El joven Theodor Ford está obsesionado con un autor que, en apariencia, solo existe en las referencias bibliográficas complementarias del programa de estudio de un seminario en Estudios Culturales de la Universidad de Yale, un ignoto investigador, cuyas obras son prácticamente inconseguibles. Se trata de Arthur Simonky, el teórico y singular académico inglés que fundó su propia teoría sobre el movimiento musical que nació en los 70 entre el Reino Unido y Estados Unidos: el punk rock. Una de sus obras investigativas más emblemática y polémica es “El punk es la caspa que aflora cuando uno pasa la mano a contrapelo”. De allí fue extraído el título de la última novela de Manuel Díaz (Rosario, 1993) La caspa del punk, que fue escrita en 2013 y acaba de ser publicada por el flamante sello local Abend.

En la nouvelle aparecen Sid Vicious, Johnny Rotten, las palizas, los destrozos, la policía y demás elementos distintivos del palo, pero como objetos de estudio. La caspa del punk no narra una historia de punkies, no es una novela de punk, sino sobre las excéntricas conclusiones de carácter científicas que se pueden desprender de la cabeza de Simonky. “Como todos saben, Simonky es un famoso investigador sobre el tema y tiene una considerable cantidad de libros publicados y distinciones de las más diversas academias, lo que lo convierte en una autoridad ineludible en nuestro campo de estudio, por lo que muchos no se atreven a contradecirlo y temen cuestionarlo”, este fragmento, con declaraciones de Thelma McCarthy, la biógrafa de Simonky, pertenece a la segunda parte de La caspa del punk.

En cuanto a la primera parte, se trata de una exposición más o menos completa de la disparatada teoría de este pensador moderno que hasta fue retomada por el filósofo francés Gilles Deleuze en “el devenir punk”. Siguiendo uno a uno los clichés, no podía faltar el maridaje con otro investigador radicado en Nueva York, Yuri Llonqui, hijo de rusos desertores de la Unión Soviética con quien nuestro investigador estrella mantenía una“fructífera correspondencia” desde el otro lado del Atlántico. Darwinismo social, Marx, y la creación de insólitas categorías como la “colorización rotativa del accesorio capilar”, forman parte de un corpus teórico de un sincretismo hilarante.

Hasta acá, La Caspa del punk es, ante todo, un sofisticado palo para cierto academicismo que se obnubila primero y se pierde después en un laberinto ondulante de proyectos, papers, tesis y tratados que terminan perforando ombligos o durmiendo el sueño de los justos en algún cajón. Sin golpes bajos, Manuel Díaz tramoya desde la literatura una formidable parodia a los sectarismos, a ciertos niveles de onanismo teórico, a las luchas de legitimación y prestigio, entre otros vicios y virtudes de la comunidad científica y el mundo de los altos estudios, con un piedrazo hermoso: el punk y su reinado en decadencia, la poesía “no future”, la pose y la provocación, las corridas y los pogos violentos, la anarquía y las tinturas de cabello.

Quizás, lo más punk de todo esto sea el gesto del autor que, con 24 años, se encuentra terminando sus estudios en la Escuela de Letras de la UNR y milita desde hace tres años en la agrupación estudiantil AlaLetra. Además de La caspa, Díaz publicó Asperger, en 2015, seguida de Milton, por la Editorial Municipal de Rosario, nouvelle que recibió en 2014 el primer premio compartido de narrativa juvenil sub 21 en el marco del certamen Manuel Musto.

Como señalan los editores, La caspa, aun transcurriendo en Sheffield o en algún campus universitario de Nueva York, puede prescindir de locación. No importa si una entrevista se sitúa en el laguito del Central Park o el del Parque Independencia, el lenguaje y los sentidos confluyen en el empleo del neutro y las digresiones coloquiales de nuestro castellano urbano rosarigasino, con humor socarrón. Por eso, La caspa del punk es una novela para leer en capas y en cada pasada a contrapelo.  

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