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Ante un nuevo aniversario de la desaparición física del genial humorista, dibujante y escritor rosarino, este medio le rinde un humilde y más que merecido homenaje.

Al cumplirse una década de la muerte de Roberto Fontanarrosa, al padre de Inodoro Pereyra se le rindió pleitesía con numerosas actividades a lo largo y ancho del país, pero como no podía ser de otra manera, el epicentro fue la ciudad que lo vio nacer y de la que nunca se quiso ir. Para recordarlo, el eslabón dialogó con uno de sus grandes amigos, como lo es el Colorado José Vázquez, y con Luis Grigioni, joven que arrancó llevando encomiendas del Negro y terminó laburando codo a codo en su estudio y compartiendo sus últimos años.

Eso es el fútbol

José Vázquez, muchísimo más conocido como el Colorado, fue uno de los grandes compinches del Negro | Foto: Andrés Macera

“Lo conocí en el 73, en el bar El Cairo, que es donde el Negro tenía su oficina céntrica, incluso la correspondencia le llegaba ahí. Me lo presentaron unos amigos que se juntaban ahí para ir a la cancha y por supuesto siempre estaba Central como común denominador”, dice de entrada José Vázquez, muchísimo más conocido por el apelativo de Colorado y uno de los grandes compinches del creador de Boogie el aceitoso, y agrega: “Al Negro, más allá de que está eternamente vinculado a Central, le encantaba todo lo que tuviese que ver con el fútbol. Era un verdadero enfermo y veía cualquier partido que televisaran, ya sea de Defensores de Belgrano, Douglas Haig o la liga de Ucrania. Yo soy igual. Y eso es algo que compartíamos, y mucho. Es más, hasta el día de hoy, cuando veo un gol de buena factura, con una gran jugada previa, así sea de un partido italiano, pienso en llamarlo para preguntarle si él también lo vio”.

“Empecé a trabajar con el Negro, de pedo, de suerte. Era chico y estaba buscando laburo. Mi prima justo trabajaba en el mismo estudio que la psicóloga de la mujer y se enteró que el Negro necesitaba a alguien en el estudio y me llamaron”, rememora Luis Grigioni. “Mi laburo era fácil –continúa–. Un día a la semana, los martes, pasaba a buscar una carpeta A3 con las tiras de Inodoro, en Wheelwright y Roca, y las llevaba hasta el local que el diario Clarín tenía en peatonal Córdoba. Después fui agarrando confianza y empecé a trabajar en el estudio de dibujo y a compartir días enteros con él”.

Tanto Luis como el Colorado coinciden en que el Negro, además de introvertido, era por demás de meticuloso. Se levantaba siempre a la misma hora, trabajaba con horarios fijos que cumplía a rajatabla y siempre tenía una reserva de dibujos, que se publicaban diariamente, por si le surgía algún imprevisto. “En la intimidad lo llamábamos el suizo”, remata entre risas Vázquez.

Canaya con i griega

Luis Grigioni arrancó llevando encomiendas del Negro y terminó laburando codo a codo en su estudio | Foto: Andrés Macera

Antes de una ponencia que le tocó hacer en un congreso de literatura en Europa, Fontanarrosa se presentó como “hincha de Central, rosarino, y después argentino”. Esa pasión, que tanto se encargó de contagiar, es otra de las esquinas en las que el Negro se encontraba con el Colorado y con Luis. “La conexión también fue por eso lado, primero por el fútbol, hasta cuando estábamos laburando en el estudio, si había algún partido frenábamos para verlo o poníamos la radio para ver qué pasaba; y por supuesto por Central, cuadro del que yo también soy hincha”, dice Grigioni, y agrega emocionado: “Incluso tuve el placer de ir a la cancha con el Negro. Pero ahí era tranquilo, nada que ver con cómo era cuando veía los partidos en la casa. Íbamos en grupo a un palco que le daban y era más reservado en sus formas. Además era una especie de Gauchito Gil, se acercaban todos, le pedían para tocarle la mano, la cabeza”.

“Era muy cabulero –se engancha Vázquez–. Cuando los partidos eran apretados, se ponía de un color verdoso, del cagazo, y le empezaba el temblequeo del labio inferior. Lo que sí, era muy respetuoso de las cargadas, por eso nunca tuvo problemas con los hinchas de Newell’s. Igualmente el partido terminaba siendo casi una excusa, porque lo divertido era la sobremesa, que con un buen resultado era bastante más divertida que si nos rompían el culo”.

El Colorado habla como los personajes de los textos del Negro, e incluso aparece en varios, como en el ya célebre 19 de diciembre de 1971. “Él veía a Central como todo hincha de fútbol, que además de fanático es cagón”, grafica entre risas, y se recrimina: “Qué lindo hubiese sido tener el berretín del cine, o del teatro, que vas a ver lo que te gusta preparándote para el disfrute. En la previa del fútbol, en cambio, la pasás para la mierda, con un cagazo bárbaro en las tripas. Pero a la vez tiene la contrapartida de que cuando se te da la buena, sobre todo en los partidos calentitos, la sensación orgásmica que te genera el triunfo de tu equipo no tiene parangón con nada”.

La pierna izquierda y la derecha

“El Negro se defendía jugando. Yo jugué un solo partido con él, en un desafío que nos hicieron los tipos de una fábrica de amortiguadores, y lo vi jugar muy de costeleta. Pero me pareció uno del montón”, responde Vázquez ante la inquisitoria sobre las cualidades futbolísticas del recordado caricaturista. “Recuerdo que un día le hicimos una jodita sorpresa en la escuela primaria donde iba el hijo. Nos aparecimos todos con delantales (algunos de frigorífico, por la contextura física) para camuflarnos entre los alumnos y hasta llevamos a la que había sido maestra del Negro en su infancia. Quedó perplejo. Y cuando vio que uno de los que tenía guardapolvos era Bauza, le dijo: «Vos no sabés lo que yo hubiese dado por festejar un gol con 40 mil espectadores en la cancha como los festejabas vos». Porque en realidad, lo que el Negro quería ser era jugador de fútbol, de Central y goleador”, relata entusiasmado el Colorado, y admite: “Pese a haberme criado en Parque Casas, barrio del que salieron muy buenos jugadores, yo jugaba mera y exclusivamente porque mi papá era el presidente del club y conseguía las camisetas y la pelota”.

“Yo soy, como decía el Negro, un futbolista profesional: pago todos los lunes, miércoles y sábados para jugar”, devuelve de primera y entre más risas Luis, que dice haber corrido detrás de una pelota toda su vida (“siempre de 5”), y despierta la envidia de estos cronistas: “Una vez tenía un partido de fútbol y me había olvidado de cargar los botines, entonces me dijo que me lleve los de él, que estaban ahí. Al día siguiente, lo primero que me preguntó fue cómo me había ido con los botines y cuando le contesté que bien, y que incluso había un hecho un gol, me dijo: «¿Viste?, eso son los botines». Y por supuesto todavía los tengo guardados. Igual que la camiseta de los 100 años de Chacarita, hermosa, de piqué, que le habían mandado en el centenario del club funebrero. Cuando él ya había fallecido, fui a devolver las llaves y como la ví ahí, se la pedí a la mujer y me la regaló”.

A la hora de rescatar los mejores escritos de Fontanarrosa, Grigioni –que actualmente trabaja en una librería céntrica– responde sin titubear: “Cuando me piden que destaque alguno, digo Puro Fútbol, porque recopila sus mejores cuentos de fútbol, que es lo primero que empecé a leer de él y me encantan”.

El Colorado, compañero de travesuras del tipo que reivindicó a las malas palabras, es más tajante. “Yo los leí a todos, y los vuelvo a releer, como ahora por este asunto de la película (se refiere a Lo que se dice un ídolo, proyecto que reunió a 6 directores rosarinos para que le dieran vida en la pantalla grande a otros tantos textos del Negro), y me gustan más que la primera vez que los leí”, dice este contador que tiene su estudio en el corazón del microcentro de la ciudad, y concluye: “Yo me cagaba de risa de los gardelianos que decían que Gardel cada día cantaba mejor; ahora, releyendo a Fontanarrosa, digo que el Negro cada día escribe mejor”.

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