La tendencia se consolida. La intención de voto a favor de Lula no declina, pese a toda la artillería judicial y mediática que los poderes fácticos descargan sobre él. Se consolida y se aleja de los demás competidores, que no tienen ninguna posibilidad, ni la más remota, de acercársele. Por eso la derecha se juega todo a la vía judicial: si no logran meter preso a Lula, el líder gana las elecciones de octubre y vuelve a ser presidente.

Según indica el más reciente estudio del instituto Datafolha publicado por el diario Folha de Sao Paulo esta semana, en primera vuelta Lula obtendría entre 34 por ciento y 37 por ciento de los votos. En segundo lugar, aparece el diputado de ultraderecha Jair Bolsonaro, con 16 por ciento a 18 por ciento de intenciones de voto.

Un 31 por ciento de sus simpatizantes asegura que, sin Lula, votaría en blanco. El dato no es menor, y entona con el grito de la calle: sin Lula es fraude, sin Lula no hay democracia.

En la segunda vuelta, Lula derrotaría a Bolsonaro por 49 por ciento a 32 por ciento y se impondría ante cualquier otro adversario por un margen similar.

En caso de que Lula no pudiera presentarse, Bolsonaro quedaría primero, con 18 por ciento al 20 por ciento, pero sería derrotado en la segunda vuelta por la ecologista Marina Silva o el dirigente de centroizquierda Ciro Gomes. El gobernador de centroderecha de San Pablo, Geraldo Alckmin, también aventajaría a Bolsonaro en una segunda vuelta, aunque dentro del margen de error (34 por ciento de intenciones de voto, contra 32 por ciento para Bolsonaro).

El número de personas que votarían en blanco, nulo o de abstencionistas varía entre 14 por ciento y 19 por ciento en todas las hipótesis de primera vuelta en las que figura Lula. Sin el ex presidente, sumarían entre 24 por ciento y 32 por ciento.

Los datos surgen de un muestrario de 2.826 entrevistados y tienen un margen de error de 2 puntos.

Lo más notable es que los números no varían con relación a noviembre, pese a que la encuesta fue realizada con posterioridad al 24 de enero (entre el 29 y el 30), cuando el Tribunal Federal Regional de Porto Alegre confirmó, en segunda instancia y por unanimidad, la sentencia que condenó el ex presidente Lula da Silva a prisión.

Ese día se produjo el último capítulo de una embestida brutal, que comenzó mucho antes y que recrudece cada día. Durante esa audiencia, además, la Justicia fue por más, demostrando que la derecha en Brasil está dispuesta a todo: aumentó la pena, que era de nueve años y medio, a doce años y un mes de cárcel. De todos modos, se quedarán sin el circo mediático, Lula no podrá ser detenido, al menos por ahora, porque todavía quedan varias instancias para apelar el fallo. Pero el peligro está latente, es el as bajo la manga de la derecha. Y Lula y sus abogados lo saben.

El martes 30, la defensa del ex presidente de Brasil presentó un hábeas corpus para evitar una posible detención en las próximas semanas. Hicieron la presentación ante el Superior Tribunal de Justicia (STJ), máxima corte penal que también sirve para aclarar cuestiones de la legislación federal brasileña.

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