Yo no sé, no. Pedro recuerda cuando al barrio llegó un vago de espalda ancha que al poco tiempo se integró al grupo de amigos para el fútbol. Le enseñamos a pararla de pecho porque el loco tenía una superficie toráxica como para dormir media docena de pelotas a la vez. Y para entrar algun lado, principalmente a los bailongos, él se prestaba como para hacer la punta y abrirnos paso cuando la situación lo ameritaba. Y como tenía un abuelo llegado de Sicilia, al vago le pusimos La Espalda de Damocles, la que siempre nos salvaba, y a la hora de las piñas, era difícil de voltear. Aparte tenia aguante, tanto que al poco tiempo ya trabajaba en un corralón de materiales donde no le esquivaba al bolsaje que en aquellos tiempos, como mínimo, eran de 50 kilitos.

“Éste tendría que jugar al rugby”, decíamos los pibes, ya que los Pumas se ponían de moda y nosotros lo veíamos como de selección.

Una noche cuando salieron de pegatina, medio rapidita porque los tiempos políticos habían empeorado y los afiches tenían la dimensión del lomo de aquella espalda del vago del barrio, Pedro pensó: “Podría estar acá con nosotros, así no tendríamos que llevar los afiches enrollados, sino con sólo llevarlos en la espalda como hacen algunos con las técnicas en algunos trabajos, y todo sería más rápido”.

El asunto cambió para mal con la llegada de los milicos y sus aliados del poder económico. Las familias que siempre quisieron un país para pocos, y las espaldas de los de abajo como las de burro de carga, no permitirían la inclusión de esos lomos como para los Pumas. Y a las espaldas confiables, las que se ponían el proyecto nacional y popular sobre los hombros, las desaparecieron.

Hoy vino un cambio donde unos cosos hijos de los cómplices y socios de aquella época, ponen en peligro el futuro de todos nosotros, poniendo una espada sobre la espalda de la patria. “Igual que antes”, murmura Pedro, mientras repasa por su mente aquellas guapeadas en el campito, en los bailongos y en los años donde las espaldas de tantos compañeros nos hacían pensar que los sueños eran posibles.

Fuente: El Eslabón.

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