Con la única y honrosa excepción del candidato de izquierda Jean-Luc Mélenchon, los otros tres aspirantes con posibilidades de pasar a la segunda vuelta del 7 de mayo (Marine Le Pen, Emmanuel Macron y François Fillon) se parecen mucho a Tartufo, el inmortal personaje de Molière (1622-1673) cuyo nombre pasó a ser sinónimo de hipocresía, simulación, mentira, múltiple moral y la práctica sistemática de las más rastreras, cínicas y abyectas artimañas para trepar, medrar y obtener poder sin ningún tipo de escrúpulos.

En la tierra donde floreció la farsa y vio la luz Jacques Lacan, la campaña electoral se pareció mucho a un juego de máscaras, simulaciones, cambio de roles, discursos vacíos y significantes engañosos, ambiguos y polivalentes.

“Antisistema” y “populismo”, por solo tomar dos de los ejemplos más manoseados, fueron expresiones que se utilizaron a mansalva, como comodines que se iban acomodando según la ocasión, sin que nadie pueda saber con precisión, allí, en la patria de Breton y Mallarmé, qué carajo querían significar los candidatos Tartufos con esos significantes, y menos con qué ocultas intenciones.

La primera vuelta de las elecciones presidenciales se produce en un contexto de crisis, para muchos analistas terminal, del sistema de partidos vigente en Francia tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial.

Esta crisis, además, está enmarcada, y para muchos analistas es el resultado, de una crisis mayor, de alcance continental: el derrumbe del proyecto de la Unión Europea (UE) concebido como esquema económico encabezado por Alemania y, fundamentalmente, por un sistema financiero liderado por Alemania.

Las elecciones de Francia marcan el derrumbe definitivo de este esquema. Y ese derrumbe arrastra todo un sistema de partidos, no solo en Francia, sino también en buena parte de Europa. El crecimiento de las derechas en Reino Unido, Alemania y Holanda, por sólo tomar algunos ejemplos, es apenas un síntoma de esa crisis.

Con las elecciones del domingo 23 se juega el futuro de la UE, y entra en crisis existencial el concepto de Estado-nación como consecuencia del fracaso tipo de globalización planteada por el proyecto europeo.

Un triunfo de Macron podría significar, además, otro quiebre histórico: la capitulación definitiva de un modelo de Estado-nación basado en la idea de Estado de Bienestar, vigente en Francia desde finales de la Segunda Guerra Mundial, en todos los gobiernos, ya sean de derecha, de centro o social-demócratas.

Lo que podría significar el triunfo de Le Pen se puede sintetizar, más allá de su cháchara publicitaria, con el título del famoso libro de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas.

Una segunda vuelta entre Le Pen y Macron sería una derrota contundente de la política frente a la anti-política. Significaría un triunfo de la manipulación, el odio, el miedo, y el poder de las corporaciones sobre lo poco que queda de democracia y soberanía popular. Ya ocurrió en otros países.

Le Pen y Macron son dos candidatos muy diferentes, antitéticos en muchos sentidos, pero cada uno encarna,  a su manera, el horror, el horror.

Un baile de disfraces

Marine Le Pen, por el Frente Nacional, es una de las favoritas. Las encuestas le dan una intención de voto de entre el 22 y el 25 por ciento. Algunos la denominan “populista de derecha”. Pero ella dice que ya se terminó eso de la derecha y la izquierda. Afirma que va a gobernar “para el pueblo”, entre otras banalidades. Fue maquillando su discurso durante la campaña para disfrazarse de “republicana”, una careta muy popular por estas pampas, para así ocultar el pasado nazi de su partido y su familia. Recita ideas sociales tomadas del socialismo, cita a Joseph Stiglitz, y promete una “revolución popular”. Un cínico cóctel que en realidad remite a la propaganda anti-política propia de la vieja derecha que quiere parecer nueva. Su símbolo es la rosa (como la del socialismo) pero color azul. Es fervientemente anti UE. Quiere cerrar las fronteras y no es precisamente amiga de los musulmanes.

Emmanuel Macron, alias “el hombre molino” (por lo acomodaticio), es el típico banquero anti-político. Las últimas encuestas le dan entre un 23 y un 24 por ciento. Nunca participó de una elección. Fue ministro de Economía de François Hollande. Perteneció a la banca Rothschild, una de las más poderosas del mundo. También utiliza un cínico cóctel de ideas sin escrúpulos. En cuanto a la UE, está en las antípodas de Le Pen. Apoya con fervor el proyecto europeo y la globalización financiera. Es el representante francés de las ceo-cracias, ya vigentes en otras partes del mundo. Nunca fue miembro del partido socialista pese a que integró el gobierno de Hollande. En solo un año formó el movimiento En Marcha, que llegó a cosechar el 25,7 por ciento en intención de voto. También le dicen “populista”. Y el propio candidato suele utilizar, para definir su posición, una expresión digna de la patafísica de Alfred Jarry (1873-1907): “extremo centro”

François Fillon, de Los Republicanos, fue primer ministro de Nicolas Sarkozy. Le ganó la interna al ex presidente y a Alain Juppé. Su triunfo fue una gran sorpresa, y puso en crisis a la derecha conservadora tradicional. Después estallaron los escándalos de corrupción en los que se vio envuelto, abriéndole así el camino a la ultraderecha de Le Pen. Sarkozy representa la derecha más dura, xenófoba, capaz de disputarle votos al Frente Nacional. Juppé, en cambio, es el conservadurismo más moderado, menos xenófobo. Fillon ganó con una imagen de virtuoso provinciano. Lástima que era apenas una máscara para las carnestolendas. Su esposa, Penélope, y sus hijos, tenían cargos en la Asamblea Nacional, pero no iban a trabajar. Apenas un ejemplo de la crisis del conservadurismo tradicional que, sumado a la crisis del socialismo y la socialdemocracia con la que se venían alternando en el poder, dejaron espacio a las posiciones anti-políticas. Según las encuestas, y pese al escandalete de las chapitas, cuenta con un 20 por ciento de intención de voto.

Jean-Luc Mélenchon, ignorado y ridiculizado por los medio oligopólicos, creció en forma sorprendente en las últimas semanas y alcanzó un 20 por ciento. Su plataforma de gobierno se basa en el poder popular, la participación ciudadana, el eco-socialismo, y el protagonismo del pueblo para vencer a la oligarquía. Solo en el contexto de sus propuestas y su trayectoria, el significante “antisistema” cobra sentido: el sistema es el neoliberalismo, la oligarquía, el poder de las corporaciones. Se entiende. Planteó adherir a la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), por ejemplo. Entre sus referentes se cuentan el movimiento Podemos de España, y Bernie Sanders de EEUU.  En su formación política cumplió un papel fundamental la filósofa y politóloga belga Chantal Mouffe, autora, junto a Ernesto Laclau (1935-2014), de Hegemonía y estrategia socialista.

Fuera del pelotón de cuatro candidatos con más posibilidades se ubica Benoit Hamon. Ex ministro de Educación de Hollande, le ganó la interna del Partido Socialista al actual presidente y al ex primer ministro Manuel Valls. Se fue del gobierno disconforme con el giro neoliberal del Hollande y creó a una profunda crisis dentro del socialismo. Planteó que su partido nunca debió abandonar sus banderas históricas para abrazar el neoliberalismo y aplicar los ajustes en contra del pueblo. Propone un programa de izquierda. Pero carga con el pesado lastre de haber pertenecido al decepcionante gobierno de Hollande, y su discurso carece de credibilidad. Las encuestas les dan entre un 7 y un 9 por ciento de intención de voto.

Según el Centro de Estudios para la Vida Política Francesa, nueve de cada diez franceses y francesas no confían en sus dirigentes. El 75 por ciento desconfía de la prensa. El 72 por ciento desconfía de los sindicatos. Hay más de ocho millones de pobres en Francia. Y cuatro millones de desocupados. Los más pobres no saben a quién votar o ni se van a molestar por concurrir a las urnas. Excepto Mélenchon, los otros candidatos parecen Tartufos en un baile de disfraces, dispuestos a todo, y subestimando al pueblo con cada uno de sus gestos, sus palabras y sus mascaritas.

El revolucionario Maximilien Robespierre (1758-1794) fue enterrado en una fosa común y se echó cal viva sobre su cadáver, para que no quedaran ni rastros. Si por un momento, como mero ejercicio lúdico, de imaginación literaria, nos permitimos imaginar al turbulento Maxi levantarse de entre los muertos y visitar la Francia de hoy, seguro que propondría que la Plaza de la Concordia vuelva a cambiar de nombre, entre otras medidas.

Ataque de Estado Islámico

A solo tres días de las elecciones francesas, un nuevo tiroteo en el que las autoridades apuntan a un acto terrorista conmocionó a París. Al menos un policía muerto y otros dos heridos.

El presidente francés, François Hollande, sostuvo que el tiroteo registrado este jueves por la noche en los Campos Elíseos de París fue un ataque “de orden terrorista” cuyo “objetivo” fueron las fuerzas de seguridad, a las que ha ofrecido el “apoyo total” de la nación.

Poco después, el Estado Islámico reivindicó la autoría del ataque, perpetrado en la turística avenida, donde un hombre mató a un policía e hirió gravemente a otros dos.

En el primer tiroteo el responsable de los disparos fue abatido por la policía y se activó un fuerte operativo policial en el área. El paso a las personas en los Campos Elíseos fue cerrado.

Poco después se registró un segundo tiroteo. Las autoridades francesas creen que se trata de varios atacantes y no descartan que sea un atentado terrorista. Testigos indicaron que el responsable del primer tiroteo se bajó de un automóvil y disparó con “un fusil Kaláshnikov”.

 

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