Diez cuentos que no son cuentos, es un libro de Hernán Benedetto con relatos enmarcados en los finales de los años 80, cuando el fútbol empezaba a transformarse. Una buena oportunidad para revisitar e identificar los espacios de la sociedad que el dios mercado se deglutió de un bocado.

—¿Para qué están acá?— pregunta el entrenador.

—Para llegar a Primera— responde la mayoría.

Son los últimos años de los 80. Las divisiones Inferiores de Newell’s todavía son el paradigma a imitar, la “fábrica sin chimeneas” y el gran exportador, el lugar donde desea estar la mayoría de los futbolistas amateurs de la Pampa Húmeda. Sin embargo, muchos pibes viven procesos interiores no tan seguros y hasta algunos tienen prematuros desencantos, que se expresarán en módicas rebeldías o desatenciones. Pese a los relatos apologéticos que persisten, con el tiempo ellos se manifestarán de manera dispar: algunos replicarán modelos y pasarán de “víctimas” a “victimarios” –entrenadores, representantes, comentaristas de la televisión–, otros tomarán distancia y renegarán de lo vivido y evitarán que sus hijos repitan la historia; también habrá matices, revisiones críticas y apropiación de enseñanzas.

Hernán El Pulga Benedetto (Rosario, 1973) dice hoy que frente a aquel imperativo del DT no se sumó al coro. “Yo no contesté. Era chico, tendría trece, catorce años; y estaba ahí, porque me gustaba jugar”.

Tal vez, también estaba allí para ir registrando, archivando y procesando experiencias, que tres décadas después conformarían Diez cuentos que no son cuentos, un libro que reúne un conjunto de relatos autobiográficos, cuya lectura –una vez atravesadas las anécdotas con remates en su mayoría graciosos– nos lleva a los años en que el fútbol empieza a transformarse en un gran negocio, los clubes mutan en factorías y los pibes en materia prima –preferentemente de buen porte– de fácil procesamiento. La obra es, además, una buena oportunidad para revisitar los 90 e identificar otro de los espacios de la sociedad que el mercado se fagocitó en aquellos años.

Hernán, quien desde hace nueve años coordina el Complejo Acuático de Newell’s, cuenta que empezó a escribir “por una necesidad, no muy clara, de resignificar cosas del pasado” y que lo suyo fue “poner la palabra donde no está, porque en esos lugares está desprestigiada”.

Así, El Pulga rompe con los estereotipos que suelen existir sobre el asunto y que divide las aguas entre profesionales consagrados, que reivindican todos los sacrificios hechos para llegar a Primera, y los que quedaron en el camino, a veces ganados por resentimiento, a veces flagelándose y llenándose de culpas por no haber “triunfado”.

El ejercicio de la memoria lo lleva a reconocer “cosas que estaban sucediendo y que quizás no podía leer del todo y que, en ese entonces, la única manera que encontraba de manifestar en contra era con el cuerpo, de una manera muy burda y muy poco inteligente”. Agrega que “poder simbolizar esa historia pasada” es interesante para pensarla de otra manera y, ante la consulta de si buscaba explicaciones, responde: “No sé si explicaciones; tal vez, mejores preguntas”.

El Pulga jugó en las inferiores leprosas entre los 10 y los 21 años; pero su mirada no está sesgada por una pelota sino que se enriquece con su vida en La Tablada al amparo de La Vigil y los potreros del barrio, su formación como profesor de Educación Física, sus tres años de Psicología –mientras jugaba y le decían que “estaba loco” por estudiar en la Universidad– e infinidad de laburos y viajes.

Benedetto saca a la luz a presuntos triunfadores que confiesan no haber sido felices hasta tanto no colgaron los botines y supuestos fracasados orgullosos del camino andado, de los vínculos construidos y del modo en que han llevado adelante sus vidas. Al darle visibilidad y sin moralinas, honra a todos ellos.

En ese sentido, observa: “Para el que logra llegar, es muy fácil ejemplificarlo desde ese lugar: ‘Llegué porque iba a practicar todos los días, me tomaba mil colectivos’. Cuando alguien llega, dice que se bancó todo eso; pero hay un montón que se la bancaron igual y no pudieron. A mí, lo que me gusta hacer con los relatos es dignificar ese paso cotidiano y me parece que no está bueno que los chicos que no llegaron a Primera se carguen de una culpa. No se dio porque no se dio. También está el azar, hay un montón de cosas. Por eso, trato de defender la memoria del que transitó”.

Se debe decir que hubo una suerte de clamor para que Benedetto llevara a libro lo que en principio fueron textos prisioneros de su computadora y que poco a poco se soltaron en su cuenta de Facebook, donde las historias se ensancharon con las versiones de otros protagonistas, quienes –a su vez– le pedían que recordara tal o cual anécdota.

A fines de 2017, los relatos tomaron formato de libro; y resulta evidente que hay mucho más para contar sobre lo que –al decir quien escribe estas líneas y no en absoluta coincidencia con El Pulga– es el “lado B” del sueño argentino del futbolista profesional.

Sobre el final de la charla y tras haber escuchado unas cuantas historias sobre padecimientos propios y ajenos en el fútbol juvenil, uno suelta una de las tantas irresistibles preguntas hipotéticas:

—¿Creés que el fútbol puede ser de otra manera?

—No, para mí, no; y creo que en ese momento empezó todo: el modelo de jugador como súper producto, máquina, la sumisión, explicar todo desde la neurociencia. Para mí es una batalla perdida. Para mí, así como hubo una década ganada, esa es una batalla perdida.

Fuente: El Eslabón.

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