Que el peronismo y el movimiento obrero cobijan en su seno a dirigentes oportunistas, disociados de los intereses de las grandes mayorías populares, sólo es novedad para los recién llegados.Y que uno y otro, históricamente hayan sido, precisamente, los principales escollos para que esa dirigencia no se salga con la suya y conduzca la estrategia del movimiento nacional y popular, lo desconocen solamente quienes abordan la realidad en términos binarios. Y la política, se sabe, repele sin piedad ese modelo de avistaje.

No existe fuerza política que no tenga las mismas o peores contradicciones que sobrevuelan al peronismo, pero es este último el único que ha respondido con hechos lo que otros declaman en discursos que a poco de acceder al gobierno se evaporan con la velocidad de la luz.

Dicho todo eso, a nadie escapa que la actual dirigencia de la CGT viene ejerciendo con una pasmosa mora los reclamos que surgen de lo más profundo del movimiento obrero, que no se limita, como quieren sus jerarcas, al universo sindicalizado, que reporta desde el trabajo formal y que resiste el embate neoliberal del gobierno crápula de Mauricio Macri protegido por un hilo de plata del que la mayoría de los laburantes carece.

No sólo han sido lentos a la hora de marcarle la cancha al gobierno de Cambiemos. Uno de los integrantes del triunvirato que conduce a la central obrera, Héctor Daer, hace poco más de una semana votó a favor de la flexibilización del régimen de Aseguradoras de Riesgo del Trabajo (ART), en contra de los intereses de sus representados.

No sólo han brindado en la Quinta de Olivos con el presidente empresario, le creyeron cuando les hizo firmar con tinta evanescente a sus pares, los dueños de las corporaciones empresariales, un papel en el que éstos prometían no despedir trabajadores, compromiso que no tardaron ni 24 horas en incumplir.

No sólo respondieron con discursos vacíos la mentira de campaña de Macri de dejar sin efecto el impuesto a las ganancias a todos los trabajadores, alguno de ellos o sus legisladores votaron reformas regresivas que hicieron que hoy se pague más de esa gabela que en tiempos en los que se le hacían paros al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner por ese motivo.

Legisladores y dirigentes como Facundo Moyano –de extracción sindical pese a que su radio de acción está más acotado al show business– han sido mucho más críticos con la administración kirchnerista, que incorporó derechos laborales y generó empleo como ningún otro gobierno desde los de Juan Perón, que con las políticas antiobreras y el industricidio perpetrados por Macri y sus secuaces.

Pero recién comenzado el segundo mes del segundo año de mandato de la alianza del PRO con la UCR y el sello de Elisa Carrió, y un día después de haber decidido retirarse de la mesa de diálogo social con el gobierno macrista, esa misma cúpula cegetista tomó nota de la temperatura social por el descalabro del aparato productivo que viene generando “el mejor equipo de los últimos 50 años”, y anunció un plan de lucha largamente reclamado, convocó a la marcha del 7 de marzo y anticipó un paro nacional que se llevaría adelante a fines del mismo mes.

Como es habitual, los que decían que la CGT no hacía nada, salieron a decir que lo que anunciaba hacer lo debió hacer antes, sin otro aporte que ese arrebato testimonial, al que se agregó el escepticismo de algunos, que llegaron a proclamar que la marcha y el paro eran bravuconadas para negociar con Macri y luego desactivar ambos hechos políticos. Sobre la primera, se puede decir que se equivocaron. El segundo, cada día que pasa se consolida con más fuerza en el territorio de lo irreversible.

El absurdo de una citación

No pasó un día desde que la CGT anunció su plan de lucha que el Partido Judicial movió sus fichas. El Juez Claudio Bonadio informó, el 3 de febrero, que citaba a CFK a prestar declaración indagatoria en el marco de la causa denominada Los Sauces…el mismo día de la marcha, el 7 de marzo.

La intencionalidad política del gobierno de licuar la marcha de trabajadores y la convergencia de esos intereses con la estrategia de persecución a la ex mandataria por parte de los grupos de poder que llevaron a Macri a la Casa Rosada y ahora lo sostienen no llega a enmascarar, sin embargo, que la causa por la cual llaman a declarar a Cristina es una barrabasada jurídica.

El periodista Raúl Kollman, en Página 12, sintetizó con claridad lo que en verdad se juega en la citación a CFK: “El juez federal comenzó con la indagatoria a Oscar Leiva, un ex empleado de Hotesur. El 6 y el 7 están previstas las indagatorias a Máximo y Florencia Kirchner, pero el objetivo de Bonadio sería la detención de la ex presidenta”

El 20 de febrero, el magistrado que se ufana de portar una pistola Glock 40 llevó adelante la indagatoria a un empleado administrativo –Oscar Leiva–, quien durante tres meses había sido el titular de Hotesur.

Pero Bonadio armó la causa paralela denominada “Los Sauces” con base en una insólita presunción: en su acusación indica que la organización supuestamente destinada a lavar dinero empezó a funcionar en 2003, cuando Néstor Kirchner asumió como presidente, pero el hecho es que en ese momento Los Sauces no existía.

Los cargos los formula a un grupo organizado para delinquir en el que conviven empleados administrativos, gerentes, empresarios, los hijos del matrimonio presidencial y la propia ex mandataria, pero sin distinguir el rol que le cupo a cada quien en esa presunta asociación ilícita.

Kollman es tajante: “La causa Los Sauces es un grotesco armado de Bonadio, quien puso en marcha una especie de causa colectora después que fue eyectado de la causa original, Hotesur, por graves irregularidades. Bonadio convocaba a testigos sin avisar a las partes e incluso puso en marcha una pericia sin notificar a las defensas para que designaran los peritos correspondientes. Ese cúmulo de atropellos llevaron a la Cámara Federal a apartarlo de la causa Hotesur, que luego quedó en manos de Julián Ercolini”.

Cabe recordar una protagonista estelar en este desopilante entramado, la actual diputada nacional Margarita Stolbizer, quien presentó una denuncia respecto del alquiler de las oficinas e inmuebles de Los Sauces que fue aceptada tanto por Bonadio como por el fiscal Carlos Rívolo, para de esa forma permitir que el juez federal se apropie de esa causa paralela a la de Hotesur.

CFK-CGT, una guerra de siglas

Como cabía esperar, ni bien se conoció la citación del pistolero Bonadio, el hiperkirchnerismo salió a proclamar una nueva marcha a los tribunales federales de Comodoro Py, en apoyo de Cristina, y con el objetivo de que ésta no sea detenida.

El planteo, legítimo, no tardó en instalarse como la contracara de la convocatoria cegetista, con argumentos que iban desde el tono más conciliador hasta los que por poco no pedían la cabeza de los tres líderes de la central obrera. Esta vez no fueron los medios masivos los que fogonearon la polémica. El territorio de esa disputa fueron, claramente, las redes sociales.

Facebook, Twitter, Instagram, Telegram, en todas ellas se veía confrontar a militantes, simpatizantes, incluso a algunos dirigentes, en torno de una sola disyuntiva: ¿Se debía marchar junto con la CGT, o se debía acompañar a CFK a Comodoro Py?

De nada valieron en los últimos días las palabras del ex titular de la Agencia Federal de Inteligencia Oscar Parrilli, que no expresa nada que no haya concertado previamente con Cristina, invocando que la consigna era clara y que había que marchar con la CGT.

Ni ciertas declaraciones de la ex mandataria en las puertas del Instituto Patria, donde dejó entrever que no había que ir a los tribunales federales dejaron conformes a los más intransigentes del kirchnerismo.

Fue necesario que Cristina apelara a su cuenta de Twitter para dejar sentada claramente su posición alrededor del tema: «Quiero darles las gracias por todas las muestras de preocupación, apoyo y afecto, pero en serio, no caigamos en la trampa. El 7 yo lo veo a Bonadio, pero por favor, ustedes hagan que el Gobierno vea al Pueblo. Marchen junto a los trabajadores y trabajadoras». Corta la bocha, hubiese dicho el filósofo Ivo Cutzarida.

CFK no se quedó conforme y, como si a algunos les hiciese falta, describió la coyuntura. «El 7 de marzo tienen que marchar todos y todas, pero junto a los trabajadores. La gente está muy mal. No llega a fin de mes. Siguen despidiendo obreros y cerrando fábricas. Las facturas que llegan de luz, de agua y de gas se están tornando impagables para muchos compatriotas. Cocheras, peajes, expensas, colegios, prepagas, transporte público, precios imposibles en el súper azotan los bolsillos de los argentinos».

La ex presidenta planteó, a modo de cierre: “Es muy grave lo que le está pasando al Pueblo argentino. Yo concurriré, como siempre, a la citación de Bonadío, a quien…por los servicios prestados, le cerraron los pedidos de juicio político en el Consejo de la Magistratura –es el juez más cuestionado–…Quiero darles las gracias por todas las muestras de preocupación, apoyo y afecto, pero en serio… no caigamos en la trampa…”.

Debería haber sido suficiente, pero algunos insisten en la necesidad de acudir a Comodoro Py. En el fondo desconfían. Piensan que la inmensa mayoría de quienes marchen junto a la CGT no se dirigirá a esos tribunales a exigir la liberación de la líder indiscutida del peronismo y de vastos sectores que exceden al movimiento fundado por Perón si el pistolero federal decide encarcelar a CFK.

Pero hay algo más grave que esa desconfianza. Pareciera que existen muchos militantes o adherentes al kirchnerismo que desconocen la diferencia entre las cúpulas y los trabajadores. Soslayar que son los trabajadores, por abajo, quienes están viendo deteriorarse sus salarios, sufriendo los despidos o sienten alejarse la chance de un laburo en blanco, pensando en no hacerle el juego al triunvirato, es terminar siendo funcionales al gobierno macrista, dividiendo al campo nacional y popular. Cristina eso lo sabe, y es por eso que habló como habló.

Si algo conoce CFK es que en política o se adueña de los espacios, se los disputa, o los termina copando el enemigo. Y que la política no se circunscribe a la militancia, que se siente más cómoda orbitando el Topos Uranos -el platónico mundo de las ideas- que en la más compleja de las esferas: la disputa por el poder.

Fuente: El Eslabón

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