Igual y distinto. Fusilados y fusiladores del 56 eran todos compatriotas.

Rodolfo Walsh decía que los dueños de todo procuran que los trabajadores y el pueblo no tengan historia, doctrina, héroes ni mártires. “La experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan”, escribió en el diario de la CGT de los argentinos el militante montonero y autor de Operación Masacre.

Y agregaba, con la convicción revolucionaria que lo marcó hasta su muerte: “esta vez es posible que se quiebre ese círculo”. Por que esa vez no fue posible, hay que seguir contando esta historia.

El 16 de junio de 1955 al mediodía, aviones de la Marina bombardeaban la Casa Rosada. El ataque, que tenía como objetivo al presidente Juan Domingo Perón, cobraba la vida de más 350 personas y dejaba un saldo de 2000 heridos. El intento de golpe es contenido hasta el 16 de septiembre de ese año, en que es efectivamente derrocado el gobierno constitucional elegido por el 68 por ciento de los argentinos.

El nuevo régimen ponía en marcha el denominado Plan Prebich, rebautizado por Arturo Jauretche como el “Plan de retorno al coloniaje”, que implicó una vuelta sobre el modelo agroexportador, el congelamiento de salarios, la entrada del capital extranjero, el ingreso de la Argentina como país socio del FMI y la anulación de la constitución de 1949, que se erigía en esa época como la más progresista del occidente capitalista. La oligarquía argentina, ligada al capital británico y norteamericano, acompañada por casi la totalidad de los partidos de derecha a izquierda, formaron el frente que detuvo el proceso de independencia económica desarrollado por el gobierno justicialista.

El 9 de junio del año siguiente, con 28 fusilamientos sin juicio previo, es desbaratado un alzamiento cívico-militar encabezado por los Generales Valle y Tanco. El movimiento estuvo infiltrado desde su inicio y se lo dejó avanzar para que la represión feroz sirva como escarmiento para todos los peronistas. El terrorismo de estado aplicado en esos días fue descripto detalladamente por Rodolfo Walsh en su libro Operación Masacre.

Leopoldo Marechal dijo en una de sus obras que el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua, que el pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. “Hay que buscar esas botellas –propuso el autor de Adán Buenosaires– y refrescar esa memoria”. Una de esas, la constituye el mensaje escrito por el general Juan José Valle antes​ de ser fusilado por la “revolución libertadora” –denominada “fusiladora” por los militantes de la resistencia–. Y fue la, según confesó el propio militar peronista, con la esperanza de “que el pueblo conozca un día esta carta y la proclama revolucionaria en las que quedan nuestros ideales en forma intergiversables, así nadie podrá ser embaucado”.

A 48 años de ser arrojada, aquella botella vuelve para refrescarnos la memoria, para que la experiencia colectiva no se pierda, las lecciones no se olviden y para que de una buena vez sea posible que se quiebre ese círculo:

Dentro de pocas horas usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado. Debo a mi Patria la declaración fidedigna de los acontecimientos. Declaro que un grupo de marinos y de militares, movidos por ustedes mismos, son los únicos responsables de lo acaecido. Para liquidar opositores les pareció digno inducirnos al levantamiento y sacrificarnos luego fríamente. Nos faltó astucia o perversidad para adivinar la treta. Así se explica que nos esperaran en los cuarteles, apuntándonos con las ametralladoras, que avanzaran los tanques de ustedes aun antes de estallar el movimiento, que capitanearan tropas de represión algunos oficiales comprometidos en nuestra revolución. Con fusilarme a mí bastaba. Pero no, han querido ustedes, escarmentar al pueblo.

Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi esposa y mi hija, a través de sus lágrimas verán en mí un idealista sacrificado por la causa del pueblo. Las mujeres de ustedes, hasta ellas, verán asomárseles por los ojos sus almas de asesinos. Y si les sonríen y los besan será para disimular el terror que les causan. Aunque vivan cien años sus victimas les seguirán a cualquier rincón del mundo donde pretendan esconderse.

Conservo toda mi serenidad ante la muerte. Nuestro fracaso material es un gran triunfo moral. Nuestro levantamiento es una expresión más de la indignación incontenible de la inmensa mayoría del pueblo argentino esclavizado. Dirán de nuestro movimiento que era totalitario o comunista y que programábamos matanzas en masa. Mienten. En las guarniciones tomadas no sacrificamos un solo hombre de ustedes. Y hubiéramos procedido con todo rigor contra quien atentara contra la vida de Rojas, de Bengoa, de quien fuera. Porque no tenemos alma de verdugos. Sólo buscábamos la justicia y la libertad del 95% de los argentinos, amordazados, sin prensa, sin partido político, sin garantías constitucionales, sin derecho obrero, sin nada. No defendemos la causa de ningún hombre ni de ningún partido.

Nosotros defendemos al pueblo, al que ustedes le están imponiendo el libertinaje de una minoría oligárquica, en pugna con la verdadera libertad de la mayoría.

Pero no taparán con mentiras la dramática realidad argentina por más que tengan toda la prensa del país alineada al servicio de ustedes. Como cristiano me presento ante Dios que murió ajusticiado, perdonando a mis asesinos, y como argentino, derramo mi sangre por la causa del pueblo humilde, por la justicia y la libertad de todos no sólo de minorías privilegiadas. Espero que el pueblo conocerá un día esta carta y la proclama revolucionaria en las que quedan nuestros ideales en forma intergiversable.

Juan José Valle. Buenos Aires, 12 de junio de 1956 (síntesis).

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