La escalada represiva de las últimas semanas es el correlato de la inauguración de una fase que comenzó el 1º de marzo, cuando el presidente inauguró las sesiones ordinarias del Congreso con un discurso, en el que anticipó los palos a los docentes al denostar la figura de Roberto Baradel.

La alianza que gobierna desde diciembre de 2015 decidió reprimir la protesta social como táctica que le permita retener el núcleo duro de su electorado, que trepa a poco más del 30 por ciento, el mismo caudal que cosechó en las primarias de aquel año. Ese perfil de mano dura on demand lo ejerce en los márgenes mismos de la legalidad, cuando no traspasando la frontera que separa al Estado de derecho de una vulgar tiranía.

Jugando con fuego

Macri es un insolente al no cumplir la Ley de Educación, pero no lo hace por capricho. Quiere quebrarle la espina dorsal al conjunto de gremios docentes. Sabe que al no convocar la paritaria nacional extiende el conflicto con los maestros, y que con ello tensa la cuerda social, pero se apoya en la íntima convicción de que el núcleo duro de sus adherentes desprecia al sindicalismo en general y a los maestros en particular.

Lo cierto es que una mayoría importante de ese electorado macriradicalilista no desprecia tan sólo a los sindicatos, al kirchnerismo y a todo político que huela a “populismo”. Puede sintonizar incluso con los peores crímenes y enfermedades –individuales y sociales– si los mismos afectan a un “enemigo”. Los comentarios en los foros digitales de medios hegemónicos que celebraron la violación y asesinato de Micaela García justificando tal horror por su militancia, mostraron la dimensión de ese odio e hicieron recordar las pintadas con la leyenda “Viva el cáncer” en la década de los 50, a propósito de la dolencia que devoró a Eva Perón.

El discurso que baja desde la cima del poder aviva una fogata preexistente, a la vez que habilita a muchos a sentirse impunes en su cruzada contra quienes son definidos como promotores del caos, ya sean piqueteros, militantes, dirigentes sociales o gremiales. En general el enemigo es todo quien sea considerado “de morocho para abajo”, en una escala descendente que siempre termina en el “negro de mierda” o “villero”, pero que contiene también a “paraguas, “bolitas” o “chilotes”.

El clima social es irrespirable. Por un lado, la virulencia verbal del aparato estatal dio paso a una violencia de hecho, que es extensiva a vastos sectores que ponen en juego un odio cotidiano contra quienes están convencidos de que son el mal, como se ha descripto. Por otro, las grandes mayorías, afectadas en forma alarmante por las desaforadas medidas económicas del macrismo, exhiben su malestar en las calles, a través de protestas cada vez más numerosas, expresadas en movilizaciones que en un solo mes volcaron a dos millones de personas y detuvieron el pulso del país durante 24 horas, en el mayor paro general desde los tiempos del alfonsinismo de Juan Vital Sourrouille.

Las pestilentes usinas mediáticas que se visten con el disfraz de programas de debate político se esfuerzan en equiparar ambos malestares. Reavivando el elemental concepto de “grieta”, elevándolo a postulado filosófico, mercenarios travestidos de periodistas argumentan que de un lado de esa fisura se encuentran quienes apoyan “masivamente” al gobierno de Mauricio Macri, y del otro quienes le ponen palos en la rueda, resistiéndose a un “cambio” que, al cabo de un tiempo indeterminado, daría presuntos resultados benéficos para todos.

Eluden explicar por qué en el mientras tanto desde el Estado macrista se le escamotean los medicamentos a jubilados y a familias que viven una desesperante vulnerabilidad social, por qué se estimula una imparable ola de despidos y suspensiones en el denominado “mercado de trabajo formal”, por qué provocan el cierre de fábricas y pequeñas empresas o la reducción al mínimo de su producción a causa de la apertura de las importaciones, debido a qué podría surgir esa bonanza si se apalea con tarifazos descontrolados la economía familiar. Para esos “detalles” invitan a “analistas políticos”, a “prestigiosos economistas”, quienes en un alarde de cinismo explican cada una de esas criminales medidas fundamentándolas en los “desequilibrios” que produjo durante más de una década el populismo en el poder.

Ese verso se agotó, al menos para una porción importante de la sociedad que constata lo difícil que resulta llegar a fin de mes y vive angustiada por el temor de perder el trabajo. Y hace rato que esa sanata huele a cadáver para quienes de entrada se vieron golpeados por las cesantías y por el manotazo a sus bolsillos que le propinó la banda de pungas berretas que componen el gabinete de CEOs.

Conscientes de ello, convencidos del final de un ciclo de engatusamiento colectivo en torno de la “pesada herencia” y la “corrupción K”, Jaime Durán Barba y otros secuaces libretistas del poder recomendaron organizar una contraofensiva. Siempre en clave de simulacro, la táctica pasa por recrudecer la confrontación con la oposición real, que a esta altura, y a grandes rasgos incluye a un sindicalismo que ofició de interlocutor privilegiado durante 15 largos meses, los gremios más combativos, los movimientos sociales y los organismos de DDHH.

Sin otro objetivo que la rapiña escandalosa, el gobierno de Macri juega con fuego, potencia las tensiones sociales, provoca escenarios de enfrentamiento, estimula a los más retrógrados sectores, y copia lo peor de la izquierda maximalista, estableciendo el modo “cuanto peor mejor”. Se niega a reconocer que la represión se comió a todos los gobiernos que la impusieron. El Plan Conintes de Arturo Frondizi, la alevosa masacre perpetrada por Fernando de la Rúa, y la criminal bravuconada de Eduardo Duhalde que les costó la vida a Maximiliano Kosteki y Darío Santillán son ejemplos que deberían hacer reflexionar al empresario devenido político. Sin embargo, es notorio que la reflexión no figura entre su frondoso patrimonio.

Garrote sin ley

Macri, que al inicio de su primer año de gestión convocó a la paritaria nacional docente como exige la ley, decidió que en este ciclo lectivo no lo haría, y eligió el campo de batalla central en la guerra declarada a los gremios docentes: la provincia de Buenos Aires.

Lo hizo por dos razones. Las mediciones indicaban –promediando el verano– una considerable caída de su imagen, algo que las encuestas no registraban en la ponderación de la gobernadora María Eugenia Vidal. Por tanto, evitó asumir el costo político de centralizar ese conflicto en el Ministerio de Educación nacional a cargo del inclasificable Esteban Bullrich y, en segundo término, sopesó que si sale victorioso de esa conflagración, será en el principal distrito electoral, la provincia gobernada por quien hasta el frustrado inicio de clases medía alto en los muestreos. Los números ya no son los mismos, y el semblante de quien emulaba a Heidi viró al de Cruella De Vil.

Mientras se desarrolla el interminable conflicto con los gremios docentes, Cambiemos también dinamita puentes con la CGT y los movimientos sociales, a quienes les había prometido –merced a la aprobación de la Ley de Emergencia Social– ayuda económica para sostener el trabajo de esas organizaciones en el territorio.

La furiosa intrusión de la Policía bonaerense en Lanús, repartiendo palos y arrojando gas pimienta a chicos que comían en el merendero Los Cartoneritos, que coordina la agrupación liderada por Juan Grabois, dio una acabada muestra de lo que las administraciones nacional y provincial piensan acerca del cumplimiento de los acuerdos que firma.

Por si fuera necesario aclararlo, Grabois es un interlocutor permanente del papa Francisco, lo cual también habla de que nada parece ser un límite para el macrismo en guerra.

La represión que las fuerzas combinadas de seguridad llevaron adelante en la jornada del paro nacional del 6 de abril, garroteando a los piqueteros que cortaron la Panamericana pero dejaron un carril libre, es otro mojón en la táctica que Macri estableció en esta fase represiva. Las posteriores explicaciones de la ministra Patricia Bullrich y sus subordinados contaron con la complicidad de casi todo el dispositivo de blindaje mediático, uno de cuyos canales llegó a corregir en vivo a la notera que hablaba de represión. Desde el piso, y con un diccionario que debe haber sido escrito por Durán Barba, se le instruyó que en adelante definiera los bastonazos, los chorros de los camiones hidrantes y el gaseado con gas pimienta como un “desalojo” o “despeje”.

Ese episodio fue el preludio del pandemónium que las policías Federal y Metropolitana desataron el pasado domingo en la plaza de los Dos Congresos contra docentes que armaban la estructura tubular de una simbólica escuela pública itinerante.

La apaleada y el gaseo se produjo luego de que los gremios hubieran levantado el paro, y un día antes de que los mismos retomen las negociaciones con la patronal estatal. La refriega no terminó peor gracias a la decisión de dirigentes como Sonia Alesso, Eduardo López y el propio Baradel, quienes optaron por retirarse del lugar junto a los maestros, pero ya la milicada embravecida había provocado lesiones a varios docentes y apresado a cuatro de ellos, en forma ilegal y arrastrándolos por el piso bajo una lluvia torrencial. Las imágenes de policías de civil y otros uniformados arrojando gas pimienta en la cara de un detenido que yacía aprisionado en el suelo alcanzó y sobró para medir el grado de violencia institucional desplegado por las dos fuerzas, lo cual no le impidió a la ministra Bullrich alegar que mientras la Policía estaba quieta, los docentes pateaban a los efectivos por debajo de sus escudos. Ni Frondizi, Carlos Menem, De la Rúa y Duhalde llegaron a tanto.

El macrismo, sin embargo, no actúa solo. La complicidad de la Unión Cívica Radical y de la Coalición Cívica debe ser tenida en cuenta, y no sólo para engrosar los anales de la historia política argentina. Dos gobernadores radicales, el de Jujuy, Gerardo Morales, y el de Mendoza, Alfredo Cornejo, llevan adelante la persecución política más infame desde la Fusiladora de Pedro Aramburu e Isaac Rojas. El primero mantiene detenida desde hace 15 meses a la líder de la agrupación Túpac Amaru, Milagro Sala, mediante causas armadas y artilugios político-jurídicos. El segundo detuvo también a Nélida Rojas, la máxima referente del mismo movimiento en la provincia cuyana, y a una decena de colaboradores, con el pretexto de que habría irregularidades en la construcción de viviendas sociales que coordinaba esa agrupación.

Lo curioso es que en otras provincias no gobernadas por mandatarios peronistas, por caso Santa Fe, no se han registrado denuncias o investigaciones en torno del sistema de construcción de viviendas populares con fondos del Estado nacional, planes que debían ser monitoreados por las administraciones provinciales y municipales, a través de las cuales se canalizaban las partidas, previa presentación de los certificados correspondientes. Los radicales macristas se muestran como férreos gobernantes que escrutan lo actuado por la Túpac con lupa republicana, pero lo cierto es que son feroces cazadores de brujas que sólo aparecen en los expedientes amañados por sus cómplices judiciales.

Las permanentes denuncias contra funcionarios kirchneristas que exhibe Elisa Carrió en cuanto canal amigo es invitada a chapotear barros cloacales televisivos sólo son matizadas por su guerra personal contra el presidente de la Corte Suprema de Justicia Ricardo Lorenzetti. El rafaelino y sus pares patearon hacia adelante la decisión de ordenar o no la libertad de Milagro Sala, luego del lapidario dictamen a favor de la primera opción que presentó la titular de la Procuración General, Alejandra Gils Carbó.

En mayo llega la misión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a la Argentina, 38 años después de la histórica visita durante la última dictadura cívico-militar. Los integrantes de la Cidh se encontrarán con muchos de los hijos de aquellos empresarios que se escudaron detrás de los soldados sin cabeza que desaparecieron a toda una generación para poder cumplir con el plan económico que esos jerarcas civiles diseñaron. Esos herederos hoy están gobernando el país, a puro garrote y al margen de la ley.

Fuente: El Eslabón

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