Mantené los 2 metros de distanciamiento - Provincia de Santa Fe

 

Dice David Viñas que la literatura argentina emerge alrededor de una metáfora mayor: la violación. La violación de los hombres ilustrados –los unitarios– por parte del salvajismo rosista, tal como se narra en El Matadero o Amalia.

Metáfora que recurre en Facundo, modulada de distintas maneras, a veces reducida a una mera literalidad, y otras sostenida por complejas construcciones figurativas.

Como sea, lo que Viñas señala es que la literatura argentina se constituye a partir de una figura que representa las formas irracionales de la violencia que corroe al ser nacional, impidiendo su organización institucional, tal como creían los escritores de la Generación del 37.

Ese nacimiento omite, de todos modos, otro origen posible, dado por la poesía gauchesca. Ricardo Rojas ya había optado por establecer ese otro origen de la literatura argentina, pero al precio de transmutar su cronología histórica, ubicando a la primitiva gauchesca en estadios previos a la colonización hispánica. Pese a ello, es innegable que la literatura gauchesca ya estaba presente cuando los autores del liberalismo romántico irrumpen en la escena pública. Estaba presente desde que Hidalgo compusiera sus cielitos y diálogos patrióticos, inaugurando la secuencia histórica del género.

Notoriamente, el género gauchesco también habría de hablar de violaciones, de las vejaciones que las armas practican sobre los cuerpos. Ascasubi, el siguiente eslabón en la cadena temporal del género, escribiría un célebre diálogo, La refalosa, que traza al igual que El Matadero o Facundo esa metáfora mayor de la que habla Viñas.

Podría pensarse que el texto de Ascasubi viene a abonar la tesis de Viñas, y efectivamente así es. Pero la gauchesca habría de tomar otros caminos, y después de pasar por las vetas paródicas de Del Campo, recala en la métrica sencilla y en el léxico rural de José Hernández. Y allí la poesía gauchesca invierte no sólo la perspectiva sino además la representación contenida por la metáfora de la violación.

Porque ahora, los que son vejados, violados, son los cuerpos de los gauchos. Los gauchos, que prestan su voz al género, tal como señala Josefina Ludmer, para que la utilicen los escritores urbanos que lo cultivan a lo largo del siglo.

En el caso de Hernández, esa apropiación, ese uso de la palabra del gaucho, estará al servicio no de la sátira -como en Ascasubi- ni de la parodia, como en Del Campo: estará al servicio, en todo caso, de denunciar los atropellos, las afrentas, que sufren los gauchos acosados por la milicia que representa a la autoridad, ya que no al estado. A la autoridad de un poder político donde convergen estancieros junto con comerciantes de la ciudad, que plasma el predominio del liberalismo vernáculo.

Es sabido: se trata ahora del poder liberal, que es el poder del unitarismo triunfante. Hernández, así, da vuelta el guante, y devuelve al relato liberal lo que estaba en su envés, en su cara oculta. Fierro narra las pérdidas, los despojos, que sufre el personaje por imperio del régimen mitrista, después de evocar el paraíso perdido que representa la era federal. Y no sólo las pérdidas y los despojos sino además la persecución, impiadosa, e implacable, a la que es sometido, que lo lleva a convertirse en un gaucho alzao, prefigurando lo que narrará de inmediato Juan Moreira de Eduardo Gutiérrez.

Ilustración: Facundo Vitiello.

De manera que, sobre un fondo común, las dos grandes líneas históricas de la literatura argentina construyen sus representaciones, sus puntos de vista, sus axiologías y sus marcos ideológicos. Ese fondo común se sostiene en un mismo personaje, el gaucho, que será denostado, condenado, por la corriente del liberalismo primero romántico y después positivista, del mismo modo en que será exaltado, reivindicado, legitimado incluso podría decirse, por la literatura gauchesca.

Carlos Gamerro postula en su libro Facundo o Martín Fierro que, si en vez de elegir al poema de Hernández como nuestro libro nacional, hubiésemos elegido para ello al texto de Sarmiento, tal vez otro hubiera sido no sólo el devenir de la literatura argentina, sino el de la Historia que la contiene y abarca. Afirma, borgeanamente, que si de algunos libros escritos por una dinastía de solitarios dependen los destinos del país, las realidades en que nos movemos y nuestras propias vidas, deberíamos ver qué ha resultado de de ese influjo, no por oculto inexistente.

Pero la historia, o la Historia, fue otra. La elite gobernante canonizó al Martín Fierro en ocasión del primer centenario de Mayo. El sistema educativo, la institución académica, contribuyeron a ello, al sostener la centralidad del poema hernandiano en el sistema de la literatura nacional. Podría pensarse, al respecto, que la letra de Hernández fue subsumida por la cultura oficial; pero no lo fue tanto. Porque Martín Fierro siguió vivo en la literatura argentina del siglo XX que recogió su legado: en la literatura de Arlt, en la literatura de Walsh, e incluso en la del propio Borges. Y siguió vivo en la cultura popular que revive su sentido libertario, insumiso: en el cine de Favio, de Cedrón, en las canciones de Yupanqui, en relatos populares como El Eternauta.

Siguió vivo en esa descendencia múltiple y heterogénea enfrentando una cultura liberal que quiso convertirlo en estatua, para petrificar, con ese gesto, la vida toda del pueblo. Lo cual, como cualquiera sabe, no es más que una quimera imposible.

Fuente: El Eslabón

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