Rodolfo Elizalde es el título que acaba de publicar el sello rosarino Iván Rosado, incluido en la colección Serie Maravillosa Energía Universal. El libro es el resultado de una larga entrevista que se extendió durante diez encuentros que mantuvieron el periodista y escritor Santiago Beretta y el pintor Rodolfo Elizalde, durante 2015, en su taller de pintura.

En este volumen, que no alcanza las cien páginas, abrevan 50 años de trabajo, búsqueda y aprendizaje incesantes del artista y su obra, y con ella se narra buena parte la historia del arte de la ciudad. “Estoy convencido del valor de su testimonio porque Elizalde fue un gran pintor, un artista que desde el principio se inscribió en la línea de los pintores legendarios de Rosario”, afirmó Beretta en el prólogo del libro, cuya presencia (la del entrevistador) se desvanece en el relato del entrevistado que queda solo frente a nosotros, los lectores, como si estuviéramos compartiendo con él, una cálida y fluida charla sobre su vida dedicada a la pintura. Una conversación en la que Elizalde nos ofrece, sin pretensiones pedagógicas ni jactancia, su propia cosmovisión, no ya del arte a secas, sino del arte para la vida.

“Cuando elegí ser pintor, decidí trabajar medio día siguiendo los ejemplos de Grela, Gambartes y otros que había en la ciudad. Iba a pintar lo que me saliera, fuera ridículo, elemental, lo que sea. Me jugué a eso y a aprender por mi cuenta a partir de lo que me habían enseñado. Eso es para mi el romanticismo”, resumió el artista plástico en uno de los pasajes de la entrevista.

Elizalde nació en Bahía Blanca en 1932 y vivió en Rosario desde 1950. Enseguida se incorporó al taller de Juan Grela, y desde ese momento la pintura ocupó toda su vida hasta su muerte repentina en 2015, de modo que no pudo ver este libro impreso aunque, según reveló el autor, participó en las primeras tareas de edición del material.

Un año antes, en 2014 presentó la que fuera su última muestra, la serie de pinturas al óleo y acuarelas, Magnolia púrpura en la Biblioteca Argentina que obtuvo elogios del público y la crítica rosarina, y que originó la primera entrevista que Beretta –que además de periodista, escritor y fundador de la revista Apología, es nieto de Elizalde– realizó al pintor para la revista Unión y Amistad, que epiloga el libro. Rodolfo Elizalde además, incluye obras y fotografías que pertenecen a la familia del artista, incluida la pintura Magnolia Púrpura que se reproduce en la contratapa del libro.

En la charla Elizalde recorre las etapas creativas de su carrera, diferentes entre sí, y que sin embargo guardan o encierran un sentido y motivaciones particulares. Su paso por la universidad donde conoció a su compañera de vida Edith Busleiman y a Olga Cossettini, entre otras personalidades de la cultura local.

El libro dedica al menos dos capítulos a su activismo político en medio del agite de los 60, principalmente su participación en experiencias colectivas de vanguardia como el Ciclo de Arte Experimental, que en 1968 se consolidó como un movimiento y que posteriormente dio lugar a la muestra Tucumán Arde. Entre peronistas, militantes del ERP o del Partido Comunista, Elizalde se describió como “un navegante interplanetario”, sin embargo, fue un activista orgánico y respetuoso de las decisiones grupales del movimiento que integró, como por ejemplo, abandonar la pintura individual, hasta la llegada de la triple A. “Después de eso, como grupo no hicimos más nada. Pero hay que decir esto: las políticas represivas son represivas para algo, no porque los milicos tienen ganas de pegarnos garrotazos, sino porque quieren implantar un régimen socio-económico que les de dividendos a ciertos grupos del capitalismo. Nosotros estábamos en contra de eso”, reflexionó sobre su postura en aquellas épocas.

Elizalde también integró el Grupo Rosario y la Asociación de Artistas Plásticos de Rosario Agremiados (Aproa). En todo el libro aparecen mencionados de manera recurrente Juan Grela, Luis Ouvrand, Juan Pablo Renzi, Emilio Ghilioni, y Alberto Macchiavelli, entre otros, quienes fueran sus maestros, compañeros y camaradas, con los que, según su propio testimonio, aprendió todo lo que necesitó a cerca de la pintura, y sobre todo, a crear en libertad y de manera solidaria. Sobre el medio cultural de Rosario, Elizalde deslizó una de las más sensatas premisas que lo pinta de cuerpo entero, y que vale para todos: “ Uno deja de ser ignorante cuando se rompe la cabeza para entender al otro”.

 

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