Yo no sé no. Pedro me hacía acordar de una canchita que estaba allá en el rincón; en realidad aún no tenía forma de canchita y era un campito por donde cruzábamos la vía. Ese lugar tenía una particularidad, era un espacio silencioso. Algunos decían que los más viejos habían como impuesto ese silencio a modo de respeto y solemnidad por una tragedia que había ocurrido ahí. Pero también era una cuestión práctica porque el cruce era algo peligroso, el tren que iba a Buenos Aires pasaba con cierta asiduidad y había que hacer silencio para escuchar si venía o no, para poder cruzar.

Un tiempo después ya se armó mejor la canchita pero el silencio permanecía. Y a nosotros no nos gustaba porque cuando gritábamos un gol sonaba diferente. Era algo cultural el tema del silencio,  en los hospitales había cartelitos que indicaban “el silencio es salud”. En la época de la dictadura Onganía, por ejemplo, se estaba en contra del sonido de la alegría. Si tenías el pelo largo te lo cortaban, si las pibas usaban minifalda era un escándalo, y si te agarraban festejando los carnavales te llevaban preso. El silencio que se imponía en esos tiempos, era peligroso.

Pero un día en la canchita se me ocurrió hacer un partido amistoso contra un equipo de barrio Acindar, con el teníamos una cierta pica porque ellos estaban del otro lado de la vía. Además, la mayoría venían de familias trabajadoras calificadas del sector metalúrgico. La verdad que había una cierta diferencia con el barrio nuestro. Y la pica era real y venía por el fútbol pero también por las pibas. Un día jugamos el amistoso y después del partido se rompió el silencio. Ni me acuerdo el resultado, pero a partir de ahí volvieron los ruidos, escuchábamos a los pájaros y no teníamos que estar callados para poder escuchar si venía el tren, los gritos de gol se sentían mejor. Entonces, Pedro se acuerda que también florecían los ruidos de las protestas, de las marchas y contramarchas, los sonidos de goles y de los campeonatos rosarinos. Pero se apagaron otra vez cuando en marzo del 76 comenzó la dictadura atroz y se volvió a imponer un silencio lúgubre y peligroso. Después, vinieron los sonidos de los años 90. Pedro se quedó como pensativo porque en ese tiempo en las canchas se imponía una ruido sin sentido. Igual que ahora –reflexiona Pedro–  está la tendencia a obligarte a que te quedes en silencio a partir de un apagón informativo. Un silencio que no habla de los despidos, tampoco del futuro de las jubilaciones, de la educación, del fútbol mismo y si la gente lo va a poder ir a ver.

A lo mejor si nos juntamos –me dice Pedro– capaz que le rompemos el silencio y vuelven los sonidos de la alegría. De los pibes gritando el gol, el de la locomotora que viene y el del futuro, en definitiva el sonido del tren de la patria. Ahora, antes de cruzar la vía Pedro hace una pausa, por si las pulgas, y dice “hay que escuchar, a ver si justo pasa el tren y me lleva puesto”.

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