Yo no sé, no. Pedro se acordaba de ese baldío que estaba en Pasaje Independencia y Cafferata donde había una canchita en la que apenas caían cuatro gotas, aparecían unos charquitos bárbaros, a los cuales se les prestaba mucha atención: si aparecían globitos, el aguacero no cesaría. Y no fallaba. Se comentaba que hasta el cura de la Francisquito se cruzaba para verlos. El pronóstico de los charcos había tomado fama de infalibles y hasta había algunos que decían que si los globitos eran del tamaño de un huevo, el frío que haría te congelaría hasta los mismos.

Años más tarde, en un puente del lago del Parque de la Independencia, donde con unos compañeros buscaron refugio por la intensa lluvia desatada, ya que parecía que caían porongas de punta, Pedro se detuvo a ver si se producían globitos y de qué tamaño. Lo cierto que ese mes se murió Perón y el mal tiempo se generalizó. La primavera empezaba a morir lentamente junto a los sueños colectivos.

A principio de los ochenta, parecía que el mal tiempo aflojaba. Y que con la retirada de la dictadura, los sueños volverían, cosa que fue a medias. El daño en lo económico y social fue demasiado, había llovido tanto que los brotes de nuevos sueños tardaron en aparecer y a los pocos que resurgieron, los agarraron los noventa. Bueno, en este julio lluvioso, Pedro no encuentra baldíos donde se produzcan charcos confiables que te batan la justa. Pero en algún lado, los globos deben aparecer más grandes que una rodilla de luchador de sumo. Para mí los están ocultando, piensa Pedro, para que no veamos la magnitud del desastre, la magnitud del enfriamiento económico, la magnitud de la exclusión social, de la vuelta al coloniaje. Pero quién te dice, murmura Pedro, en una de esas empieza a llover para el lado nuestro y los globos, a estos que como en los noventa vienen por todo, se les desinflan. Y los brotes de sueños colectivos vuelvan, junto a la esperanza de un pueblo que se resiste a ahogarse en esta lluvia de neoliberalismo que parece no tener fin.

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