Foto: Manuel Costa
Foto: Manuel Costa

En la contratapa de El sol se advierte un “contrapunto” entre las dos novelas breves que lo contienen. La fluidez en uno, (como un viejo amor, como el mar), y la aspereza en el otro (como la vida, todos los días). Vale decir que este libro es una novedad (se presentó la semana pasada en Mal de Archivo) del flamante sello local Casagrande y su autora, Virginia Ducler, la gran sorpresa.

A fines del año pasado la editorial española Ediciones Revólver publicó en formato electrónico su libro de cuentos Los zapatos del ahorcado. Hace apenas unos días se presentó El Sol, que incluye dos novelas breves, frescas y de gran intensidad. Además es autora de los textos en los que se basa El destino de los huesos, la obra de teatro dramático de la actriz rosarina Andrea Fiorino. Con esto se puede afirmar que Ducler es casi una autora inédita, más por lo que guarda y promete que por las breves y brillantes obras que ya fueron publicadas.

La primera novela corta del volumen, El sol, es un relato de estructura clásica y liviano como un veraneo, pero profundo como puede ser el mar, más allá de la planicie que ofrece a la contemplación. Muerte en Venecia de Thomas Mann acompaña a la narradora en un viaje que emprende a la costa uruguaya para cumplir una vieja promesa de amor (el reencuentro) y cuya lectura sorprende a la narradora en la correspondencia que halla en esa ficción con la realidad que la acontece. Entre líneas, Ducler alude al hipertexto, piedra angular de toda escritura y hoy ponderado en el linkeo como la magia de internet.

Ir al encuentro del amor perdido puede tener resultados patéticos (Como Oliverio en El lado oscuro del corazón 2) y al mismo tiempo ser la constatación del paso del tiempo, de la nostalgia y de los celos en el cuerpo de una mujer adulta, que tiene sus marcas y que se banca “las manchas en el aura” por una maternidad que no es idílica, y que esquiva, sin remilgos, todos los lugares comunes del sentimentalismo típicos del mandato social. Tampoco falta la ironía y una velada burla a la pose del jipismo contrariado.

“Mientras se desentierran recuerdos no es el pasado lo que se presenta, sino el presente con toda la fuerza de los sentidos”, reflexiona Alicia o Laura, la protagonista de El Sol en otro ardid literario de Ducler, porque no se vuelve al pasado (al recuerdo y en este caso al hombre de carne y hueso) para revivirlo, sino para escribirlo, para inventarlo.

La dispersión, la segunda nouvelle del libro es un monólogo interior frenético, de una voz narradora que maquina todo lo que debería hacer y no hace porque el tiempo nunca alcanza. Parodia de la vida de la mujer moderna, en La dispersión hay disquisiciones sobre “el tiempo blando” que se estira y se contrae al antojo de los romanos, y el tiempo duro, durísimo de una madre divorciada, ama de casa y trabajadora que anhela poder leer y escribir como lo supo hacer sin hijos ni ex marido. Además sufre insomnio y los días no se terminan jamás porque en lo sucesivo son todos iguales y se apagan en un autoreproche: “No hice nada”. En ese enunciado obsesivo de la narradora aparece el goce de la imposibilidad de leer y escribir (la procastinación) y al mismo tiempo, el deseo puesto en la escritura ya consumada de la autora rosarina.

Ducler es sin dudas una escritora rasa (su simpleza, la calidez y el delicado trabajo de lo espontáneo lo confirman) que estuvo todo este tiempo escribiendo y escribiendo el mejor secreto bien guardado para la narrativa local del momento.

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