La sorna con la que algunos medios trataron la misión empresaria argentina a Angola revela la concepción colonizada de sus autores, que es la misma que desprecia las relaciones con América latina y valora, en cambio, el fortalecimiento de los lazos con las naciones desarrolladas de Europa y con los Estados Unidos.

Esa visión prejuiciosa desconoce los vínculos históricos de Angola y las posibilidades de complementación económica con un país que posee una excelente capacidad de compra por sus recursos petroleros y un menor desarrollo relativo, que puede servirse de la tecnología intermedia argentina.

Angola es una nación estratégica del continente africano que viene experimentando un desarrollo económico luego de concluida su larga lucha por la independencia y una sangrienta guerra civil.

Buena parte de los esclavos que llegaron a estas costas hasta 1812 provenían de Angola y fueron ellos y sus descendientes, los que regaron con su sangre la independencia nacional en los ejércitos de Belgrano y San Martín. Miles de angoleños cayeron luego en la guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay.

Algunos comunicadores cuestionaron, además, el intento de incrementar el intercambio con Angola en virtud de que acusan al gobierno de esa nación de perpetrar delitos contra los derechos humanos, pero no cuestionan–en cambio– que se negocie con países imperialistas que imponen sus intereses a sangre y fuego en Irak, Afganistán o Libia.

La misión comercial a Angola tuvo como objetivo central anudar negocios que permitan incrementar el comercio bilateral y no estuvo obviamente dirigida a modificar las condiciones políticas internas de esa nación, lo cual debe ser considerado en otro plano.

Pero el prejuicio sobre una nación africana predominantemente negra aflora con los más variados argumentos hasta de quienes están «podridos de hablar de la dictadura».

Los cuestionadores de la misión a un país africano son los que se sorprendieron cuando el mundo «civilizado» le dio una mano a Gran Bretaña para desalojar a los soldados argentinos de las islas Malvinas, mientras países latinoamericanos apoyaban política y hasta militarmente a la Argentina.

El entonces canciller argentino, Nicanor Costa Méndez, puso de relieve la ideología del colonizado cuando declaró que «Estados Unidos nos traicionó». Está claro que sólo puede traicionar aquel que en algún momento formó parte de algo.

Es el mismo prejuicio que emiten los «blancos» argentinos, tan europeizados, para degradar a ciudadanos provenientes de países limítrofes como Paraguay y Bolivia.

Felizmente, la actual política exterior no desconoce el poderío de los países centrales, pero apuesta a crecer junto a naciones en desarrollo, aunque muchos argentinos elijan identificarse con el colonizador, antes que con el colonizado.

La creación de la Unasur y el rechazo al Alca es la contracara de ese viejo prejuicio argentino que durante años alejó al país de su destino latinoamericano junto al de las naciones en desarrollo.

Fuente: Télam

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