Yo no sé, no. La luna brillaba con todo su esplendor. Sólo por momentos unas nubes intentaban quitarle luz. Septiembre se iba sin que la primavera lograra instalarse y, aún así, los pequeños capullos parecían esforzarse en aparecer hechos flor. Y una pareja de torcazas se apuraban en terminar su nido, por cierto, tan precario que daba pena. Por cierto, siempre parecen precarios los nidos de las torcazas, pero aguantan más de un ventarrón.

En la plaza Galicia habían puesto unos faroles nuevos para desgracia de las parejas que iban a apretar de lo lindo, o simplemente a darse el primer beso. Nosotros aprovechamos la nueva luminaria para mandarnos un partidito nocturno. Era el primero que jugábamos con tanta luz. Parecía una cancha profesional. Lo único que nos jugaba en contra era un palo borracho que estaba justo atrás de uno de los arcos, en dirección al palo derecho del arquero. Bueno, en realidad eran un par de puloveres, y uno de nuestros delanteros tenía por costumbre ponerla contra el palo, a veces suavecito, otras le daba con todo, cosa que en ese partido las espinas del palo borracho lo ponían nervioso.

Unos años más tarde –recuerda Pedro–, en plena militancia, con esas nuevas nubes esperanzadoras de principios de los setenta, se empecinaron en jugar en casi todas las canchas disputándole el poder al poder, construyendo poder desde abajo. Fue lindo mientras duró. Aparte, ver a los equipos de Rosario enfrentando a los poderosos, muchas veces poniéndola contra un palo, sabiendo que detrás de cada gol podían estar las espinas de siempre, que nos podían dejar sin partido.

Hoy, Pedro, recordando las lunas pasadas, algunas con brillo engañoso, como las de los ’90, y mirando las últimas de septiembre y esperando las de octubre, me dice: “En octubre siempre empezaron nuestras primaveras. Siempre, siempre floreció nuestra esperanza. ¿Quién te dice que a pesar de que en cada arco que enfrentemos haya espinas, que nos obliguen más que nunca a jugar finito, sea posible colocársela junto a un palo? Es cuestión de juntarnos y poner en ataque a los mejores y, detrás, un equipo donde estemos todos.

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