En mi época de periodista me tocó cubrir varias peleas del Pomba Vallejos y siempre, siempre fue igual. Si uno al término de la pelea observaba a los dos boxeadores, la sensación lógica era que el Pomba había perdido. La cara llena de moretones, cortes por todos lados y sangre, mucha sangre. El otro, en cambio, generalmente lucía intacto. A primera vista, claro.

Es que el oriundo de La Lata no sabía (o no quería) defenderse. Prácticamente no levantaba la guardia ni se cubría el rostro en toda la pelea. En lo que durara la pelea, mejor dicho, porque los combates duraban hasta que a ese flaquito lleno de tatuajes se le ocurría pegar. La primera mano que metía implicaba que el rival de turno se desplomara lenta pero vertiginosamente. Las piernas del contrario flaqueaban instantánea e indefectiblemente, y los ojos se le iban hacia atrás, como buscando algo adentro, en el interior de sí mismo, algo que evitara la caída inminente. Pero no había caso, todos terminaban besando la lona. Todos.

Una de las últimas peleas suyas que me tocó cubrir para el diario fue en el club Edison, de Iguazú entre Gorriti y Vélez Sarsfield. Se medía con un peleador santafesino que se había cargado un par de pichones y venía con créditos de demoledor. En el primer round, el morocho que había subido al cuadrilátero con la camiseta de Colón le metió tantas piñas al Pomba que los que estábamos en el ringside nos tuvimos que parapetar detrás del programa de la velada para no quedar bañados con el líquido vital que saltaba a borbotones de la nariz y ambos pómulos del pobre Vallejos. La campana fue un alivio para todos los presentes. Estaba claro que cada golpe le dolía más al público que al propio Pomba, que recibía los embates de su contrincante sin emitir sonido ni gesto de dolor alguno.

En el rincón, los segundos lo asistían y trataban de detener las hemorragias aplicando suturas, pegamento, y haciendo presión con los dedos sin lograr demasiado éxito. Pero se los veía tranquilos, serenos, como anticipando un final feliz. Retiraron el banquito, cuando estimaron que el tiempo de descanso se extinguía, y volvieron a sus respectivos lugares como si nada.

El Pomba se pasó el pulgar del guante derecho por la napia y volvió a encarar a su oponente, con esos movimientos oscilantes que suelen hacer los púgiles, pero sin atinar a elevar los brazos para contrarrestar la tormenta de puñetazos que se le desataba en el horizonte cercano. Hasta que, casi sin previo aviso, sacó un zurdazo recto, con todo el cuerpo, que impactó de lleno en el mentón del pobre Demaris, que así se llamaba el moreno de rulos que parecía no haber transpirado hasta ese momento, y le sacó la quijada de lugar. Le apagó la tele, le hizo ver las estrellas, y lo mandó al suelo. El tipo intentó levantarse rápido pero terminó protagonizando una escena grotesca, dantesca si se quiere. Parecía un borracho tratando de hacer pie entre las mesas de un bar que gira sobre una calesita, mientras se llevaba puesto todo lo que se le ponía en el camino, hasta terminar abrazando las cuerdas.

Las tribunas explotaron, el equipo entero del Pomba saltó las sogas y lo levantó en andas. Su cara, sin embargo, totalmente destrozada, seguía incólume, con la mirada fija en un punto inexistente.

Esa misma noche, unas cuantas horas más tardes, lo encontré en un tugurio oscuro de Pichincha. Solo, acodado a la barra y bebiendo el enésimo vaso de whisky barato que el barman le servía sin cuestionar. Me acerqué, y como me reconoció y me dio cabida, me senté y pedí una ronda más. Hablamos de la pelea, soslayadamente, y a medida que se sucedían los tragos la conversación fluyó tanto que me animé a preguntarle por qué no levantaba la guardia, por qué se dejaba pegar tanto. El Pomba me miró fijo y me dijo, como si nos conociéramos de toda la vida, que me iba a confesar algo que nunca le había contado a nadie. “Pero que quede acá”, aclaró. No llegué a prometerle que iba a ser una tumba que el tipo ya me estaba soltando que de chico la había pasado muy mal. Que vivía con sus viejos y sus 9 hermanos en una casilla precaria de Paraguay y la vía, y que se había criado en la calle, entre malandras y vendedores de falopa que le arruinaban la vida a los pibes. Apuró un sorbo más antes de continuar, y con los ojos empañados me sacudió un gancho del que hasta el día de hoy no me puedo recuperar: “Usted no sabe, don Lazarte, no sabe lo que es despertarse a la madrugada por los alaridos de su madre rogando que no la fajen más. Usted no sabe lo que es abrir los ojos en la oscuridad y ver a su propio padre manoseando a su hermana, obligándola a tocarlo con los pantalones bajos y la lengua afuera. Usted no sabe lo que duelen los ojos de tanto apretarlos para hacerse el dormido y que el próximo no sea usted. Usted no sabe lo que es mearse encima por la impotencia de querer re cagarlo a trompadas sabiendo que pierde por paliza contra esas manos grandotas y ese cinturón de hebilla dorada y pesada. Usted no sabe lo que es llorar en silencio para que no lo violen en su propia casa, en su propia cama, esa en la que usted sueña todas las noches con asesinar a su padre mientras babea rabia sobre la almohada. Usted no sabe lo que es subir a un ring y proyectar la cara de su padre sobre el cuerpo de un pobre tipo al que le tocó en suerte pararse adelante suyo con un pantaloncito y unos guantes brillosos, y que lo único que se le pase a usted por la mente sea arrancarle la cabeza del cuello al otro. Usted no sabe, don Lazarte, usted no sabe”, balbuceó el Pomba antes de bajarse de la banqueta y encarar hacia la puerta, tratando de hacer pie entre las mesas de un bar que seguramente giraba sobre una calesita, mientras se llevaba puesto todo lo que se le ponía en el camino, hasta terminar abrazando las cuerdas.

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