MAriano Utin El Eslabon Melchora Caburú

“La esposa de Andrés era una mujercita muy modesta y afable, y más bien bonita”, indican Jane y Ana Postlewaite, hermanas que habitaban en Corrientes, según registra Fermín Félix Pampín, en sus “Memorias”, que sirvieron al historiador correntino Manuel Florencio Mantilla como fuente informativa de los sucesos de 1818 y 19.

Los diarios personales, casi privados y familiares, también son fuentes historiográficas a la hora de retomar el pasado. Entonces, los hechos aunque reales, suelen pasar por la visión de su autor. “Memorias de Fermín Félix Pampín”, escrito por uno de sus descendientes y herederos del archivo familiar, Diego Mantilla, relata los acontecimientos que, desde 1806 a 1840, vive la capital correntina.

El llamado primer historiador de Corrientes escribe y describe su ideología al adjetivar y calificar a los hechos. Así también se hace en la historia oficial de Mitre, quien ningunea a tantos luchadores del pueblo para inventar un pasado acorde con el proyecto porteño y portuario. En ese sentido, Mantilla menciona que “el más importante de esos diarios es la invasión de Artigas a Corrientes, donde Pampín esboza las causas y consecuencias de este hecho”. Ya al nombrar como “invasión” a la llegada del artiguismo, la descalifica como movimiento que gana adeptos al oponerse al centralismo y la dominación de la clase alta correntina, cercana a los dos historiadores.

El historiador Oscar Cantero, con el célebre colega Jorge Machón, autores de los más importantes textos con rigor documental, indica que Mantilla en un trabajo denominado “La Melchora”, señala que “pocas, muy pocas deben ser las personas de la ciudad de Corrientes que sepan quién fue y qué hizo Melchora Caburú allá por el año 1818, cuando el indio misionero Andrés Artigas ocupaba la provincia con su ejército de tapes y negros”.

A parte de Pampín y los trabajos retomados por su heredero, las historias de la rubia y el tape pasan a formar parte de las leyendas y son enriquecidas con las habladurías del correntino sin que sea guiado por los científicos e inventores del pasado. Quedó como recuerdo, como el de un ardiente romance. Y entonces Cantero agrega que aparecen “varias novelas centradas en esta relación” en las que se destacan fundamentalmente “Andresito y la Melchora” de Jorge Lavalle y “Las Maldecidas” de Fernanda Pérez. Pero también advierte que “en el campo histórico, sin embargo, el trabajo de Mantilla, pasados 150 años, sigue siendo el único publicado que se centra exclusivamente en Melchora”.

Patriarcado

A lo ninguneado de la gesta guaranítica se le suma el patriarcado imperante en la región. Cantero señala:

“La presencia femenina se debe buscar siempre entre líneas: se intuye, se siente su presencia, pero pocas veces se muestra de forma concreta y cuando lo hace, casi siempre es a partir de actos considerados inmorales o fuera de los cánones socialmente aceptados. Se sabe que las mujeres acompañaban a los ejércitos con los niños en lo que despectivamente en la época se llamaba la chusma, que tanto molestaba a Belgrano. Pero muy pocas son las mujeres con nombre y apellido que perduraron en la historia. Una de ellas fue Rosa Guarú, la noble nodriza de José de San Martín, y otra, Melchora Caburú, la compañera del comandante Andrés Artigas”.

“Cabe aquí una aclaración: salvo alguna breve mención por parte de las hermanas Postlethwaite, todo lo que sabemos realmente de Melchora proviene de esos cronistas e historiadores correntinos ( Pampín y Mantilla), cuya animadversión contra Andrés Artigas y todo lo que tuviera que ver con él es evidente. Son historiadores serios y los datos que proporcionan casi siempre son reales, pero escriben con una carga valorativa evidente y una intencionalidad no disimulada que favorece siempre a los sectores dominantes”, indica Cantero.

“Aunque se le atribuyen a Andresito varios amores –agrega– como el de las correntinas Mercedes Esquivel y Benedicta Blanco, e incluso el médico suizo Rengger refirió que tenía un verdadero harén, evidentemente el romance con Melchora fue el más importante, a tal punto que las hermanas Postletwaite la llama “la esposa de Andrés”, aunque resulte poco probable que se hubiera celebrado matrimonio entre ellos”. Jane y Maria Postlewaite eran hijas de un comerciante británico establecido en Corrientes, que dejaron también documentos y cartas de esa época.

“Las citadas cronistas, cuyos escritos fueron publicados en las Cartas desde Sudamérica de los Hermanos Robertson, nos dan también una descripción de Melchora”, dice al comienzo del texto. En tanto, Pampín, documenta Cantero, “era una china blanca y rubia de ojos azules y de un trato modesto y afable”, nos dan unos datos significativos: además de la modestia y amabilidad en la que ambas fuentes coinciden, se puede decir que en 1818 Melchora Caburú era una mujer joven, pequeña y de origen probablemente mestizo, ya que tenía apellido guaraní pero piel blanca y ojos claros. También por Pampín conocemos otro detalle significativo: era originaria del pueblo de Santa Lucía”.


Sosegando a Andresito

Sobre el comienzo del amorío, el historiador de Posadas dice: “No sabemos cuándo se conocieron Andrés y Melchora, ni tenemos mayores detalles sobre su relación, pero ésta era considerada importante para 1818, cuando se produjo la entrada de las tropas guaraníes en Corrientes, en el mes de agosto. Dos meses después, hacía su arribo la propia compañera del comandante, con una escolta de lanceros indios”.

“Lo cierto – sostiene Cantero- es que Melchora Caburú llegó a Corrientes el 6 de octubre de 1818 no por el río, sino por tierra y, según Mantilla, “bien sentada, como hombre, en un caballo ensillado con apero chapeado, sable al cinto, la pollera atada en forma de chiripá, un pañuelo punzó al cuello y gran sombrero de palma en la cabeza”. En los días previos se habían realizado numerosos bailes y fiestas que, siempre según la óptica del patriciado correntino, ponían en peligro la moral de las mujeres blancas. Según textuales palabras de Mantilla, “Andresito dio libertad a los indios y negros de su escolta para que salieran a recoger mujeres blancas con quienes bailar. ¡Qué más querían los bárbaros!”. Desde este punto de vista, la llegada de Melchora fue considerada providencial y se convirtió en la redentora de las correntinas, ya que, según Pampín, “consiguió que cesasen los excesos desenfrenados del tal lujurioso y bárbaro indio”.

También admite que “una cosa es cierta: Melchora claramente sosegaba el ímpetu atormentado de Andresito y lograba calmar su temperamento apasionado, y en ocasiones, violento. Pampín y Mantilla coinciden en que muchas veces su mediación salvó a los soldados guaraníes de duros castigos”.

También se halla documentado que “Andresito y Melchora permanecieron juntos un mes en Corrientes, residiendo en la casa de los Vedoya, que había sido incautada tras la huida de sus propietarios. Luego, ella permaneció en la ciudad mientras Andrés se dirigía a Goya para organizar la expedición guaraní que se enviaría en apoyo del gobernador Estanislao López en Santa Fe y posteriormente se trasladó a Asunción del Cambay para hacer los preparativos de la que sería su última campaña”.

Desde su rigor en el tratamiento de la historia, Cantero señala que “el secretario de Andresito organizó en Corrientes numerosos bailes, a los que convenció de asistir a Melchora. Los rumores malintencionados no tardaron en comenzar, y pronto llegaron a los oídos del propio Comandante guaraní. Éste regresó a Corrientes el 4 de marzo de 1818 y, totalmente fuera de sí, le dio una feroz golpiza a su compañera y quienes la habían acompañado, incluyendo a la guardia y a la esposa de su ayudante Curaeté. Este episodio fue exagerado por los historiadores correntinos, y mostrado muchas veces como una prueba más del salvajismo de los guaraníes que ocupaban Corrientes”.

Según Pampín, la relación entre Andresito y Melchora no se recompuso. Textualmente, este cronista refiere que “Su señoría guaraní-tape abandonó a la Melchora con la misma facilidad con que la había abrazado para compañera en su lasciva torpeza”. Poco después, fue sacada de la Iglesia Matriz donde se había refugiada y conducida a Santa Lucía, a la casa de sus padres. No hubo oportunidad de reconciliación porque poco después, el 23 de marzo, Andresito abandonó definitivamente Corrientes para iniciar su campaña a las Misiones Orientales de la que no regresaría.

Otros datos documentados, dicen que en marzo de 1819, tras reponer en el gobierno a Juan Bautista Méndes, el guaraní marcha a retomar su campaña contra los portugueses. En Santo tomé se le une Melchora, quien “le había perdonado los agravios, su poca caballeresca conducta par a con ella y hasta su desliz con María Mercedes Esquivel”.

La vida novelada

Desde Posadas Jorge Luis Lavalle, autor de libro “Andresito y la Melchora”, advierte que Panpím, desde su versión de hombre blanco, al ser Melchora rubia, la “retrata sin descalificarla. Los datos históricos, recogidos por Lavalle en su andar por la región, sirven para recrear la vida del guaraní, desde su niñez en las misiones jesuitas de San Borja y Santo Tomé, el cruce con Artigas y como llega a ser su ahijado, la organización y mando de las tropas guaraníes en la defensa de la independencia y contra el imperio portugués, las incursiones de los paraguayos y el autoritarismo y centralismo porteño. Pero entrecruza esa vida de a caballo y peleas, entrando y saliendo de los esteros del Iberá, su relación con la Melchora, quien si bien era blanca, fue criada y vivió con guaraní y, como tal, combatió por su pueblo y territorios.

La novela de Lavalle fue criticada por mencionar datos que se mencionan en los archivos históricos.

No critico su parte heroica, pero muestro matices de su personalidad, por los relatos en corrientes, cartas de las hermanas, Robertson, favorables a Andrés.

“Andaba con su banda de música, le gustaba las fiestas y el alcohol y las mujeres. Es muy probable que le pegara a su pareja”, admite Lavalle. Pero también resalta que el tema de la igualdad de género “llegó hace poco, antes era una practica común el pegarle a la mujer. También entre los soldados, el castigo era llevarlo a la carcel para luego golpearlo”, agrega. “Era un tiempo muy violento, perdías y te cortaba la cabeza, el castigo físico a las tropas era muy común”. Lavalle indica que comenzó su investigación en 2006 y publico en 2009 el libro.

Además, remarca que Andresito es intachable al ponerse al frente de su pueblo, ante los avances portugueses y de esclavistas, al tomar el gobierno y aún en plena guerra no volverse un déspota, sino reinstalar el sstema de asambleas en cabildos. No fue un tirano, no hay informes de asesinatos y saqueos, muy correcto, prolijo en su gestión que resultó con superavit y castigó a los que robaban, intachable en su ideal y apasionado”.

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