Después del fuego es la segunda novela del escritor rosarino Javier Núñez que acaba de lanzar el sello italorosarino Le pecore Nere. Puede ser leído como un texto de iniciación, pero es –ante todo– la historia de un hombre en ciernes que decide regresar al pasado buscando un punto de partida, un sitio por dónde comenzar, todas las veces que haga falta.

Un acontecimiento traumático, fortuito, voluntario o accidental, puede prefigurar todo lo demás en el sucedáneo de una vida. Y eso no es todo, un hecho puede determinar una y todas las vidas que en su ola expansiva alcanzó. Así se acomodan los personajes de esta novela alrededor del narrador: un joven que busca venganza, perdón, y el modo de escapar de un incendio en el que quedó atrapado para siempre. El sabio mensaje iniciático de la novela es quizás señalar que la importancia radica en que se puede hacer con aquello que hicimos, que nos hicieron, y que nos devuelve una y otra vez al mismo lugar del dolor. Siempre se empieza por contarse, por narrarse. La reconstrucción del pasado, la búsqueda de la propia identidad entre los escombros es, quizás, una de las obsesiones de Nuñez que, desde su primera novela La doble ausencia, se vuele su juguete favorito. Eso es el ejercicio de la memoria, un juguete rabioso, y la metáfora aplica porque Después del fuego es también un bello homenaje a Silvio Astier. En suma, cuando recordamos, el pasado vuelve como literatura. Siempre es necesario inventarlo, ya sea para sanar, mitigar o atizar heridas, pero como una necesidad del ser. Quien no se recuerda (y se narra) a sí mismo, está muerto en vida; y Pessoa sigue vivo por eso, aunque lo vaya descubriendo progresivamente.

Pessoa es el nombre que elige el personaje para figurar una máscara, que viene a ser esto de narrarse a sí mismo: el uso recursivo del heterónimo en la literatura, sirve sin embargo como posibilidad de existencia para el personaje cuando su verdadero rostro lo espanta. Sucede que cuando hay que desnudarse, correr los velos, quitarse la máscara, ya es demasiado tarde. El maquillaje, los injertos, las cicatrices, las mentiras y las verdades a medias, son sedimentos de una nueva piel. Y es preciso, para Pessoa y para cualquiera de nosotros, que nos quieran y nos deseen así, con la cara hecha jirones.

Después del fuego es una novela que ofrece una lectura comprometida pero no desde la moral, sino desde lo sensible: no podés dejar de leerla. Los que esperamos con ansias su publicación (somos muchos, y eso en esta ciudad es casi un prodigio) sabíamos de algún modo que ibamos a estar frente a una lectura intensa, de esas que se devoran en un tirón.

El acompañamiento, capítulo a capítulo, de las canciones de Sandro en títulos y epígrafes, le dan a la estructura la posibilidad de un relato duplicado. De hecho, el propio autor reconoció que este ordenamiento dio origen a un soundtrack propio. La brevedad de los capítulos, la trama como un tejido algodonado y una prosa llena de digresiones metafóricas con remates precisos (hay tantas que son parte del estilo inconfundible de Núñez) hacen que la lectura avance así, como hace el fuego. Un gran amigo y afinado lector me señaló además que en la novela se destaca el mapeo de Rosario: “Qué bien transitada está la ciudad”. El autor contó hace poco que el mexicano Juan Villoro apreció lo mismo de su novela anterior.

Quizás la novela sea un tanto resolutiva, no quedan cabos sueltos ni horizontes abiertos. El optimismo es necesario para vivir, así lo señala el narrador: “No siempre era pura destrucción lo que quedaba después del fuego”.

Podemos pensar que la literatura no tenga la obligación de ser consuelo, promesa o esperanza, pero está claro que es una decisión del autor, y que es absolutamente respetable. También se sabe que ese respeto se gana, y Javier Núñez, como otros autores rosarinos de su generación, lo viene haciendo con prepotencia de trabajo, como un obrero frente una obra en construcción, comprometido pacientemente con su tarea, de poner ladrillo sobre ladrillo, y esa es la mejor noticia que podemos tener en esta pequeña gran aldea olvidada de sí misma. Es difícil eludir a Arlt, aunque sea injusto para Núñez, dueño de una voz propia y auténtica, pero hay una continuidad ética, y si el autor de Los Lanzallamas proclamó que hay que escribir libros que encierren la violencia de un cross a la mandíbula, Nuñez nos dice muchos años después que también hay que escribirlos con la vida entera.

 

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