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Falsificar el pasado para justificar el presente

“¡Juro a la patria y a mis compañeros que si a las tres de la tarde del día inmediato el virrey Cisneros no hubiese sido derrocado; a fe de caballero, yo lo derribaré con mis armas y lo arrojaremos por las ventanas de la fortaleza!”. El Manuel Belgrano que nos hicieron conocer: inteligente abogado diseñador de banderas, no concuerda con el desaforado e impaciente patriota, que según registró Tomás Guido en su “Reseña histórica de los sucesos de Mayo”, mocionó la suelta o lanzamiento del virrey por alguna colonial ventana de medio arco.

En esa noche del 24 de mayo de 1810, don Manuel se oponía a los oscuros negociados a espaldas del cabildo abierto. A pesar de que el 22 había votado por la destitución del virrey, por 162 a 64 votos, el síndico Julián de Leiva y Cisneros armaron una junta presidida por él.

Todo era oscuro, esas noticias llegaron a Rosario recién en junio, y la aldea no tenía más de 600 habitantes que habitaban ranchos en cercanía del templo. Así, casi a espaldas del gentío, la historia oficial se encargó de confundirnos con su relato. “Desde Mitre en adelante, vía Grosso, Levene, Astolfi, Ibáñez y otros, se ha caracterizado a la Revolución de Mayo como un movimiento separatista, independentista, fuertemente antiespañol y probritánico”, advierte Norberto Galasso en “La Revolución de Mayo, separatista o democrática?”.

Y sobre esa concepción que cuestiona, agrega que afirmaban: “Las ideas de independencia habrían sido difundidas por los soldados ingleses que quedaron en Buenos Aires después de frustradas las invasiones de 1806 y 1807, Lord Strangford habría dado ayuda a los patriotas y años después (1825), el Primer Ministro George Canning nos reconoció como país autónomo. El origen del movimiento residiría en “la gente decente”, es decir, los vecinos propietarios y prestigiosos de la ciudad que concurrieron al cabildo abierto del 22”.

Pero, está documentado que “el libre comercio lo instaló el virrey Cisneros, en 1809, previamente a la revolución; el 26 de mayo de 1810, la Primera Junta juró obediencia al rey Fernando VII; los ejércitos criollos carecieron de bandera durante varios años; la independencia se declaró recién seis años después en Tucumán; Moreno y los morenistas fueron opositores a Rivadavia y su grupo”, resalta Galasso.

Aunque se dijo que se juró al rey para evitar difundir la revolución, si bien el temor era a los chisperos de French y Beruti, más repartidores de sablazos a los monárquicos que alegres promotores de escarapelas.

En tanto, el historiador Luis Alberto Romero, de la corriente historiográfica denominada Historia Social, señala que “los sucesos de Mayo no fueron fruto de un plan previo sino la imprevista consecuencia de un evento lejano: el derrumbe del imperio español luego de la invasión napoleónica”. Esa explicación se acerca a la de revisionistas, quienes dicen que Mayo se armó para evitar que Napoleón se quisiera adueñar de las colonias americanas.

Por su parte, sostiene Galasso: “La identidad que pretendió otorgarnos Mitre solamente serviría a la clase dominante para justificar su sumisión al Imperio Británico y más tarde, a los Estados Unidos. Ella escribió esa historia falsa a través de uno de sus hombres más lúcidos y polifacéticos, con un pie en la Presidencia, otro en la formación de opinión pública a través de un prestigioso matutino y otra, en sus vínculos cariñosos con el Banco de Londres y las empresas ferroviarias. Evidentemente, nada tiene que ver el pueblo argentino con esa historia”.

Entonces Galasso define: “La Revolución de Mayo no fue antihispánica, ni probritánica, ni liderada por la aristocracia, ni para el libre comercio. Fue un movimiento democrático que reemplazó al virrey, representante del absolutismo, por una Junta Popular que estableció que la soberanía reside en el pueblo, para arrasar con la Inquisición, los instrumentos de tortura, los escudos nobiliarios, la opresión ideológica y política. Que sus banderas fueron las mismas que las de la revolución española iniciada en mayo de 1808 y las mismas que se enarbolaron en toda Hispanoamérica entre 1809 y 1811, desde Chuquisaca y La Paz, hasta Quito y Caracas, y México, y Bogotá, y Chile, y que todas ellas fueron inspiradas en los principios de libertad, igualdad y fraternidad de la Revolución Francesa de 1789”.

Revoluta española y latina

Así se entienden las rebeliones detonas en el continente y que calcó el tema las juntas, como hicieron en Sevilla. Galasso también dice que “los liberales revolucionarios de España declararon que estas tierras de América no eran colonias sino provincias y convocaban a reemplazar democráticamente a los virreyes por Juntas populares, así como convocaban a enviar representantes a la convención de Cádiz, de donde saldría la constitución democrática española, a semejanza de la francesa”.

Alberdi señaló: “La Revolución de Mayo es un detalle de la revolución de América, como ésta es un detalle de la España, como ésta es un detalle de la revolución francesa y europea”.

También resalta que “Moreno, Castelli y Belgrano, formaron su pensamiento político leyendo, no a autores anticolonialistas, sino a los filósofos y ensayistas franceses y españoles definidos por el liberalismo revolucionario, por entonces, en pleno triunfo sobre las tesis oscurantistas y monárquicas del viejo mundo que desaparecía”.

San Martín advertía: “Nuestra lucha no era una lucha de conquista y gloria, sino enteramente de opinión, guerra de principios modernos y liberales contra los prejuicios, el fanatismo y la tiranía”. Es decir, apunta Galasso: “Contra el absolutismo, con sus monarcas por derecho divino, el autoritarismo político e ideológico, el poder omnímodo de la Inquisición. Contra eso se levantó el pueblo español el 2 de mayo de 1808 y también el pueblo hispanoamericano, poco después”.

Luego comienza a reforzarse la idea independentista, de la mano del mismo San Martín y Artigas.

Galasso también marca lo paradojal del momento histórico: “En España, el pueblo se había levantado contra el invasor francés, en 1808, de manera que inicialmente su revolución fue nacional. Pero en esa lucha arremetió contra el declinante absolutismo apropiándose del gobierno a través de Juntas Populares, con lo cual transformó a la revolución de nacional en democrática”. Y aclara: “Inversamente, en América, el pueblo se levantó acompañando el proceso de la revolución democrática española, pero cuando el absolutismo volvió a apoderarse del trono, en 1814, estas juntas hispanoamericanas, para resguardar los derechos democráticos conseguidos, debieron independizarse por lo cual convirtieron esa revolución democrática en nacional”.

De 1810 a 1816 las mayorías españolas y americanas transcurren de la fidelidad a Fernando VII, por pintar de modernizador, a “la frustración en 1814, cuando para volver al trono, sostenido en la Santa Alianza, él traiciona y se convierte en el más decidido de los absolutistas”, explica el historiador.

Construyendo enemigos

En “El carácter de la Revolución Americana”, José León Suárez resalta que la interpretación antiespañola “es producto de la influencia de ensayistas liberales y estima que se inicia entre 1862 y 1865, sin advertir probablemente que es la época de la inversión británica en ferrocarriles y de la instalación del Banco de Londres y América del Sur en Buenos Aires, producto de la política cariñosa hacia el Imperio desarrollada por Mitre”.

Ser antiespañol habilitaba ser probritánico y habilitaba la identidad de una Argentina semicolonial, “sometida a la división internacional del trabajo, con su modelo agroexportador sustentado en las vías férreas y los Bancos ingleses como así también en el genocidio de la Guerra de la Triple Alianza sobre el Paraguay.

El Billiken y la oligarquía no se bancaban un mayo revoltoso con los 600 militantes de la Legión Infernal, los chisperos que a garrotazos y empuñando sables concientizaban sobre la democracia furiosa basada en el Plan de Operaciones de Moreno, que propugnaba expropiaciones a los ricos, represión a los traidores del gobierno popular. Ese salvajismo no condecía con un proyecto de factoría imperial regida por la elite porteña, apadrinada por la rubia Bretaña y toda la platería y salones franceses donde pasearse tan tilingos y saqueadores. Como dice Galasso, se requería una historia que justificara la construcción de “la granja de su Graciosa Majestad”.

(Publicado en El Eslabón Nº144)

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