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“La historia de Miriam y Roberto representa la de tantos jóvenes que dieron su vida por sus ideales revolucionarios en aquellos años”, señaló el escritor y docente Roberto Retamoso sobre el libro Por siempre jóvenes, que se presentará este miércoles 14 a las 19 en el salón Rodolfo Walsh de la sede local de la gobernación (San Lorenzo 1950 1° piso). A continuación publicamos la semblanza completa que Retamoso compartió a través de las redes sociales, tras recibir el libro de quienes fueron sus ex compañeros de militancia.

Miriam y Roberto

Agradezco a Gloria Canteloro el libro sobre Miriam Moro y Roberto De Vicenzo que acaba de editar la Secretaría de Derechos Humanos de Santa Fe.
Se trata de un hermoso libro, que cuenta la historia de esa pareja de militantes montoneros asesinados por la dictadura genocida en 1976. El libro está compuesto por valiosos e importantes testimonios de la hermana de Miriam, Ana María, de los hijos de la pareja, Darío y Gustavo, y de ciertos compañeros de militancia y otros familiares y allegados. El conjunto de los relatos constituye un texto coral, donde la suma de las voces va reconstruyendo, como si fuese un calidoscopio, diversas facetas de su vida personal y compartida. Los relatos están acompañados por una notable cantidad de fotografías, que contribuyen a la recreación visual de esa historia trágica de un amor imperecedero, que lleva por título, significativamente, el enunciado «Por siempre jóvenes».
La historia de Miriam y Roberto representa, en tal sentido, la de tantos jóvenes que dieron su vida por sus ideales revolucionarios en aquellos años siniestros. La historia de parte de una generación que si no eligió, por lo menos decidió asumir el riesgo de morir joven.
Se trataba, como es obvio, de una decisión no solamente riesgosa -extremadamente riesgosa, debería precisarse-, sino además paradójica, puesto que morir joven, por impensado que haya sido para ellos, fue un modo de eternizar su juventud, escapando a la decadencia propia del transcurrir de la vida. Quedaron para siempre, para el tiempo y la memoria histórica que habrían de sucederlos conteniéndolos, como esas figuras juveniles, vitales, exultantes, que sus fotografías permenentemente nos muestran.
Allí radica, sin duda, la victoria de ellos sobre la muerte impuesta por sus asesinos. Allí y en el recuerdo que supieron grabar en nuestras memorias, que el bello libro publicado por la Secretaría de Derechos Humanos de Santa Fe viene a activar.
Conocí a Miriam y Roberto cuando militábamos en la Juventud Universitaria Peronista, en los años del regreso de Perón a la patria y del triunfo de Cámpora. De Miriam tengo recuerdos puntuales, específicos, como si determinados caracteres de ella hubieran podido grabarse de un modo singular en mi interioridad a resguardo del tiempo. Por ejemplo, su sonrisa, siempre dulce, siempre tierna. O su modo de hablar, cálido, afectuoso, cariñoso, que transmitía su amor por el pueblo a quienes estábamos cerca suyo, para terminar alcanzados por esa misma afectividad que nos hermanaba en los valores y en la militancia.
De Roberto tengo menos recuerdos, porque lo vi menos veces. Ello se debió a que Miriam era alumna de la misma facultad donde yo estudiaba -la facultad de Filosofía-, mientras que Roberto era estudiantes de Ciencias Económicas. Sin embargo, también tengo recuerdos puntuales de él. Por ejemplo, un acto en el viejo cine Real de Rosario, en Oroño y Salta, del que no puedo precisar exactamente la ocasión y la fecha. Pudo haber sido en el 72, en el contexto de la campaña del Luche y Vuelve, en el 73, en el marco de la campaña electoral que llevó al triunfo de Cámpora, o más avanzado ese año, durante la campaña para la elección que posibilitó la tercera presidencia de Perón.
Lo cierto es que tengo ante mí la sala del cine Real desbordada de militantes, y retumbando de cánticos y bombos. La euforia era generalizada, como en todos los actos triunfales del peronismo.
Y en esa escena, por sobre la multitud, seguramente que alzado en andas por otros compañeros, la figura de Roberto De Vicenzo, con su cabellera rubia agitándose, cantando y arengando con consignas a las masas.
Si lo recuerdo todavía es porque en aquel momento me llamó la atención. No se trataba de un dirigente de primer nivel; tampoco de alguien que estuviese dando un discurso en el estrado. Era, simplemente, la figura del militante aguerrido, comprometido, que se ponía al hombro la propuesta y el proyecto, y encaramado sobre los hombros de sus compañeros, cantaba las consignas como quien marca a los demás el camino seguro a la victoria.
Hoy, 40 años después, Miriam Moro y Robero De Vicenzo siguen siendo para mí esas imágenes imborrables.

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