En el marco del 127 aniversario de la institución de Arroyito, este medio recorrió las instalaciones de la vieja casona de Alberdi 23 bis, en la que nació el Club Atlético Rosario Central y donde pronto funcionará un museo.

Después de la jornada laboral, empleados y funcionarios del ferrocarril que unía a Rosario con Buenos Aires se divertían corriendo detrás de una pelota. Jugaban al “pata bola”, como gritaba un tal Tomas Hopper, uno de los principales impulsores de la creación de un club de fútbo, para agitar la disputa de un picado cuando caía el sol sobre el barrio inglés.

Fue así que en la nochebuena de 1889, en el despacho de bebidas de la iglesia anglicana ubicada en Alberdi 23 bis, unos setenta parroquianos le dieron forma a ese sueño y firmaron el acta fundacional del Central Argentine Railway Athletic Club, que antes había sido Talleres y que en 1903 pasaría a tomar la denominación definitiva de Club Atlético Rosario Central.

“En este lugar había una iglesia Anglicana. La construyeron los ingleses, hace unos 130 años, para su personal ferroviario”, dice José Perico Pérez, editor y fundador de la tradicional librería Homo Sapiens, y uno de los coordinadores –junto con Belén Colasurdo– de la comisión encargada de refaccionar el edificio en que nació el club que este sábado celebra sus 127 años de vida, y agrega: “En 1889, en el salón chiquito que estamos terminando de reconstruir, un 24 de diciembre se fundó Central. Ahí empezó todo y nació la pasión. Nuestro origen es obrero, ferroviario, como lo fue el primer presidente, el escocés Colin Calder, que se desempeñaba como jefe del Taller de Pintura”.

Se enciende y resplandece

El paso inicial para comenzar la remodelación del lugar se dio allá por 2013, cuando la Municipalidad le otorgó a la institución del barrio Lisandro De la Torre la concesión de ese patrimonio histórico, para su remodelación y preservación. Y después de un año sin movimientos, un grupo de socios puso manos a la obra, como lo cuenta Pérez: “La nueva Comisión Directiva asumió la decisión política de reconstruir ese lugar. El primer año se cerró con llave y no se hizo nada, hasta que después, con una subcomisión integrada por más de 35 personas, empezamos a trabajar para lograr lo que hemos hecho hasta ahora”.

Quien fue testigo presencial de todo el proceso, y conoció las dos caras del lugar, fue Jorge Raúl Gigena, mucho más conocido como Fulbito, quien hace casi 27 años que trabaja en el club, como bañero en un principio –tanto en la pileta como en el río–, y que antes de recalar en el futuro museo pasó por el estadio y por la Ciudad Deportiva de Granadero Baigorria. “Cuando llegué era todo desprolijo, había mucho desorden, muchas telarañas. Con empeño y con ganas se fue limpiando, ordenando, pintando; se hicieron trabajos de albañilería, y ahora va encarrilado”, remarca este hombre que –según dicen– la descosía (y de ahí su apodo) en su época de 10 en la cuarta auriazul, donde se dio el lujo de compartir equipo con el Negro Omar Arnaldo Palma.

Con la creación de la Subcomisión de Sede Fundacional, a fines de 2014, arrancaron los trabajos de restauración para concretar el sueño de levantar allí un museo y centro cultural. “La idea es hacer actividades culturales, charlas con personalidades de Central, y que todo esto esté integrado al barrio, que sea un museo popular, que no sea sólo fútbol, sino también que esté la historia del ferrocarril, para mostrar el origen del club”, cuenta Perico, quien se entusiasma con una inauguración antes de finalizar el 2017, “aunque para esa fecha no esté terminado el museo definitivo”.

Esa historia jalonada de coraje

“Se dio una discusión si había que restaurar el lugar intentando imitarlo tal como era en 1889, o recuperar el edificio y refuncionalizarlo para que todos los canayas lo podamos usar, y se decidió esto último”, dice el arquitecto Juan Alegre, uno de los profesionales que tiene a cargo la obra en la casona de la avenida Alberdi y un canaya de pura cepa, como no podía ser de otra manera. Sin embargo aclara: “Igualmente se conservan ciertas huellas, ciertas cicatrices y heridas que tienen que ver con nuestra historia. Cerca de donde estaba el altar de la antigua capilla, por ejemplo, había dos ventanas y quedó una sola, pero la idea es que eso vuelva a ser como en un principio. Y en el salón en el que se firmó el primer acta, sí se hace una recreación del lugar como era al momento fundacional”.

Alegre destaca que “hubo que hacer una reestructuración, porque en la planta alta se habían cortado las maderas de las cabreadas”. “Se ve que el último que estuvo se quiso llevar de recuerdo la pinotea”, dice entre risas, y fundamenta: “Lo primero que hubo que hacer fue tratar que el techo no se cayera y hubo que reemplazar todas las chapas. Siempre decimos que el techo estuvo sostenido por la fe de los canayas, porque no podemos entender cómo aguantó tanto tiempo”. Tras detallar que después de “cerrar” el lugar, “se empezó a trabajar en la recuperación interior y se picaron las paredes, para que quedara a la vista el ladrillo original”, añade: “En el salón grande se levantó el piso, se arregló la estructura que lo sostiene y se levantó uno nuevo. Y el paso siguiente es comenzar la recuperación del salón fundacional, donde ya se quitaron los mosaicos que había y lo bueno es que se van a poder reutilizar las maderas originales de pinotea que se retiraron del salón principal, y que tienen más de 130 años”.

En cuanto a la financiación de las obras, Perico Pérez aclara: “El club ha colaborado en algún momento, pero el 95 por ciento de lo que se ha recaudado se hizo a través de la venta de rifas, calcomanías y camisetas; también se hicieron bingos, torneos de truco, y distintos eventos, como el de este viernes (al cierre de esta edición)”.

Para pensar en la inauguración, esperan que la Municipalidad cumpla la promesa de otorgar un capital para la construcción de los baños, necesarios para lograr la habilitación pertinente, según acota Humberto Chino Noski Glavinich, creador del legendario programa radial El Puente Canalla y uno de los personajes que más hace por el club de sus amores. Y que, por supuesto, estuvo presente durante las entrevistas.

El eslabón encontrado

Mientras se desarrollaban los primeros trabajos en la casona en que se firmó el acta fundacional de Central, se produjo un hecho trascendental: uno de los tantos canayas que se acercaron a colaborar en las tareas de refacción halló, bajo los tirantes de parquet del piso del salón principal, un bulto entre los escombros. Cuando lo levantó, se percató que se trataba de una antigua pelota cosida y con mucha historia encima.

“A la pelota la encontró Diego Vega, el pibe que estaba sacando el piso, y lo primero que hizo fue llamarme a mí”, rememora emocionado Raúl Fulbito Gigena, y agrega: “La limpié, le pasé grasa y ya le quería comprar la cámara y los hilos para armarla bien. Pero me dijeron que teníamos que dejarla así, rústica, porque iba a llamar más la atención”.

Gigena admite que no fueron pocos los que quisieron comprar esa verdadera reliquia del fútbol nacional, y de la cual hasta el día de hoy no se pudo precisar la época en que fue gestada. “Para saber cuándo fue fabricada se podría utilizar el método de carbono 14, pero es caro. Si la pelota está ahí abajo desde antes que se colocara el piso, es aproximadamente de 1880, aunque también puede ser que haya habido un arreglo en el piso y se haya caído después”, dice este hombre que se pasa los días en el lugar en que nació el club del cual es hincha desde la cuna.

“Para nosotros fue un presagio, una simbología, un mensaje que alguien nos quiso dejar”, acota, agregando mística al asunto, José Perico Pérez. El librero, además, aporta datos sobre el posible origen de ese verdadero tesoro redondo: “Por la forma que tiene, y sus características, es una pelota que fabricaban los ingleses entre 1880 y 1930, ya que se usó por última vez en el Mundial de Uruguay”.

Por lo pronto, en la fiesta que se llevaba a cabo al cierre de esta edición, la bola que seguramente habrá pasado por las patas de los obreros ferroviarios que sin saberlo dieron el puntapié inicial a esta centenaria pasión, va a estar expuesta en el mismísimo lugar en que fue encontrada y protegida por un cofre de vidrio.

Porque sos la fiesta

Al cierre de esta edición, y como ocurre en cada aniversario de la fundación del club de Arroyito, la avenida Alberdi era cortada por los miles y miles de simpatizantes que se congregan cada nochebuena en los alrededores de la sede fundacional para festejar el cumpleaños de su buen amigo. “Las bandas que tocan en la fiesta no cobran un sope y todo lo que se recauda se utiliza para la sede fundacional”, se encarga de remarcar Alcides Aranda, quien junto con Raúl Gigena se pasa gran parte de su vida entre las paredes que vieron surgir al Club Atlético Rosario Central. “Acá nació el fútbol. Esto va a ser un punto de referencia en la ciudad, un lugar turístico. No sé en cuántos años, pero si se consiguen los fondos será en poco tiempo”.

Por el escenario montado en una de las esquinas linderas, iban a desfilar varias de las bandas de rock local identificadas con los azules y amarillos, el Cirquito Canalla, y el poeta Antonio Spitale, quien seguramente habrá recitado aquello de “El pintor pinta su lienzo con fino o grueso pincel, el escultor da vida a su obra con martillo y con cincel, yo escribo poemas canallas con birome y con papel”.

*Publicado en la edición 279 del periódico El Eslabón.

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Un comentario

  1. Humberto

    26/12/2016 en 19:15

    Gracias santiaguito y los chicos del eslabón x mostrar nuestra pasión

    Responder

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