Con una historia de asesinatos y desapariciones de su padre, madre, abuela y tíos durante la última dictadura cívico militar, sumada a los cautiverios de ella y su hermana en el Servicio de Informaciones (SI) de la policía de Santa Fe –de donde fueron apropiadas por diferentes uniformadas–, la vida de Josefina Tana González estuvo atravesada por la política desde antes de nacer. En plena rehabilitación tras el duro accidente automovilístico que sufrió en junio de este año, en el que falleció uno de sus compañeros (Ignacio Amaya), la diputada nacional y candidata a renovar su banca en la lista que encabeza Agustín Rossi hizo un alto para recibir a Biopolítica en su domicilio. “Siendo hija de militantes y de familia militante, o amaba la política o la odiaba. En este caso, el amor también venció al odio”, aseguró.

—¿Dónde ubicás el inicio de tu historia política?
—En la panza de mi mamá. Siendo hija de militantes y de familia militante, aún cuando han intentado cortar ese lazo, y lo han logrado en algún punto, o amaba la política o la odiaba. Y me tocó amar la política. En este caso, el amor también venció al odio. Creo que fue ahí el momento en que comenzó mi historia política, cuando ya estando en la panza de mi mamá, mi papá desapareció. Después fui presa política durante varios meses, intentaron robarme la identidad, la pude recuperar gracias a mi tía abuela. Fui creciendo entre silencios, un poco con cosas que me ocultaban en pos de tratar de protegerme, también en un contexto de la historia que era muy duro, muy difícil. No era fácil ser hija de desaparecidos durante la dictadura, aún siendo niña. Y tampoco fue fácil crecer en un momento donde el Estado realmente estaba muy débil, con (Raúl) Alfonsín y después los indultos y demás, que provocaron muchísimas cosas en los sentimientos y en la historia por supuesto.
Creo que esos hechos históricos me marcaron profundamente, y me hicieron también ver a la política como una herramienta que se podía usar para el bien o para el mal, para amar o para odiar. Y decidí abrazarme a ella para construir y para intentar ayudar a que el pueblo esté feliz.

—¿Ante esa ausencia de tus viejos que te impuso la dictadura, cómo hiciste para conocer sobre su pensamiento, para entablar un vínculo con su identidad política?
—Fue raro, porque a los 11 años me cuentan que mi hermana y yo no éramos hijas del mismo padre y que no se sabía nada de mi papá. Desde ese momento empecé a tratar de hablar con todos los compañeros y amigos de mi mamá, lo único que tenía en ese momento. A los 13 años tomo la decisión de buscar quién era mi viejo, y en realidad lo que más tuve presente en ese momento fue la militancia, porque a los que podía llegar a encontrar más que nada era a sus compañeros de militancia, las compañeras que habían estado presas con mi mamá en el tiempo que estuvo legal en la Alcaldía. En ese momento mi tía no quería que me meta mucho en política, porque le daba muchísimo miedo. Tenía 60 años cuando nos agarró, y había perdido a su hermana, a sus sobrinas, había entrado la Triple A dos veces a su casa. La verdad que no tenía muchas ganas de pensar en que yo me metiera de nuevo, así que mucho al principio no le gustó. Después se dio cuenta de que no podía hacer nada y entonces decidió acompañar. La verdad que fueron las compañeras y los compañeros a los que yo recurrí, para rearmar mi historia, los que hicieron que tanto la política, como mis viejos en la política, llegaran a mí a pesar de que ellos no estaban. Se los habían llevado para que ese lazo se rompiera, y no lo lograron romper.

—¿Qué pudiste descubrir acerca del proyecto político por el cual habían luchado tus padres?
—La verdad es que yo, al principio, miré un poco de reojo, porque uno no puede evitar en algún momento preguntarse «¿qué fue tan fuerte como para que arriesgaran tanto, incluso el estar conmigo siendo yo tan chiquita?». Pero cuando empecé a entender el dolor que había en ciertos sectores del pueblo, cuando empecé a entender todo lo que falta en algunos lugares, cosas que para otros son tan comunes, que hay chicos, adolescentes y grandes que no tienen lo más mínimo y que le hace falta absolutamente todo; ahí me dí cuenta que vale la pena, vale la pena todo, porque en realidad el país por el que ellos pelearon era un país donde todos tuviéramos las mismas oportunidades, y que pudiéramos ser quien queríamos ser. Creo que eso el Estado me lo arrebató de muy chiquita. No me quiero comparar con los que necesitan, pero ahí me di cuenta que el Estado tenía que ser otra cosa, y que de alguna manera se tenía que poder hacer. Recién cuando llegó Néstor (Kirchner) me dí cuenta que era posible, que no estaba tan loca y no estaba tan sola tampoco.

—¿Cómo surge tu primera experiencia de militancia?
—Me llamó por teléfono una compañera que conocía de algunos actos, que había hecho de algunas actividades con Familiares de desaparecidos, Violeta Echegoy. Me dijo que se estaba formando una agrupación de hijos de desaparecidos, que se iban a juntar en la Casita de la Memoria, la Casita de los Cieguitos, como le dicen, en Santiago 2815, y fui. Fui un poco con todos mis traumas para hablar en público, que igual superé bastante rápido, por lo menos en el grupo. Fui y la verdad es que enseguida sentí que ese era mi lugar, dónde había cosas que no tenía que explicar. La otra vez me preguntaron si fui a Hijos para decir lo que pensaba, y yo dije que más bien había ido a Hijos para no decir lo que sentía. Porque sabía que en ese lugar, la mayoría sentíamos lo mismo. Y tenía que explicar poco, a diferencia del momento en el cual estaba inmersa como generación, que no había muchos de mis compañeros de la escuela o de los lugares que pudiera tener, que les interesara. Yo me acuerdo que en la adolescencia, los problemas de mis amigas en el colegio, o con la madre, eran porque querían comprarse algo y no se lo daban. Yo en cambio estaba buscando a mi papá. O sea, me sentía muy sola por todos lados. Era muy difícil que me acompañaran mis amigos. Y era muy difícil que me acompañaran los mayores también, por todo el dolor que acarreaba y les causaba a ellos.
El día que entré a Hijos y empecé a escuchar las historias y empecé a sentir que no estaba sola de verdad, ahí creo que empecé a tomar la dimensión de los 30 mil desaparecidos. Ese día sentí que en parte había llegado un poco a casa. Por supuesto que la pelea siguió, pero organizada. Porque venía peleándola, pero ahí aprendí a dar una pelea de equipo.

—En ese momento ya había un largo camino recorrido por organismos de derechos humanos, como Madres, Abuelas o Familiares, ¿qué te parece que venía a aportar Hijos?
—Nosotros nos sumamos a una lucha que fue de años, y que fue durísima. Fueron momentos distintos en que los organismos se fueron armando y fueron expresando distintas voces. Yo creo que cuando Hijos aparece, era una voz que faltaba. Porque nosotros veníamos con los familiares o con Madres, o con Abuelas, y hasta ahí éramos los nenes. Pera era necesario que, como hombres y mujeres en formación, nos posicionáramos. Estábamos todos entre los 18, 19 años, algunos eran más grandes, pero la mayoría estábamos en esa edad, necesitábamos plantarnos ante la sociedad, ante el Estado y ante la vida. A la mayoría, de la manera que sea, nos marcó pararnos y empezar a tener nuestra voz. Dejar de ser los nenes que iban de la mano de, para empezar a tener nuestra propia voz, nuestra propia identidad, y construirla desde ahí.
Empezamos a posicionarnos casi a la misma edad que nuestros viejos comenzaron a militar. Y a nuestros familiares, a los que estaban vivos, les costó entender que nosotros empezábamos de nuevo, que nosotros veníamos como un poco a reemplazar determinadas cuestiones o ha tener nuestra voz complementaria en esto. Creo que la pelea por los derechos humanos, la pelea porque un Estado te incluya, la pelea por los derechos que nosotros empezamos a plantear que queríamos hacer, fue muy dura. Es muy dura, pero muy necesaria. En nuestra generación nosotros hicimos un clic en eso. La mayoría venía como ocupados en otras cosas y nosotros empezamos a imponer eso. No sólo para las generaciones más grandes sino también para las más chicas, y creo que era una responsabilidad que teníamos. Pero, más que nada, era una necesidad enorme que nosotros teníamos.

—Minutos antes mencionaste que con la llegada de Néstor sentiste que no estabas tan loca y tan sola. ¿Qué significó políticamente para vos la aparición de Kirchner?
—Siempre cuento que al principio de Néstor yo pensé que era lo mismo que (Eduardo) Duhalde, y mucho crédito no le dí. Si bien lo de los cuadros para mí fue una decisión política muy importante, en realidad a mí lo que me causó, y de hecho ese día me quede dormida llorando, fue escuchar a Néstor que pidiera perdón en nombre del Estado nacional.
Porque nosotros somos hijos de la generación que sufrió la dictadura, que fue víctima de la dictadura, pero en realidad nosotros como generación somos hijos del silencio del Estado y somos hijos de un Estado que miró para otro lado, que decidió hacernos o intentar hacer que desapareciéramos completamente. Creo que no en vano empezamos a aparecer cuando empiezan algunos a contar la historia sesgadamente y tirándola para algún lugar. Nosotros decidimos romper el silencio y empezar a decir qué sentimos y qué pasó.
Por lo menos para mí, no puedo hablar como grupo porque es muy personal, para mí Néstor significó eso, empezar a mirar un Estado que rompía el silencio, que se hacía cargo de las partes más dolorosas, y sobre todo se hacía cargo de que parte de él mismo, parte del Estado, había decidido perseguir y poner las armas en contra del pueblo, aniquilar al pueblo, aniquilar la identidad, borrar gente de la vida cotidiana. Y eso no es poco, al contrario, para mi fue lo que me hizo mirarlo, lo que me hizo creerle, volver a creer en la política; y lo que me dio el empujón para salir del momento en que estaba metida, en el que yo sólo iba a trabajar y volvía a mi casa.

—¿Y en qué momento decidiste sumarte al kirchnerismo desde una participación más orgánica?
—Creo que el encontrarnos dentro del kirchnerismo, tiene un poco que ver con lo que dijo Néstor cuando dijo que era hijos de las madres, que era parte de una generación que había luchado. Eso lo pone en la generación de nuestros viejos, eso nos pone como hijos de él, y de ese proceso y de esa generación. Creo que todos encontramos un lugar de esta manera. Mi lugar fue raro, porque desde 2004 estuve suelta buscando mi espacio. En un momento, los viejos militantes comentaban que Néstor quería hacer un partido de cuadros, o algo que le respondiera a él, y la verdad que lo que en ese momento estaba en Santa Fe no me convencía mucho, yo quería responderle directamente a Néstor, no quería intermediarios, no confiaba en los intermediarios.
Así que estuve un poco suelta, siempre estuve en los actos del Chivo (Agustín Rossi), que era lo más directo que se podía llegar a representar acá y al único que le creía.
Y un día vinieron, me contaron de La Cámpora, y es muy curioso porque en realidad todos decían «La Cámpora son todos empleados estatales», y yo estaba trabajando en la fiscalía. Y entonces me dije «bueno, voy». Me acerqué y descubrí que era otra cosa, que nada que ver, y me gustó mucho la manera de trabajar, me gustó mucho la manera de comprometerse. En 2011, meses después de la muerte de Néstor, yo realmente necesitaba un espacio con más estructura porque la muerte de Néstor me había dejado devastada, de hecho hasta me había brotado al volver del funeral, realmente había estado muy mal, y lloraba todo el tiempo. Necesitaba un espacio que me contenga políticamente y así fue que me acerqué, decidí romper el aislamiento y arrancar con la estructura. Y vaya si es una agrupación que tiene una estructura fuerte y que llega a todos lados.

—¿Y cómo se dio el proceso que te colocó como candidata a diputada nacional por primera vez?
—Fue una responsabilidad enorme. Yo nunca pensé en tener un cargo público. No por nada, sino porque para mí la política se hace todos los días, y desde todos los lugares. Yo no coincido con hablar del militante a pie o del militante raso, todos somos militantes, nadie puede dejar de ser militante. Si con un cargo vos dejás de ser militante, perdiste el rumbo. Creo que el cuerpo lo ponemos todo el tiempo, desde el lugar que te toque. Y cuando me llamó Germán (Bacarella) y me habló de la posibilidad de ser candidata, yo lo primero que le dije fue que le agradecía muchísimo que pensaran en mí como una opción. Que mis compañeros me elijan como posibilidad, ya era un orgullo enorme y una responsabilidad que ni te cuento. En 2013, con la campaña, empezó una vida distinta, fue la primera vez que deje de trabajar en derechos humanos directamente, porque yo estaba trabajando con las causas de lesa humanidad en la parte de investigación.
Yo siempre cuento que me enteré que a mis viejos los mataron porque me lo dijo mi hermana cuando yo tenía 7 años, y me dijo: «No iban en un auto y chocaron, sino que pensaban distinto y lo dijeron». Y para mí, hablar en público, y más en un acto, era mortal. Lo que sí me había dado Hijos eran cuestiones de reunión, más chicas, pero yo nunca hablé en un acto, era muy raro, porque yo hablaba con los medios pero no podía hablar en actos. De hecho cuando pusieron la placa de mi mamá y de mi tía en la facultad de Humanidades, yo hice un escrito pero lo leyó Florencia (Garat), porque no me animaba a hablar. Y de golpe, la primera vez que tuve que hablar delante de un montón de gente fue en el lanzamiento de la campaña en Rosario.
Ese año fue muy bisagra, porque dejé de hacer lo que hice toda la vida para, primero hacer campaña, y después entrar al Congreso, que como experiencia es maravillosa. Los dos primeros años, que fueron los dos últimos de Cristina en las presidencia, fue sentir desde adentro un montón de cosas que han cambiado o han mejorado la vida de los argentinos. Y lo digo así, aunque parezca extraño, porque nosotros pudimos sacar el Código Civil, un montón de cosas. El primer proyecto que me tocó tratar en el recinto fue el de YPF. Nunca en mi vida pensé estar en ese lugar y poder levantar mi mano y dejar mi huella diciendo que votaba eso.
Lo del Código Civil fue muy fuerte, porque cuando vino la Bicameral acá a Rosario yo había expuesto para que se agregara el tema de la identidad en el Código y lo pusieron tal cual lo propuse y después lo terminé.
Por otro lado me genera mucha tristeza lo que vino después del 10 de diciembre de 2015. Hay leyes que no hemos podido frenar, que realmente a mí me generan mucha vergüenza. No por haberlas votado, porque tengo el honor y el orgullo de poder decir que voté en contra, pero lo que fue fondos buitres, reparación histórica. Lo único que espero es poder seguir oponiéndome a esto y que alguna vez podamos lograr la mayoría que necesitamos para parar esto y poder defender los derechos que están haciendo retroceder de una manera terrible.

—¿Cómo caracterizás al proyecto que representa Macri?
—Son muchísimos retrocesos. A nivel económico o con el endeudamiento, es terrible. Están vaciando la educación pública, están favoreciendo todo lo que privado, lo cual deja a la mayoría de nuestros pibes con muy poca posibilidad de futuro. La intención de este gobierno es poder tener mano de obra barata. Si lo ves a nivel científico, es lo que dice Cristina: si de nuevo se van nuestros científicos, el país se va a quedar con una fuga de cerebros que es terrible para el futuro y el desarrollo de la nación.
Por el lado del trabajo, que creo es lo prioritario, porque es lo que nos da dignidad, el cierre de fábricas, lo que está sufriendo nuestra industria con las aperturas de las importaciones, con los créditos que realmente son inaccesibles, también es terrible. Ellos quieren que la gente se quede sin trabajo porque es la manera en que, entre comillas, bajan los costos. Si hablamos de salud, es lo mismo; la están vaciando para fortalecer a la privada. Ellos están para hacer negocios personales. Están haciendo de la Argentina, ventanillas donde atienden sus propios dueños, y están dejando afuera a la mayoría del pueblo.

—Te venís recuperando de un golpe muy duro. Ahora que tuviste tiempo para pensar sobre el hecho, ¿qué reflexión hacés tras el tremendo accidente automovilístico al que sobreviviste?
—Creo que fue producto de la misma vorágine de intentar estar en todos los lugares. Desde la campaña de 2013 en adelante, nunca paré de dar vueltas por la provincia y todos lados. Me ha tocado el año pasado estar acompañando a Milagro (Sala) en Jujuy, ocho veces, yo siempre sostengo que si vos querés ser un buen militante, ser un buen legislador en el caso que me tocó a mí, que me eligieron mis compañeros y después el pueblo de Santa Fe, tenés que estar. No sirve que te cuenten la realidad de los lugares, tenés que ir a ver. Porque vos podés tener la mejor de las intenciones, pero si no sabés cuál es la realidad, es muy probable que cometas un error. Uno tiene que entender cuál es la realidad, no puede legislar sin ver la realidad. A mí no me pueden contar qué pasa en los barrios, yo tengo que estar y escucharlo. Tengo que saber qué pasa en el norte de Santa Fe, tengo que saber qué pasa en el oeste, tengo que entender, tengo que ir a poner la cara, ayudar, y sobre todo intentar siempre acompañar. Porque a veces no podemos dar respuesta, y menos ahora. A veces no podemos evitar que una ley salga, o evitar que se abran las importaciones, pero por lo menos estar al lado de las personas que están sufriendo con esto.
Y si las quiero representar, y si las quiero defender, no puedo estar en otro lado. No puedo atender desde una oficina el reclamo y decir que sé, porque no sé nada. Si yo no miro a los ojos a aquella persona que se quedó sin trabajo, si yo no logro entender el sufrimiento que tiene, no puedo defender con la fuerza que tengo que defender a esa persona.

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