Dinamarca siempre fue ejemplo de sociedad organizada, con poca corrupción y altos niveles de vida. Un país seguro, con baja desocupación, donde todavía reina el viejo y querido Estado de Bienestar: educación y salud gratuitas y de calidad, e impuestos altos que vuelven al pueblo. “Uno de los mejores países para vivir”, decía el eslogan. Un país de ideas progresistas, en el que la unión civil de personas del mismo sexo se aprobó en 1989 y en el que las parejas de personas del mismo sexo pueden adoptar desde 2009. Dinamarca se cuenta entre los países más felices, seguros y pacíficos del mundo, al menos según esos extraños índices que intentan medir lo inconmensurable. Pero lo cierto es que, durante décadas, esta nación se presentó ante el mundo como una sociedad que tendía a la igualdad de derechos basándose en valores como la democracia, la solidaridad, la igualdad y el respeto a los derechos humanos.

Históricamente, los países escandinavos se caracterizaron por presentar respuestas distintas, a veces inusuales, a los problemas que se plantearon a Europa. No parece ser el caso con el drama de los refugiados.

Escandinavia perdió su excepcionalidad, su originalidad, su toque particular. Se parece cada vez más al resto de Europa. La misma falta de respuestas. La misma impotencia. Las mismas políticas erráticas, y represivas, típicas de los gobiernos de derecha.

Y en este contexto emergen divisiones, cada vez más profundas, en el seno de las sociedades europeas. Al menos con relación a este tema, que ocupa el primer lugar en la agenda y define las posiciones del campo cultural y político en Europa.

En muchos casos, además, reaparecen en las sociedades de Europa los más viejos, los más violentos y vetustos discursos xenófobos y racistas. Los inmigrantes son tratados de “violadores” (es el término más usado) e “invasores”, al menos por los sectores más retrógrados de las sociedades, que en los últimos años adquirieron mayor visibilidad, legitimidad, y representación parlamentaria.

Solo en este marco puede explicarse cómo pudo prender en Europa la arenga de Donald Trump pronunciada el 6 de julio en Varsovia antes de la reunión del G20 en Hamburgo. El discurso del presidente de EEUU fue una reedición del “Choque de civilizaciones” de Samuel Huntington a la medida de la ultraderecha de Polonia y del mundo. Fue un llamado a “defender a Occidente”, cuya supervivencia, a su entender, está en peligro. Esto último, más que a Huntington, remite al Medioevo, más precisamente a las Cruzadas, a la época de la lucha de los cristianos contra los infieles.

Dinamarca alguna vez fue diferente incluso en los momentos más oscuros de Europa. El pueblo danés tuvo una actitud de gran dignidad frente al nazismo, y realizó grandes esfuerzos para proteger a la población judía de los nazis.

En estas mismas calles de Copenhague, en las mismas veredas que hace décadas fueron testigo de historias de resistencia, de dignidad, de heroísmo, hoy las cosas están un poco más divididas.

“Las políticas del gobierno se van poco a poco endureciendo, la derecha va ganando terreno, es un gobierno de derecha en coalición con la ultraderecha y eso se nota, además está la opinión pública, que pesa”, señaló sin ocultar su desagrado Christian, que tomaba café en uno de los locales de la cadena de cafeterías Espresso House, el ubicado en la esquina de H.C. Andersens Boulevard y Vesterbrogade.

Christian tiene 34 años y trabaja en un banco de la zona. Mientras analiza la situación de su país mira la calle desde una mesa ubicada en la vereda, por Vestebrogade. “Si observás un rato la calle vas a ver una situación típica. Pasa un Mercedes Benz último modelo con la música con el volumen alto, y si mirás adentro vas a ver que son musulmanes. Hay gente de aquí que odia eso, no lo soporta, por el auto, por el ruido, por la falta de respeto”, cuenta el joven danés aclarando que a él no le molesta en absoluto.
Y la situación que narró Christian no es difícil de detectar en una ciudad en la no se utilizan las bocinas y en la que un decibelímetro no marcaría valores muy altos. “Yo no digo que tienen que abrir las fronteras y dejar entrar a todos, pero no soy racista y no estoy de acuerdo con las medidas del gobierno”, aclara.

Confiscando bienes, igual que en la Alemania nazi

En enero de 2016 el Parlamento danés aprobó un proyecto de ley que incluye la confiscación de dinero y objetos de valor a refugiados, para costear su permanencia en Dinamarca. Sus detractores la compararon con la confiscación de bienes a los judíos durante la Alemania nazi.

La Agencia de la Organización de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR, por su sigla en inglés) advirtió que la norma viola la Convención Europea sobre Derechos Humanos, la Convención de la ONU sobre los Derechos del Niño, y la Convención sobre Refugiados.

“La mayoría de los refugiados ha perdido todo y aun así esta legislación parece decir que los afortunados que sobrevivieron el viaje a Dinamarca con algunas pocas posesiones no han perdido lo suficiente”, señaló asimismo, a través de un comunicado, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE, por sus sigla en inglés).

El primer ministro de Dinamarca, Lars Lokke Rasmussen, líder del partido “Venstre” o Liberal danés, ocupa el cargo desde junio de 2015. Y aunque “venstre” signifique “izquierda” en danés, el partido de Rasmussen es de centro derecha. Además, su gestión depende del apoyo parlamentario del Partido Popular Danés (de ultraderecha, xenófobo, islamofóbico y fuertemente antiinmigración).

El gobierno danés viene endureciendo sistemáticamente sus políticas de asilo. Redujo los beneficios para los recién llegados y dispuso que los permisos de residencia permanente dependan de que los solicitantes tengan un trabajo y hablen danés.

Y todas estas medidas tuvieron su impacto. La llegada de nuevos inmigrantes se desplomó, para satisfacción de la ministra de Integración, Inger Støjberg, que causó una gran conmoción en las redes sociales al festejar una de las medidas de restricción migratoria de su gobierno publicando la foto de un pastel coronado por una bandera danesa.

Inger no eligió el símbolo sin pensar en su valor histórico: la bandera danesa (conocida como “Dannebrog”) viene de la época de las Cruzadas, de la lucha de los cristianos contra los “infieles” musulmanes. La cruz cristiana, blanca, nórdica, sobre el rojo sangre de los vencidos.

¿Ciento por ciento extranjeros?

“Me siento a la vez cero por ciento y ciento por ciento extranjera”, contó Natasha Todorovich Juhl, de 29 años. Llegó de Bosnia Herzegovina en 1992 y consiguió la residencia en 1995. Su testimonio forma parte de la muestra de textos y fotos “¿100% extranjeros?” (“100 Procent Fremmed?”), que se exhibe en el edificio de la Municipalidad y muestra cien historias de vida de inmigrantes. “Quieren que las mujeres actúen como hombres y yo no veo igualdad en eso”, agrega Natacha, apuntando a una de las cuestiones más debatidas en las sociedades europeas: la lucha por los derechos de la mujer, por un lado, y las tradiciones ancestrales de las culturas de los inmigrantes, por el otro.

Tedros Haile Teclemariam, de 33 años, llegó en 2014 de Eritrea, y consiguió la residencia en 2015. “El primer año me sentí ciento por ciento extranjero. Me siento mejor ahora. Mientras mi esposa permaneció en Eritrea estaba muy preocupado por ella”, contó.
“Cuando los guardias costeros italianos nos encontraron fue como si volviéramos a nacer. Sentí que me habían dado una segunda oportunidad en la vida. Aquellos tres días en el mar, con 200 personas que tenían que sobrevivir tres días sin comida fueron horrorosos”, recordó Tedros, que no puede sacarse de la cabeza el llanto de los niños. Ahora, en Dinamarca, comparado con el hambre y la violencia que padeció en su país, dice, todo le parece “libertad y abundancia”.

Fuente: El Eslabón

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