Foto: Télam.
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Raros, como los peinados nuevos, son los veredictos de la gente en las urnas. Cuanto más crecen las políticas de Estado, más votos cosechan los modelos de país que las contradicen. Es seguro que algunos de los miles y miles de votantes del PRO en Buenos Aires utilizan los trenes nuevos, o sus hijos pegaron un Procrear, tienen un familiar con una jubilación impensada, aunque sea para darse los gustos y viajar en avión por doce cuotas. Algo falla en el coaxil que une necesidades, derechos y política. Algo hace falso contacto.

¿Por dónde buscar el quiebre al nexo que debería unir las tres variables citadas? ¿Qué puede haber más fuerte que la lógica de no arriar las velas cuando sopla el viento? Respuesta: la eficacia simbólica de un sistema que configura mente, voluntad y corazón, a su imagen y semejanza. De esto conoce largo y profundo el teólogo brasileño Leonardo Boff.

“Es el hecho que nosotros, la mayoría de la sociedad, internalizamos los valores y el propósito básico del capitalismo, que es la expansión constante del lucro, que permite un consumo ilimitado de bienes materiales. Quien no tiene, quiere tener, quien tiene quiere tener más, y quien tiene más dice: nunca es suficiente”, afirma Boff.

Pero si justamente eso es lo que viene sucediendo en estos años, los bolsillos se holgaron y los bienes se hicieron más accesibles. ¿Por qué subir entonces a un caballo de Troya y detonar un modelo que los beneficia?

Hay un plus ultra. Los valores internalizados tienen un núcleo duro tan inexpugnable como inadvertido: quien quiere crecer y expandirse sin límites, es el individuo en singular. Liberado a sí mismo piensa que todo es producto de su propio esfuerzo, por lo tanto no hay coaxil, no hay nexo, no hay red, no hay vínculos, no hay Estado a quien atribuir los beneficios.

En esa concepción, es el sistema de mercado invisible el que provee a una individualidad que es refractaria al plural, montada sobre una certeza. “El capitalismo orgullosamente afirma no hay otra alternativa”, dice Boff parafraseando a Fábio Konder Comparato, en su libro A civilização capitalista (Saraiva, 2014).

Claro que una sociedad que no reconoce conectores entre el Estado y la vida cotidiana, conlleva también el riesgo de no advertir cuándo el sistema invisible desata las épocas de vacas flacas; la falta de nexos hará pasar inadvertida la caída. Un ciclo como Sísifo, interminable. Paradojas, es verano en otoño y la gente vota en contra de sus propios intereses sin saber que desata las manos de los que harán hambrear las bíblicas vacas.

Fuente: El Eslabón

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