Horacio González, director de la Biblioteca Nacional Argentina
González apuesta a una “autónoma industria argentina del libro". | Foto: Tito La Penna/Télam

El presidente de la Federación Argentina de la Industria Gráfica, Juan Carlos Sacco, salió este martes a defender la medida adoptada por el gobierno de restringir el ingreso de libros, y aseguró que “no faltan ni faltarán libros importados”.

Para el también vicepresidente tercero de la Unión Industrial Argentina (UIA), la confusión generada en la ciudadanía respecto de un cierre total de importaciones para los libros, tiene que ver con un defectuoso y mal intencionado tratamiento de la información sobre este tema.

Respondiendo tal vez a las preocupaciones esgrimidas en la columna del diario Perfil, titulada: “Qué piensan los escritores sobre las trabas a la importación de libros”, Sacco destacó que: “Quien compre un libro por Internet o esté suscripto a una publicación del exterior, ese médico, ese ingeniero, que se quede tranquilo que la seguirá recibiendo en su casa, no tendrá que ir a Ezeiza”.

En el artículo señalado, el escritor y periodista argentino, Hernán Casciari se preguntaba justamente: “¿Por qué un científico tucumano que está suscrito a la revista Nature tendrá que viajar, cada mes, mil doscientos kilómetros para retirar su ejemplar de Ezeiza?»

Para Sacco, el desconcierto viene dado fundamentalmente con la confusión de dos cuestiones: una, referente a una norma de salud y cuidado del medio ambiente; y otra, con la necesidad de equilibrar la balanza comercial del sector.

En efecto, la Resolución 453/2010 establece los niveles mínimos de plomo que deben contener los productos de la industria gráfica, no sólo para libros, sino para todos aquellos productos que contengan tinta, lacas o barnices como estuches y etiquetas, entre otros.  Tal medida es aplicable tanto a los importadores como a los propios fabricantes nacionales, con lo cual no se trataría, entonces, de una medida para-arancelaria. Se trata, sí, de una normativa que ya se practica en Estados Unidos, Unión Europea, Colombia, Costa Rica, México y Chile.

Respecto del segundo punto, vinculado éste al equilibrio de la balanza, la disposición gubernamental permite la importación de hasta 500 ejemplares de un mismo título, sin requerir autorización alguna del Gobierno. De modo que algunas versiones que circulan sobre un kilaje específico como tope de importación, también serían falsas, considerando que un libro pesa alrededor de 500 gramos, y el supuesto límite sería de sólo un kilo.

“Todo lo que se está publicando por parte de algunos medios es absolutamente falso. Clarín miente. Pero también Marcelo Longobardi y otros periodistas están desinformando”, remarcó Sacco y desafió a un debate público “a cualquiera que diga que no puede traer un libro de afuera o que tiene que ir a buscarlo a Ezeiza”.

Y destacó, por otro lado que la Cámara Argentina del Libro y la Cámara de Publicaciones, junto a la Federación de Gráficos confirmaron que no existe un desabastecimiento de publicaciones y acordaron, asimismo, volver a imprimir localmente sus libros. “Acá hay tecnología y calidad para hacerlo, no sólo para abastecer el mercado interno sino también para exportar”, aseguró Sacco.

Un argentino para Molly Bloom

Lo cierto es que el anuncio de esta semana sobre las limitaciones al ingreso e importación de productos editoriales instrumentada conjuntamente por  la Secretaría de Comercio Interior y el Ministerio de Industria, causó gran revuelo entre lectores y escritores. Mientras muchos se pronunciaron en contra, otros no vieron la resolución con tan malos ojos.

En ese sentido, el director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, lanzó un comunicado en defensa de una medida que podría ayudar a fomentar la industria editorial local, y quién sabe, encontrar un argentino o argentina capaz de superar al mismísimo James Joyce y escribir un monólogo nacional a lo Molly Bloom.

“Confío en que las específicas lógicas aplicadas al comercio exterior y a la protección del mercado interno encuentren la forma de reconocer en la especificidad del libro la inspiración de medidas que no dejen ninguna duda a los escépticos o suspicaces, de que una futura industria argentina del libro, autónoma, universalista, importadora y exportadora, está esperando a un posible autor de un monólogo nacional a la altura de Molly Bloom”, aseveró González e indicó: “Repasando los periódicos que normalmente leemos, parecería que se hubiera instalado en el país un Index Librorum Prohibitorum”.

“Mal que le pese a los muy imaginativos, no existe entre nosotros la figura del Censor, con sus raros barroquismos espirituales. Es sabido que este tipo de esquivo personaje –el Inquisidor público, siempre con alguna cuota dostoieskyana en sus espaldas-, es uno de los más buscados por los manuales de periodismo contemporáneo. La paradójica extravagancia moral de los grandes inquisidores, que aman lo que censuran y guardan celosamente en su conciencia lo que están destinados a prohibir, no la vemos en nuestra intranquila república por parte alguna”, concluyó tajante, el director de la Biblioteca Nacional.

Fuentes: Télam y Diario Perfil

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