Elba Ríos creció en Concepción (Corrientes), pero en su casa no se hablaba guaraní, a pesar de su pertenencia a una comunidad de ese pueblo. Estudió el profesorado de portugués, y un día su hijo le preguntó sobre Andrés Guacurarí, de quien éste había oído hablar al ser militante de su centro de estudiantes en la escuela. Elba no lo conocía, empezó a investigar y leer y ahora asegura: “Encontré, gracias a Andresito, mi identidad guaraní”. Luego estudió el idioma, y hoy es profesora de la lengua de sus ancestros.

“Mbe guecito jha ñemiháme” (“en voz baja y a escondidas”) me enteré por relatos en guaraní de mis tías mientras cocinaban –admite Alberto Gómez– que Andresito era mi tatarabuelo”.

En una entrevista en 2007, el hoy jubilado maestro rural correntino también señalaba que “en mi casa estaba prohibido hablar la lengua originaria. Y esa historia mía era chiquita, en la escuela no la contaba”.

Ana Ribeiro, experta investigadora de la vida de Artigas, fue consultada en junio de 2014 –en una entrevista a la agencia uruguaya Uypress– sobre la imagen que tenía de Artigas cuando era niña y la que tiene en la actualidad tras investigar con profundidad su vida, y respondió: “Aquel era un señor adusto y perfecto, que decía únicamente frases solemnes. El que conozco ahora ríe y se equivoca a veces, envejece en silencio y le faltan dientes y pelo. Pero ambos, hoy, me producen la misma sensación: un grande, vital, que marcó a su tiempo”.

El proceso educativo formal, en los dos primeros testimonios, muestran la manipulación que se operó en la transmisión del pasado. Así se logró despojar a Elba y Alberto, como a tantos, de su pasado e identidad, de su raíz y mandato ancestral.
Pero, desde la educación informal y la militancia de su hijo, Elba accede a su historia. Alberto lo hace por los relatos familiares. En el tercero, en tanto se aprecia lo que llega a un niño con ese formal y frío relato, y lo que puede ofrecer de simple y humano cuando el abordaje de una historia se realiza en forma más profunda.

Esa forma de subir al bronce y endiosar a los que se le atrevieron al destino, hace que un chico piense que nunca podrá ser un patriota sin un caballo blanco, uniforme y tropa. Pero el artiguismo muestra otra actitud y compromiso que no pierde vigencia, muestra que no se trata sólo de pelear en grandes combates de ejércitos épicos, sino que también se requiere pensar y tomar parte en las cotidianas batallas culturales. La pelea está en ser tan ilustrados como valientes y armados, de solidaridad y ética, de guerreros, de la libertad, la soberanía y la inclusión, en el trabajo, el aula y el barrio.

“La historia es dinámica y forma parte de la identidad. Por eso se requiere un estudio serio y científico, que sea pensado para formar docentes, y actividades que sirvan a la inclusión”, afirma Sara Liponezky, presidenta del Instituto Federal José Artigas, de la entrerriana ciudad de Paraná. Sobre esa forma de preservar la identidad y la huella del pasado regional en nuestra sangre, resalta que “se trata de debatir los contenidos curriculares de las carreras de formación docente, sobre el eje temático central del pensamiento artiguista y su proyección en el presente”.

Colonización pedagógica

Falsificar la historia, controlar el periodismo y acumular poder en la cátedra, eran denunciados por Arturo Jauretche. Esa manipulación, decía –con extrema vigencia– es operada “para manejar la cultura y que el gobierno caiga en manos de equipos técnicos de los grupos de intereses que cumplen la función cipaya”.

La batalla cultural puede darse desde la vigencia del pensamiento artiguista. Una fundamental tarea es el compromiso de retomar ese proyecto que desde su filosofía profunda y popular impulsa nuevos paradigmas que articulen en América latina la lucha por resignificar la pública felicidad en nuestros Pueblos Libres.

Se trata de repensar la historia, cuestionar los relatos oficiales que justifican el genocidio de pueblos originarios y gauchos, el proyecto agroexportador, el terrorismo de Estado y el de mercado. Pero en nuestra historia dos proyectos se enfrentaban. Y aún enfrentan.

«Esta es la raíz del dilema sarmientino de «Civilización o Barbarie» que sigue rigiendo a la intelligentzia. Se confundió civilización con cultura, como en la escuela se sigue confundiendo instrucción con educación. La idea no fue desarrollar América según América, incorporando los elementos de la civilización moderna, enriquecer la cultura propia con el aporte externo asimilado, como quién abona el terreno donde crece el árbol. Se intentó crear Europa en América, trasplantando el árbol y destruyendo al indígena que podía ser un obstáculo al mismo para su crecimiento según Europa, y no según América», dice Jauretche en Los profestas del odio y la yapa.

Y, desde Uruguay, agrega Leonardo Rodríguez Maglio: “Dos filosofías se enfrentaron en el Río de la Plata: la oligárquica y parcialmente continuista del régimen anterior; y la popular, republicana y democrática, consecuentemente revolucionaria de Artigas».

En su libro La filosofía popular y regeneradora del magnánimo José Artigas, el investigador de Piriápolis admite, pero también advierte: «Temporalmente ganó la filosofía porteña, centralista, jerárquica, en principio pro monárquica, de mando único y exclusivo sobre el territorio. Al contrario, la filosofía de Artigas extendía sus soluciones igualitarias a todos los nacidos en los países de la América del Sur. Su solución inclusiva de la magna Patria americana, organizada políticamente como Confederación de América del Sur, todavía late en el corazón y la memoria de sus pueblos; espera su tiempo».

Escuelas de la patria y fervor revolucionario

Don José Gervasio sostenía: “Estamos para formar hombres”. Indicaba, además, que “los jóvenes deben recibir un influjo favorable en su educación, para que sean virtuosos y útiles a su país”, y resaltaba: “Enseñemos a los paisanos a ser virtuosos».

Ya nos enseñaba que había que compartir con los estudiantes que el conocimiento y comprensión de esa “magnanimidad propia de almas civilizadas, es la que hará ciertamente la gloria y la felicidad del país” (julio de 1816).
En el marco de esa concepción de educación liberadora, el Protector alentó el funcionamiento de bibliotecas, la utilización de imprentas, y la creación y recuperación de nuevos y distintos periódicos populares para contrarrestar a la información hegemónica.

En su campamento de Purificación, Artigas fundó una escuela y la asoció directamente con la lucha por la independencia y la cultura. No llegó a desarrollar un método pedagógico como tal, pero la formación con los contenidos educativos debían incluir las cuestiones morales y revolucionarias que requería esa época: una formación de guerreros de la libertad, la emancipación y la unión de los pueblos.

Esa modelo pedagógico para un pueblo en armas debía forjar el fervor revolucionario de los jóvenes. Al transmitir esa impronta con los estudiantes actuales, se retoman valores éticos que ese proyecto igualitario pregonaba en la formación de su gente.

Ética y magnanimidad

La ética contrahegemónica del prócer promueve la transformación social, desde la educación basada en el ejercicio de los derechos humanos, el rescate de la cultura ancestral, la producción, y el trabajo comunitario y la salud de todos, entre otros ejes políticos.

Para Rodríguez Maglio, “el concepto de pública felicidad expresó y sintetizó el sentimiento comunitario que para Artigas tenía la vida humana. Para él, los humanos somos seres que convivimos en sociedad, y por lo tanto, en nuestra felicidad impacta lo que les pase a los demás en nuestro entorno afectivo y en el mundo, por eso no podemos ser plenamente felices si nos mantenemos aislados, indiferentes e inactivos respecto a lo que sucede a nuestro alrededor. Por el contrario, debemos obrar para instaurar la felicidad común, porque la felicidad de aquellos con quienes compartimos el mundo también es la nuestra”.

También resalta Rodríguez Maglio, que “la magnanimidad o grandeza de alma (tanto en lo anímico, como en lo moral), era un valor muy estimado en la Grecia clásica y también en la época de José Artigas. Era una virtud que solían encarnar los líderes o conductores de pueblos, especialmente aquellos que obraban con excepcional heroicidad y generosidad, influenciando con su buen ejemplo a los demás”.
Y agrega: “El vicio contrario es la pusilanimidad, que afecta por defecto a quienes por ese vicio se vuelven temerosos, conservadores, egoístas y mezquinos”.

“La magnanimidad siempre implica una completa entrega personal a un gran proyecto generoso, a un atrayente ideal que se lleva como bandera y se asume como sentido de vida. De esa virtud y de ese sentido comunitario de vida daba ejemplo José Artigas permanentemente, y así quería inspirar, educar y formar a las personas de su tiempo, especialmente a los jóvenes”, remarca dando puntos esenciales para un escuela de la Patria a actulizar.

Conductor conducido

Riveiro, por su parte, aconseja “buscar atentamente a los que rodean al gran hombre. Al que está atento a lo que le dicta la gente de su tiempo y por lo tanto refleja el sentir colectivo”. En tanto, para José Pedro Barrán, “la revolución no es sólo Artigas: conductor y conducido”.

“El propio Artigas es superado por el fervor revolucionario de su pueblo”, dice. No hay Artigas sin pueblo, sin artiguismo.

Y señala Eduardo Nocera: “El artiguismo me parece mucho más fuerte que la figura del propio Artigas. Son pueblos convencidos de un proceso emancipatorio, de una formulación de igualdad, de inclusión, de revolución social”.
Esa filosofía del que acompaña y no conduce, del que instrumenta la ilusión colectiva y la impulsa con su conducta y ética, también es un comportamiento que se articula a los procesos pedagógicos, en el aula y fuera de ella.
De ahí en pensar también al trabajador de la educación como un conductor-conducido por los intereses de los alumnos. Así como se deben retomar saberes ancestrales, también el profe puede tener la magnanimidad de compartir su experiencia y escuchar al estudiante, repensar y crear, jugar y producir. El educador conducido puede ser un agitador de los sueños colectivos, por su grandeza y solidaridad, por la autoridad de su ética y compromiso; y no por el temor y el autoritarismo.

Fuente: El Eslabón.

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