Octubre de 2009. Bienvenidos a la inauguración: el infierno es encantador. La crónica de la impresionante y bizarra inauguración del City Center Rosario, el complejo y casino más grande de Latinoamérica, que aún no para de sorprender.

“Por favor, déjame que me presente
soy un hombre de riquezas y buen gusto
ando rodando desde hace muchos años
he robado el alma y la fe de muchos hombres…
Encantado de conocerte
espero que sepas mi nombre
aunque lo que te desconcierta
es la naturaleza de mi juego”

Simpatía por el demonio. The Rolling Stones

Bienvenidos a la inauguración: el infierno es encantador. Es alucinante. Hay unas dos mil máquinas tragamonedas, 80 mesas de juego, exclusivo Póker Room y una sala de bingo para 300 asistentes, en un predio tan grande como un estadio de fútbol con escaleras y columnas de mármol, fuentes de aguas danzantes y un lujoso hotel 5 estrellas.

Es la noche de la apertura oficial, las bebidas son libres y el lunch para cientos de invitados especiales incluye langostas, salmón rosado, camarones y caviar. Allí están –todos trajeados–, empresarios, gerentes, estrellas del espectáculo, funcionarios políticos, legisladores, sindicalistas y periodistas. Llevan a sus mujeres como parte de su ajuar, y ellas lucen elegantes y sensuales.

Lejos, allá fuera, detrás de un cerco policial, sobre Battle y Ordóñez, se amontona una masa de personas en silencio y ansiosa. Muchos son de los alrededores, de la humilde zona sur. También están los antiguos moradores de la ex villa La Granada. Sobre lo que fue ése asentamiento precario se erige ahora el monstruoso complejo de hotel, casino y centro de convenciones. Esto está por arrancar.

El casino es una institución igualitaria: le saca el dinero tanto al pobretón que se juega su sueldo, como al bon vivant que va a demostrar cuan larga la tiene apostando fortunas. El salón VIP de apuestas arranca desde los 15 mil pesos para arriba. Una suma equiparable al aumento de sueldo de un grupo de obreros, a los cuales, obtenerlo, les puede llevar meses o años de lucha, despidos y palos, a los del casino les cuesta sólo algunas pocas jugadas arrancárselo al patroncito. Lucifer no hace diferencias sociales, es un iconoclasta.

Llegó el intendente Miguel Lifschitz junto a su gabinete. Está a punto de arribar Susana Giménez para el corte de cintas. Hay cámaras de TV por todos lados y pululan cientos de periodistas y camarógrafos entre los invitados top. Los dos ojos celestes y grandes de Andino dan notas a los medios. Está Estela Raval, Pachu Peña y Pablo Granados. Mientras tanto algunos periodistas de medios locales ya recorrieron el predio y comentan entre sí sus impresiones alucinantes.

La fiesta está que arde. Las mozas reparten tragos gratis: cervezas, cubas libres y margaritas. La verborragia de los cronistas encopetinados crece mientras se amuchan para saludarse y ponerse al día de todas las asquerosidades del mundillo de los medios. Hay tanta gente que no se dan cuenta que, mientras hablan con sorna de bajezas y mugres de sus patrones y sus jefes, éstos se encuentran a medio metro suyo.
Uno de ellos, ya con unas copas de más y fuera de sí, se percata que tiene cerca a uno de los principales empresarios de los medios locales que camina entre la gente. Y promete que, entre el tumulto, le va a hacer una zancadilla para que caiga al piso.

Allí va hacia él, ante los ojos desorbitados de sus colegas. El amontonamiento de gente le impide alcanzarlo, entonces le grita: “¡Viejo de mierda, qué vas a hacer ahora con la ley de medios, te vas a tener que meter en el culo tu mierda, hijo de puta!”. Pero el ruido ambiente es tan alto que no se escucha, y los que escuchan tampoco escuchan, porque todo el mundo está aturdido con los bings de las tragaperras y mirando embobado hacia arriba, abajo, al costado, el fastuoso paisaje, las miles de luces, los altos techos, las promotoras, las infartantes minitas que parecen gatos caros, y la fauna variopinta de gente very important que se acoda en las barras o está sentada en los innumerables bares.

A un costado, entre las sombras, en un rincón de máquinas, sola, está sentada una rubia en minifaldas. La gente pasa y voltea hacia ella; hay algo familiar en esa figura que todavía nadie descubre. Hasta que una pareja la reconoce y le pide sacarse una foto: se trata de la “bebota” del sketch del manosanta del Negro Olmedo, Adriana Brodsky. Su rostro no es el mismo ya –el paso de los años y las cirugías no perdonan–, pero ahí está, platinada y recostada en un sillón. Se saca la foto con la pareja, que se va contenta. Y vuelve a quedar sola. Un viejo conocido –con pinta de cabaretero de ley– la descubre y, exaltado, abre los brazos y la saluda
—“¿Qué haces, pero cómo andás?”
— “Aquí, trabajando”, responde ella.

A las 22,30 se abre el paso a la gente que esperaba sobre Battle y Ordóñez, y una marea humana avanza hacia la entrada del complejo. Nada de trajes. Pero todos, aunque humildes, se pusieron su mejor pilcha. Son miles. Familias enteras, madres con sus cochecitos, jóvenes y viejos, todos entran con un entusiasmo de fiesta. Si bien en el primer piso se está preparando el cóctel exclusivo para los invitados, en un momento dentro del casino se mezclan todos como en un carnaval: el del populismo de mercado.

No se puede fumar en el interior del mega centro. El refugio de los fumadores es afuera del ingreso. Allí tienen lugar las tertulias espontáneas entre los que comentan historias de apuestas, de fortunas perdidas o de aquella vez que ganaron el equivalente a un auto cero kilómetro.

“El tema es que te tocan las máquinas (tragamonedas). Mirá una vez en Río Cuarto, metí una moneda de un peso y me llevé tres mil pesos. Pero los tipos la marcan y después la retocan. No, si la tienen toda arreglada”, dice un hombre que se fuma hasta el filtro.

Los pibes que trabajan en la mesas son como androides, casi todos flaquitos, y tienen una rapidez infernal para sacar las apuestas. Por detrás de ellos, está siempre otro empleado alto y fornido que no para jamás de mirar la marcha del juego, a los apostadores y al cropuier, y es el que salta ante cualquier duda. Todos los empleados son correctos y fríos como robots, pero sonríen amables si la situación lo requiere. Sin embargo, pareciera que les hubieran chupado la humanidad al marcar la tarjeta.

Dicen que en total son unos 1.600, un poco más que los obreros que trabajan en la automotriz General Motors. Sobre ese eje se posó el latiguillo de toda la noche del presentador oficial Andino. De su boca salían a borbotones “fuentes de trabajo”, “familias de trabajadores”, “empleos”, “dignidad de los trabajadores”, parecía Perón en los años 40.

Si en la primera entrada al colosal espacio de juego, daba la sensación de que era un lugar demasiado amplio para que se pueda llenar alguna vez, poco después la evidencia era palmaria: no sólo que estaban ocupadas todas las tragamonedas y las mesas de juego, sino que hasta era muy difícil caminar por el predio. El olor de la adrenalina se sentía en los alrededores de las mesas de juegos, se multiplicaban los ceños fruncidos y la procesión interna mental, esa seriedad abismal del apostador que por dentro está cortando bulones con el culo. Con el paso de las horas la mayor parte de los apostadores se mostraba desahuciada con su propia yeta. Las únicas alegres eran esas viejas emperifolladas que van del bingo a las máquinas tragamonedas, que se ríen de todo y que ni el mismo demonio gastaría dos monedas en sus almas.
 

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