Con recortes en el Estado, cierre de fábricas, persecución y detenciones arbitrarias a militantes y dirigentes opositores, despidos en el sector público y privado, el clima político del verano de 2018 arrancó tan o más caliente que el registrado por el Servicio Meteorológico. La protesta bajo el sol rabioso del mediodía del lunes 8 de enero frente a Radio Nacional Rosario, sirve de termómetro para entender los tiempos que corren. Una productora fue despedida de la emisora pública en el marco de un plan de ajuste que se multiplica en todo el país, 51 trabajadores de LT3 no cobran el sueldo y desde el año pasado viven la incertidumbre de no saber qué va a pasar con su fuente laboral. Ahí, en plena peatonal Córdoba, en un círculo formado por gente que porta banderas y camisetas de todos los gremios, con dirigentes de los palos más diversos, cierra el acto, a grito pelado, Edgardo Carmona, el titular del Sindicato de Prensa Rosario (SPR). Minutos después, el equipo de la cooperativa La Masa coordina con el dirigente un encuentro que abre la nueva edición de Biopolítica, el segmento audiovisual de entrevistas del diario digital Redacción Rosario.

La nota se graba a dos días de la movida frente a Radio Nacional Rosario, en la sede del SPR, de Juan Manuel de Rosas al 900. Sus orígenes en el barrio Refinería, los debates familiares marcados por su padre peronista “a lo Gatica”, su paso por el Politécnico y la Colimba, el ingreso a La Capital y a la militancia gremial son algunos de los temas que aborda Carmona. Los conflictos con el Grupo Uno, la batalla por la ley de medios y la actual pelea en Radio Nacional y LT3, en estos duros y calientes nuevos tiempos macristas, también forman parte de la extensa charla.

—¿Dónde y cuándo comienza tu historia política?

—Mi viejo era peronista. De chico mamé las discusiones familiares. Lo de la grieta no es nuevo. Me acuerdo que en las fiestas familiares había una prevención: «Che, no discutamos de política». Tenía un tío, que siempre venía de Buenos Aires, entrañable, que lo quería muchísimo, pero era muy antiperonista, y se armaban unas discusiones fantásticas.

—¿Tu viejo tenía una militancia partidaria?

—No, era como Gatica, que creo que dijo algo así como «yo nunca me metí en política, siempre fui peronista». Era sentimentalmente peronista. Mi viejo, como los trabajadores de esa época, veían que el peronismo les dio sus derechos, les devolvió dignidad, los corporizó como un actor político fundamental. Ahí fui mamando en el barrio con los muchachos, y luego en la secundaria. Soy de la generación que vivió toda la dictadura.

Yo nací en el año ‘55, y recuerdo que se discutía mucho de política hasta el golpe. Fueron años de gran activismo político, con consignas revolucionarias muy potentes. Tenía un tío que había sido suboficial del Ejército que había salido a defender a Perón cuando los bombardeos de la plaza. Tengo el registro de que se discutía de política para dentro, en el seno familiar, pero que se trataba de evitar para afuera, para evitar las persecuciones, los señalamientos, la caza contra los peronistas. Eso me fue marcando.

Siempre tuve para mi, que mi viejo, en silencio sufría el desplazamiento, como que él disfrutó las conquistas del peronismo, pero que en esa época sufría el retroceso.

—¿Cómo recordás esa adolescencia y juventud en dictadura?

—Yo hice la secundaria en el Politécnico, donde estuve hasta quinto año. Luego me fui a estudiar ingeniería. Me acuerdo que en ese quinto año comenzaban las conformaciones de las agrupaciones estudiantiles, recuerdo esos cartelones, gigantes, colgados de las columnas de los colegios.Sería el 71 o 72.

En la facultad de Ingeniería también me encuentro con aquella efervescencia militante de la juventud. Al tiempo empiezo a sentir que la ingeniería no era lo mío, y luego me toca la colimba en el año ‘76, creo que fui una de las últimas camadas que la hicimos a los 21 años. Me tocó la Fuerza Aérea, en el aeropuerto de Ezeiza. Ahí nos agarra el golpe.

—¿Después de la colimba ingresaste a laburar en los medios?

—Después del Servicio Militar vuelvo un tiempo a la facultad, pero no por mucho más. En octubre del ‘78 entro a trabajar en el diario La Capital y en el ‘79 unos compañeros empiezan a armar una agrupación, Antrap, que quería decir Agrupación Rosarina de Trabajadores de Prensa. Estaban Pedrito Cantini, Fernández y algunos más. Increiblemente nace en La Capital. El propósito era ganar el gremio después. Recuerdo que en un principio la actividad solo eran tibios petitorios en función de algunas mejoras. La agrupación empieza a crecer. Se lograron hacer retroceder algunos despidos.

Sobre el ‘80, no soy muy bueno para las fechas, comienzan un par de experiencias periodísticas como El Sol de Rosario y luego el diario Democracia. Recuerdo que en el ‘81 empieza a desgajarse la dictadura, aparecen experiencias como la revista Humor, se comienza a disputar algo de política y de sentido. Antrap sigue creciendo, se expande hacia El Sol y Democracia.

—¿Cómo recordás aquella militancia gremial de la posdictadura?

—Con la llegada del gobierno de (Raúl) Alfonsín, viene una etapa de muchísima participación. Por otra parte, los medios tenían un prestigio muy importante en ese entonces. Había mayor fragmentación, no estaban tan concentrados. Después empezaron aparecer algunas denuncias por la participación de algunos medios durante la dictadura, del silenciamiento.

Con Alfonsín aparece la Ley Mucci (en alusión al ministro de Trabajo de entonces, Antonio Mucci) y comienza la etapa de elecciones en los sindicatos, pero rápidamente ven que ganaban los sindicatos o los peronistas o la izquierda, que eran los más representativos, y al final tuvo una corta vida esa ley. Creo que en algún momento pensaron y dijeron «mejor que pactemos con los que son más confiables» para negociar tras bambalinas, antes que seguir activando una fuerza sindical poderosa.

—¿Cómo fue que vos terminaste siendo dirigente gremial?

—Mi experiencia fue más empírica que teórica. Fue medio sin pensarlo mucho. Sentí que estaba bueno, que había que involucrarse, que salíamos de un tiempo oscuro, que nacía la participación. Antrap tuvo una actuación muy destacada en las discusiones salariales, con asambleas enormes a fines de la dictadura. Claro, había tres diarios, los canales y las radios tenían en aquel entonces mucha gente. Los canales de televisión eran rosarinos, con lo cual tenían toda la producción en sus manos, más allá de la ficción que siempre fue un poco coto de los porteños. Así se fue conformando la idea de presentarnos para ganar el gremio. Cuando se dieron las elecciones, que fueron en el ‘84, ganamos. En aquel entonces el oficialismo era Hernán Isoto con Antonio Dos Reis. Pero tuvieron una muy buena actitud con nosotros. Armamos una lista con algunos que venían de la anterior conducción y ganamos frente a una lista que estaba armada por las patronales.

—¿Qué cuestiones empezaron a trabajar a partir de ganar el sindicatos?

—Se recuperaron varias conquistas, se recuperó la aplicación plena del convenio colectivo, se recuperó la obra social que la dictadura le había sacado al sindicato, el franco doble que unilateralmente las empresas habían levantado.

—¿Y en ese primer momento vos fuiste el candidato a secretario general?

—No. Fue Hugo Diz. Poeta, gran amigo.

—¿Y recordás cómo fue en tu cabeza el proceso de convencerte de que podías o tenías que asumir el rol de conducción del sindicato?

—Creo que son cuestiones tienen que ver con tu historia. Hay momento de la vida que uno toma decisiones que ni sabe por qué. Habrá quienes deciden producto de sentarse a pensar, reflexionar, de las alternativas. Yo soy medio de ir para adelante. Para mi fue algo natural. Cuando lo repienso a la distancia, creo que tuvo mucho que ver mi viejo, de quien tengo una gran recuerdo, y pienso de que escucharlo, acompañarlo, me resultó como una reivindicación a la historia, encarnada en la de mi viejo, la historia de tantos tipos que sufrieron los arrebatos de las dictaduras.

—¿Qué significado tiene el sindicalismo para vos?

—A mi el sindicalismo me dio muchas tristezas pero también muchas alegrías. Yo no vine al sindicalismo para una cuestión de confort individual, me parecía en ese momento y lo sigo pensando, que es una actitud de servicio que uno está para intentar resolver los problemas de los compañeros. Tiene una magia particular, que no encontré en la militancia política. La obligación que tiene el dirigente sindical, de encontrar esa síntesis entre lo que es la praxis y la ideología, esa cuestión de resolverle al compañero el día a día, desde el ticket de comida, desde el franco, que son resultados concretos y disputas permanente en las empresas. Eso y con el norte de tu ideal de país, de nación, de bienestar. Esas praxis, con contradicciones, donde a veces te encontrás con la patronal y muchas veces sabés que no tenés la fuerza para revertirlo, y sabés que tenés que generar una estrategia que te permita retroceder perdiendo lo menos posible. Por eso, soy muy cauto cuando juzgo los acuerdos, las actitudes, no las traiciones. Pero cuando vos, de cara a los compañeros, discutís las distintas coyunturas, los distintos acuerdos, no siempre se puede ganar. Yo no creo en el suicidio, no creo en el suicidio de la clase, ni el de los trabajadores de una empresa. Por eso, para mi, es muy importante el equilibrio entre el discurso, una idea y la posibilidad concreta de lo que podés obtener en la disputa. Eso lo hace muy rico, interesante, contradictorio y expuesto a muchas críticas y adhesiones.

—¿Qué momentos complicados recordás de los que tuviste que atravesar en el pasado?

—Te diría que hemos pasado por todas las tormentas imaginables. Desde la hiperinflación al congelamiento salarial. Estuvimos 14 años sin aumento salarial. Se rompe el congelamiento durante el kirchnerismo, que da esos dos primeros dos aumentos por decreto y luego abre las paritarias. Atravesamos los ‘90, el neoliberalismo.

—Ahí comienza la etapa más fuerte de concentración de medios.

—Viene con el menemismo, que es tan similar a lo de ahora, aunque esto es doblemente brutal. Yo siempre digo que Menem arranca privatizando los canales de televisión, modificando la ley de radiodifusión de la dictadura, permitiendo la concentración de los canales, las radios, los diarios y las cadenas. Ahí, empieza a conformarse el grupo Clarín. Otro grupo luego compra Canal 11, con (Raúl) Moneta, que era un empleado del Citibank. Comienza a perfilarse la concentración, que de hecho se da no solo en Argentina sino en todo el mundo, con esa idea de juntar al poder económico con el poder comunicacional, fogueado por los nuevos proceso tecnológicos, las nuevas plataformas, con la idea de que el que domina la información domina el poder.

—¿Eso tienen un correlato en Rosario, con la reconfiguración de los medios locales?

—Claro que si. Aunque un poco más tarde. Cuando Clarín licita para quedarse con Canal 13, participa en la licitación, porque los pliegos le daban más puntos si había algún operador que ya hiciera televisión. Ahí participa (Alberto) Gollán con un pequeño porcentaje, que era socio de la empresa que adquiere Canal 13. Por eso, siempre hubo una relación de mucho privilegio entre el 13 y Canal 3 de Rosario.

Por otro lado, aparece Telefé comprando a aquel otro grupo formado al calor del menemismo, hablamos de Canal 11. Ahí comienzan a comprar canales del interior, entre ellos Canal 5.

En una primera época se diferenciaban en la estrategia, Telefé compraba canales, llegó a tener nueve que ahora compró Viacom. Y Clarín apostaba a los contenidos, luego ingresó al tema cables hasta llegar al caso casi inédito de hoy donde concentra Telecom, Nextel Cablevisión, Fibertel. O sea, la generación de contenido y las pistas por donde circula.

—Y decías que en Rosario se dio más tarde…

—Si, y distinto. Porque en Rosario interviene un tercer grupo, el de Vila-Manzano, que arranca desde Mendoza, desde el interior hacia Buenos Aires. En Rosario, se establece con La Capital. En ese momento tenías LT8 con Orlando Vignatti, y LT3 con Tomás Gluck. Allí, ellos comienzan a concentrar. A Vignatti lo asocian, o lo compran, o lo captan, cede LT8 y otras radios, le ofrecen a Gluck un porcentaje de acciones y LT3 se hace parte del grupo. Después ellos se deshacen de LT3 cuando la ley de Medios no permitía concentrar dos AM en la ciudad. Y se va conformando así lo que hoy tenemos. Hoy es el Grupo América que es un grupo que luego de estas jugadas del macrismo ha quedado tercero lejos en cuanto a poder comunicacional.

—¿Y en el medio de ese proceso de fusión, también queda involucrado el proyecto que había puesto en marcha Vignatti con el diario El Ciudadano?

—Sí, un diario que alcanzó en el primer año una expansión impresionante. Y se acerca muchísimo al tiraje de La Capital, y creo que allí hay una decisión muy inteligente del Grupo Uno que es asociarlo a Vignatti para no desgastarse en la competencia. Cierran El Ciudadano para convertirlo en un vespertino, hubo toda una lucha. Y ahí hubo un quiebre en la historia del sindicato. Con la irrupción de ese conflicto, el gremio asume características más proletarias. A partir de ese conflicto se logra mucha solidaridad en el gremio, y se rodea de una mística impresionante. Hubo marchas enormes en las puertas de La Capital. Fue una época muy convulsionada, porque se arranca con el conflicto en El Ciudadano, pero sigue con intentos de ajuste en La Capital, de despidos, de tercerizaciones y el gremio toma características de una pelea más frontal.

—¿Hubo un giro en el rol de los medios en esa época?

—Claro, con los nuevos conceptos que trajo el neoliberalismo, de eficiencia, salario atado a la productividad. La industria gráfica fue contagiándose de eso. Y después fue cambiando el rol de los medios. Antes estaban en manos de familias, que tenían relación con el poder político y económico, que tensionaban. Luego fueron cambiando de manos y quedaron en manos del poder. Hoy están en manos de grandes grupos que generan noticias en función de una mercantilización e intereses.

—¿Qué balance hacés de la batalla que se dio alrededor de la ley de medios?

—Ganar o perder en la historia es relativo, a veces vale dejar sentados mojones. Hay batallas que se dan más allá de que se puedan ganar o no. Que hay que darlas. El gobierno de Cristina Kirchner, en su momento, en la pelea con los ruralistas, con el agro, sintió que se la venían a llevar puesta. Y entendía que un socio clave que tenía «el campo», ese término genérico que se usó, eran los grandes medios de comunicación, que jugaban la batalla. Yo no sé si en su concepción original el kirchnerismo tenía la idea de avanzar en una democratización de los medios, pero frente a determinadas coyunturas políticas y hechos que se resuelven para un lado o para el otro, uno tiene que apoyarla si realmente están al servicio de lo que uno piensa. La ley de medios era una de las deudas de la democracia que teníamos frente a la dictadura.

Por otro lado, el sector empresario fue el gran ausente en el debate previo a la ley de medios. Se dedicó a hacer propaganda en contra, a meter chicanas legales, a intentar que no se aplique con maniobras políticas. Nunca se pudo aplicar totalmente.

Si mirás en perspectiva, TN decía que el gobierno quería quedarse con Telecom, y al final el que se lo quedó fue Clarín.

—¿Cómo ves el nuevo escenario de medios con la llegada de Macri?

—Macri es un representante claro de la derecha, de la oligarquía, del poder económico, de las corporaciones. Lo dice Eduardo Basualdo, que dirige el centro de estudios de la CTA de los Trabajadores, Cifra: lo que diferencia al macrismo del menemismo es qué sectores lo hegemonizan. Si uno analiza el reparto de poder dentro del actual gobierno, la gran hegemonía es de los grupos internacionales, y no particularmente de la industria y la producción, sino de los servicios, la energía y los mercados financieros. Y nosotros (los medios) somos un área de servicios, muy útil, para generar sentido, política, para engañar y ocultar. Hoy Macri no necesita medios del Estado, por eso este vaciamiento en Canal 7, en Télam, TDA, Depor TV, Paka-Paka, Radio Nacional, con despidos, con recortes para la producción, todo esto va de la mano del achicamiento de Estado.

—¿Se puede afirmar que esto tiene un correlato en la ciudad, con el despido en Radio Nacional y el conflicto en LT3?

—El macrismo con los DNU destruyó lo esencial de la ley de medios, y permitió esta convergencia que posibilita que en manos de un solo grupo tengas esa potencia fenomenal que controla el 70 por ciento del mercado audiovisual en la Argentina. Y eso encima es generador de agenda de muchos medios que la repiten aunque se creen independientes. Ese poder fenomenal es el núcleo que blinda al gobierno para seguir engañando a la gente a esta altura del partido, que de este modo se banca que de 20 promesas, como la misma La Nación lo plantea, solamente cumplió dos.

En ese DNU habilitó la venta de las licencias, por primera vez, las licencias solas, que es lo que pasa en LT3. Rosario Difusión, que es la tenedora, la vende a Vórtice. Después ellos dicen que asumen las responsabilidad de que van a transferir a los trabajadores. ¿Pero el pasivo monumental de Radiodifusión dónde va? ¿Se licuaría? ¿Es una estafa? Por eso, nosotros hicimos una presentación en el Enacom, donde está trabada esa transferencia. Nosotros hoy no tenemos un interlocutor con capacidad de decisión, nos mandan solicitadas, pero lo cierto es que hace seis meses que no iba nadie a hablar a la radio, y eso lo saben los 51 compañeros de LT3. Tenemos problemas de sueldos y una de las AM más importantes de la zona con una crisis enorme, en la que se van los conductores porque no les pagan. Vivimos una crisis de continuidad que es muy compleja. Estos capitalismos que nos imponen son marginales, donde los empresarios dicen ser capitalistas pero todos son delincuentes que le roban a la gente y nunca pagan sus responsabilidades.

 

 

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