto debemos decidir si lo nuestro es escribir en una libretita sobre la libertad sojuzgada o partirle la cabeza de un piedrazo a un represor armado.

El telón de fondo más dramático de las pedradas es el que afecta a los civiles no involucrados directamente en las refriegas, a la gente que debe cruzar las mutantes “líneas de fuego” para ir a comprar leche o pan.

Decenas de mujeres y ancianos se juegan literalmente el pellejo al caminar en medio de las pedradas, muchos caen heridos o muertos. La adrenalina que emerge de la contienda puede en cualquier momento derivar hacia una situación de violencia urbana fuera de control.

He sido testigo directo de cuatro de estas escaramuzas durante el pasado mes de mayo y en la del día 22, un proyectil de gas lacrimógeno se hundió en la cabeza del estudiante Arif Ayoub de 16 años, que no participaba de la protesta y acababa de salir del colegio. El muchacho murió a causas de las heridas. Este asesinato y tantos otros sucedidos durante el mes de junio, aumentan la interminable lista de victimas civiles que fallecen en Cachemira en manos de la represión gubernamental.

Las stone pelting, o lanzamiento de piedras, continúan por estos días en Srinagar. Esta forma de protesta, que la Intifada palestina dio a conocer a Occidente, ya venía siendo utilizada en India y Cachemira hacía décadas. Los cachemires, aunque se identifican con la causa palestina, dicen que sus técnicas de “combate” son más eficaces que las de sus hermanos de Oriente Medio. En otros estados indios las revueltas populares suelen desembocar en feroces pedradas las más de las veces. En un país de cricket e injusticia como la India, tirar piedras a la policía es casi natural.

En el caso de Cachemira, la frecuencia y dimensión social de las pedradas, los muertos y heridos que generan, provocan un debate permanente sobre su razón de ser. Los líderes independentistas, como el caso de popularísimo Syed Ali Shah Geelani, justifican ampliamente este método de protesta. El político declaró recientemente que estas pedradas “son el único medio de lucha contra la violación de los derechos humanos en Cachemira”. En cambio, líderes religiosos musulmanes se declaran en contra de las pedradas al considerarlas alejadas de la ética islámica. Estas generan un profundo debate religioso basado en el Corán y los hadices o relatos sobe la conducta del profeta Mohamed que tienen proyección explicita o implícita sobre la Sunnah, o modo de vida musulmán. Los ricos comerciantes de Srinagar, por lo general apolíticos o pro- indios, se contentan con difundir la especie de que las pedradas se financian desde Pakistán a 10 dólares la jornada para los jóvenes lanzadores.

Mientras algunos discuten, la lucha social en Cachemira no se detiene. Como en tantos otros sitios del planeta, el ser humano sigue revelándose contra la injusticia y la opresión. Allí están para demostrarlo los piquetes, el olor a goma quemada, el ruido de las cacerolitas burguesas, las guerrillas, los monjes birmanos y el coraje ciego de los entrañables jóvenes de Srinagar que no paran de tirarle piedras a los milicos. Protestas y rebeliones en un mundo siempre punto de estallar, escaramuzas en la sala de espera de esa revolución global que nunca llega. Tan cierto como el polvo que flota en lo alto, al cruzar Kashmir.

El conflicto de Cachemira

El conflicto territorial de Cachemira que enfrenta a India y Pakistán tiene raíces históricas profundas y una proyección poco alentadora en el presente. Suele ser presentado por los analistas como uno de los de mayor peligrosidad relativa del panorama internacional. Además de dos potencias nucleares en permanente disputa, a la contienda indo-paquistaní se le suma la poderosa China que controla la región de Aksai Chin, cedida por Pakistán a ese país sin el consentimiento indio. Desde el inicio de las hostilidades, en el año 1947, se han sucedido tres guerras entre India y Pakistán y una entre China e India. Los acontecimientos que jalonan la historia de este conflicto tienen su origen en el mismo nacimiento de las dos naciones enfrentadas. En ese año, Ranbir Singh, el marajá del territorio que hasta entonces gozaba de un régimen de autonomía dentro del Imperio Británico, decidió en medio de una gran inestabilidad política anexar Cachemira al territorio del recién creado estado indio. Para entonces el 75 por ciento de la población cachemir profesaba la fe musulmana. Pakistán no tardó en reaccionar ante esta anexión y se declaró la primera Guerra de Cachemira. En ese año las primeras tropas de Ejército indio entraron en Srinagar y no la abandonaron hasta hoy. A la guerra del año 1947, le siguieron las de los años 1965 y 1971. En el año 1971 se crea la Línea de Control, una frontera de 530 kilómetros de largo que divide a las dos chachemiras, la controlada por India y Azad Kashmir, bajo la esfera paquistaní.

Luego de esos años, a finales de los 80, comienza la lucha armada de diferentes grupos separatistas, actividad que aumenta de manera dramática la represión sobre pueblo cachemir Las siguientes décadas han estado marcadas por repetidas masacres de civiles y el masivo éxodo de los miembros de la comunidad Pandita, de religión hindú, que huyeron en masa a principios de los años 90 a causa de las persecuciones y asesinatos por parte de los movimientos separatistas musulmanes.

En 1999, una nueva escalada armada se originó en la región de Kargil con un claro riesgo de utilización de armas nucleares. Desde entonces comenzó un lento proceso de enfriamiento de las hostilidades en el que recientemente se ha involucrado el presidente estadounidense Barack Obama.

En medio del rompecabezas geoestratégico del valle cachemir, en el que tiene gran importancia la lucha por la utilización de recursos naturales, sobre todo los hídricos, la población de la región administrada por la India viene sufriendo desde hace décadas un atroz sometimiento por parte de las fuerzas de seguridad que ocupan su territorio. Los derechos humanos son avasallados de forma permanente y con total impunidad en un conflicto que ha provocado la muerte de al menos 40 mil personas.

(*) Textos y fotos, exclusivo para Redacción Rosario

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