Foto: Diccionario Imágenes.
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Feriado, ofrenda floral y discurso, monumento a caballo y uniforme militar. Así lo quisieron eternizar, pero José de San Martín incomodó a los intereses porteños y a los historiadores que debieron vestirlo de “Santo de la Espada”. Pero era el que armó un Ejército Libertador y no invasor, el que dejó plantado a las miserables políticas porteñas que querían un país chico y centralizado.

La gesta del correntino parece resumirse en los consejos a su nieta, en nombrarlo “Padre de la Patria”, en el tibio neutral que no se metió en guerras civiles que definían el proyecto político. Hizo falta mucha mentira y ocultamiento para que brillase como militar, no como político ético, había que licuarlo para mostrarlo políticamente correcto y de bronce, no de esa tierra colorada en la que se crió.

Hubo que falsificar el peso del tipo que motorizó la liberación y desobedeció –como Belgrano–, las órdenes del Directorio. Había que ocultar que frenó fondos que iban a Buenos Aires para alimentar a sus soldados, que centralizó el poder en Cuyo y no aceptó reprimir a José Gervasio  Artigas y su proyecto federal.

El relato oficial intentó tapar que fuera San Martín un rebelde, ni nombrar que alguna vez dijo: “Había que cortar cabezas de los godos”. Tampoco se debía mencionar que desarrolló la industria desde un Estado fuerte, ni que era un cobrizo no adecuado al ideario porteño.

«(Bartolomé) Mitre fue un gran manipulador de la historia, pero al formar el panteón nacional no podían dejar afuera a San Martín, entonces lo pusieron al lado de (Bernardino) Rivadavia, quien fuera su enemigo y totalmente opuesto a su concepto de la Patria que quería», dijo el historiador Víctor Hugo Torres, autor del libro «La gloria y el olivo», donde relaciona y considera primos a José de San Martín y al comandante Andrés Guacurarí.

«Rivadavía ya era europeizante, Sarmiento decía que la sangre gaucha no valía nada, lo mismo hizo Mitre, mientras San Martín llamaba paisanos a los originarios y convoca guaraníes a su ejército. También llegó a retar a Sarmiento por destruir la Patria con las luchas civiles, lo que le valió que el sanjuanino escribiera que estaba anciano y gagá”, explica el investigador nacido en Curuzú Cuatiá y hoy vecino rosarino .

Y agrega: “Nunca le perdonaron que entregara su sable a Rosas». En su novela histórica, Torres empuña el rigor histórico para recrear la infancia de San Martín y el conflicto de identidad, al retomar el trabajo de Hugo Chumbita «El secreto de Yapeyú». En esa investigación sostiene que la madre de San Martín es Rosa Guarú —joven guaraní que trabajaba en casa de la familia San Martín en Yapeyú—y Diego de Alvear.

Con pie en la profunda tradición que se vive en esa región y los documentos. Torres traza su relato. Y advierte: «San Martín guardaba todos sus papeles, pero al fallecer su yerno se los entrega a Mitre. Entonces los utilizó según sus objetivos políticos, no tenía escrúpulos. Los cambios que realizó en los textos se notan claramente, también destruyó documentos e intentó mostrar a San Martín como un hombre ambiguo y perdido en la tiniebla, pero lo llenó de estatuas. Lo toma como un libertador que combatió en San Lorenzo, Chile y Perú, recién el revisionismo lo retomó como eje del sentimiento nacional».

Sobre el apoyo sanmartiniano al proyecto artiguista, indica que «el oriental era un caudillo popular que peleaba por la revolución política, pero también la social. Planeaba la reforma agraria y fue aprobado por San Martín y Andresito. El mismo Artigas impulsó en 1815 la declaración de la independencia en el Congreso de Oriente».

Monarquía y Patria  Grande

Para algunos historiadores, como Simón Bolívar y Antonio José de Sucre, San Martín sentía que “el federalismo había envuelto al país en una declarada anarquía que, según su criterio, ponía en peligro el éxito de la guerra por la liberación, denostó contra el sistema”. Para Fernando Enrique Barba, doctor en Historia de la universidad platense “su aversión al federalismo no le impidió ver con claridad el carácter antiporteño del mismo y aceptar, en cierta manera, que dicha postura no dejaba de tener su fondo de razón”.

Aclara que “para lograr los fines sanmartinianos era preciso un gobierno fuerte en lo interno, con capacidad de proyectarse fuera de las fronteras nacionales y de llevar la guerra al español. Tal gobierno no podía concebirse dentro de la poliarquía federal, lo cual lo llevaba, naturalmente, a ser monárquico”.

También indica que el Congreso de Tucumán buscaban que la declaración de la independencia tenga el reconocimiento de Europa. Por eso «la mayor parte de los diputados se inclinaban a favor de un sistema monárquico».

“Lo de la monarquía Inca lo larga (Manuel) Belgrano pero yo creo que todos los que estaban ahí sabían que era imposible. (Tomás de ) Anchorena se reía y decía: «Quieren que los chocolates nos gobiernen». Lo que se buscaba en ese momento era el apoyo de la población indígena del Alto Perú, lo que es actualmente Bolivia, porque era una supremacía total para la lucha contra los realistas que en ese momento estaban muy fuertes. También había algunos que suavemente hablaban de un sistema republicano pero la mayor parte de los diputados se inclinaba a favor de un sistema monárquico y lo dejaron abierto como para establecer una monarquía constitucional. San Martín mismo decía que la mejor forma era una monarquía al estilo británico, donde el rey reina pero no gobierna. Era la forma de ser aceptados por Europa. Hablar de República era hablar de Revolución Francesa y de todos los males que trajeron esas guerras permanentes que destrozaron los países centrales de Europa”, dice Barba..

Y remarca que  “el momento en que se declara la independencia era uno de los más difíciles desde el punto de vista de la política exterior: Chile y el Alto Perú estaban ocupados por los realistas, la Banda Oriental había sido invadida por los portugueses y para peor se produjo lo que se conoce como La Restauración, con la caída de Napoleón, donde los países de Europa apoyan a las monarquías que habían sufrido la prisión de su rey, como la de España. En ese momento las luchas por la independencia estaban rodeadas por todos lados. Estados Unidos, que podría habernos reconocido, estaba gestionando que España le vendiera Florida y si apoyaban a la revolución seguramente no lo iba a hacer”.

Casta de chocolates

Mitre, escriba de la oligarquía porteña, se mofa de esa “’monarquía en ojotas”, “este es un rey de patas sucias”. Mitre no admitía un proyecto americanista y popular que se opusiera a  la hegemonía porteña, tan cercana al imperio británico.

Tomás Manuel de Anchorena expresa que no le molesta la idea de la monarquía constitucional, pero sí en cambio que se pusiese «la mira en un monarca de la casta de los chocolates, cuya persona si existía, probablemente tendríamos que sacarla borracha y cubierta de andrajos de alguna chichería para colocarla en el elevado trono de un monarca”.

El plan fundado en las entrañas ancestrales del territorio invadido por Europa, la pelea de Túpac Amaru era retomada por Castelli, Moreno, Belgrano y San Martín en 1822. Creían en la figura de un rey figuron y un democracia constitucional, para darle fuerza al proyecto libertador uniendo a los pueblos y no ser divididos y negocios por los británicos.

Para explicar ese proyecto, el historiador Milcíades Peña, el mismo de “errar es humano, mentir es mitrista”, considera que esos patriotas consideraban que “los proyectos monarquistas hubieran logrado formar en América Latina estados poderosos mucho más que las veinte republiquetas actuales.   Inglaterra, la potencia que tenía la última palabra, sabía que le convenía más veinte republiquetas que unas pocas  monarquías”.

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