El Eslabon nota de Alfredo Montenegro 6 de septiembre

No dudaba en abalanzársele al buque que sea. Así, sin el menor respeto salían al cruce de las flotas más numerosas y equipadas. Le caían al abordaje entre el griterío y la sorpresa, esgrimiendo a machetazos el espanto. En esa desenfrenada avalancha de rudimentarios fantasmas guaraníes y guachos limpiaban a la marinería porteña, paraguaya o portuguesa que se arriesgara a entrar al territorio de los Pueblos Libres.

El litoral del río Paraná y el Uruguay era dominio de esos piratas patrios al que fogoneaba con rigor un colorado marino, irlandés acorrentinado y artiguista: don Pedro Campbell.

Tenía tácticas no clásicas de combate naval que asombraron hasta a Mitre, puntilloso estudioso de las guerras del mar Mediterráneo y todo lo que fuese elegante.

Corrió de los ríos litoraleños a las equipadas y modernas naves contratadas por los gobiernos porteños, junto a sus marinos mercenarios. Usaban el abordaje como una guerrilla y no dudaban en pasar a la tierra para dárselas con una improvisada caballería en cueros. Sobre sus andanzas en tierra frente de la indiada y gauchos, Mitre decía que Campbell «era el inventor de una nueva táctica de combate que consistía en que la infantería montada y armada de fusil con bayoneta, cargaba a gran galope como caballería, se dispersaba en guerrillas del mismo modo, echaba pie a tierra por parejas o grupos, cuidando uno de los caballos y rompía el fuego dentro del tiro de fusil”.

Y agregaba que “en caso de avance, se reconcentraba y cargaba a pie o a caballo, según obrase como infantería o caballería, y en caso de retirada, saltaba rápidamente sobre sus caballos y se ponía fuera del alcance de su enemigo. Esta operación era protegida por escuadrones de verdadera caballería que servían de reserva».

De invasor a federal

Llegó al Río de la Plata en el año 1806 como soldado, sargento o marinero de su graciosa majestad tan británica, a las órdenes del almirante Popham, en la primera de las invasiones. Su apellido es uno de los más comunes de Irlanda, se dice que era católico, sabía leer y que podría haber nacido en Tipperary, hacía 1782.

Dejó el uniforme real antes de la Reconquista y recorrió confines entrerrianos y correntinos, donde retomó su oficio en curtiembres. En tanto, asombraba como jinete, tanto de caballos, como de pequeñas naves que surcaban el río Uruguay y Paraná.

Por donde andaba se expandía su fama de encarador guerrero que sabía de recuperaciones de arreos de ajenos señores. No le escapaba a los duelos, y dicen que tras ganarle a su oponente, gustaba de dejarlo ir con vida y exhibiendo algunos tatuajes a machetazos.

Fue marino en la guerra contra los españoles en Montevideo, cuando en 1811 se alistó en una goleta de la flota del francés Ángel Hubac. También fue de la partida del marino Guillermo Brown en 1814, cuando liberaron la isla Martín García y triunfaron frente a Montevideo.

En esas, conoce a José Gervasio Artigas y sería desde entonces un leal compañero, no como esos Ramírez y Estanislao López que lo traicionarían por arreglos con los porteños. Sus naviegos conocimientos lo llevaron a ser el organizador y jefe de la flota correntina que remaba contra la corriente defendiendo al proyecto de los Pueblos Libres que conformaban la Liga Federal, una libertaria propuesta contraria al centralismo porteño y sus negocios con ingleses y portugueses.

Entre almirante y pirata, el diablo colorado del Paraná mantuvo lejos a los buques paraguayos de Gaspar Rodríguez de Francia, quien se llegó a aliar con Buenos Aires contra la Liga Federal.

Gauchos y guaraníes al abordaje

Los artiguistas tenían cosas llamativas, como ese marino colorado e irlandés a las órdenes de un montonero guaraní. Sucede que en 1815, Andresito Guacurari Artigas, montonero guaraní ahijado de Artigas, designa a Campbell como Comandante General de la Marina de la Liga Federal. El marino recauchitó naves como “Carmen”, la “Correntina”, el “Artigas”, el “Oriental” y la “Victoria”, y desde Corrientes, Goya y Esquina, patrullaba el Paraná para cortar el flujo comercial entre Paraguay y Buenos Aires.

Los piquetes de los piratas guaraníes y gauchos, al mando de un irlandés acorrentinado se hacían sentir en Buenos Aires y el bloqueo produjo el desabastecimiento que desesperó a los porteños.

En tanto, en 1818, Corrientes cae en manos de señores poderosos quede desplazan al gobernador Juan Bautista Méndez. Asume entonces el capitán José Francisco Vedoya, títere del Directorio Supremo.

La ciudad era aún feudo de los arrogantes descendientes de los colonizadores y adinerados comerciantes y terratenientes que miraban con más amistad a los centralistas porteños que a los libertarios guaraníes.

En 1818 Artigas manda a los montoneros guaraníes a recuperar Corrientes. Con Andresito a la cabeza vencen en Las Saladas. Mientras, la flota del colorado irlandés corre con sus faluchos a los fugitivos que huyen.

En Santa Fe

Sumado a la tropa de tierra de Estanislao López, y de Francisco Ramírez, llevó a que la flota porteña del marino Hubac levantará el bloqueo a Santa Fe. A mediados de año transportó a las tropas entrerrianas y correntinas a Santa Fe, para la proyectada invasión a Buenos Aires.

Así quedó al mando de la caballería correntina, por no haber otro jefe. Con esos cobrizos jinetes a su mando peleó el 1 de febrero de 1820 en Cepeda, un triunfo que parecía clave al ideario federal.

Luego, con su sapiencia en lanchones, se aventuró en desventaja para tomar la flota de Buenos Aires, pero en julio de 1820 es vencida la flota federal y caen muchos de los suyos, aunque también el aporteñado jefe Hubac cae en el combate.

Volvió a Entre Ríos y atacó al ahora ya antiartiguista Ramírez. Luego, a lado de don Gervasio siguió el derrotero al norte, acosado por las derrotas y la pérdida de su flota. Es detenido luego del pronunciamiento anti artiguista de jefes correntinos en agosto de ese 1820. Tras ser liberado pocos meses después busca exilio en Paraguay, pero Gaspar Rodríguez de Francia lo apresa y manda a Villa del Pilar, costa del río Paraguay, a unos 300 kilómetros al sur de donde Artigas estaba confinado. Se dedicó a curtir cueros y falleció a los 50 años, en 1832. Recién en 1961 los restos fueron trasladados al panteón de la Armada del Uruguay.

Entre mitos y recuerdos, olvidado casi por la historia oficial, el pirata irlandés que sigue entreverado en memorias de gauchos y guaraníes tenía en su piel el color de esa tierra que defendió.

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