“Esto tipos no vienen únicamente a pijotearte un salario, o para echar a los supuestos ñoquis del Estado, vienen a cambiarte el melón”, advierte Matías Layús rodeado de banderas, volantes y afiches en la sede La Bancaria Rosario. Es martes 20 de febrero y el gremio cumple la segunda jornada de paro nacional, viene de movilizar el lunes y se prepara para viajar a Buenos Aires el miércoles. Compañeros y compañeras van y vienen, hay reuniones en distintas oficinas, se respira lucha y, en ese contexto, el histórico dirigente sindical repasa su años militancia, desde el colegio secundario hasta su actual presencia en la comisión directiva nacional junto a Sergio Palazzo. El recuerdo de los amigos de la adolescencia desaparecidos, la privatización del Banco de Santa Fe, la “sorpresa” del kirchnerismo y el rol del movimiento obrero ante la nueva embestida neoliberal, emergen como temas centrales de la extensa entrevista con Biopolítica, el segmento audiovisual que desde este jueves puede verse completo en esta página.

—¿Cuándo y cómo se inicia tu historia política?

—Yo nací en el barrio porteño de Caballito. El 7 de agosto de 1954, no sé si te suena San Cayetano. Paz, pan y trabajo diría el compañero (Saúl) Ubaldini. Desde septiembre de 1955, que también te debe sonar, la autodenominada Revolución Libertadora trajo como consecuencia inmediata la mudanza a Rosario de mi padre, mi madre y yo, como único hijo. Después la vida me dio tres hermanos más. Mi padre trabajaba para el Estado nacional en los equipos técnicos de gobierno vinculados a la cultura y a la Escuela Superior Peronista.

—¿Fue una especie de exilio interno?

—Hay un libro, El Libro Negro de la Segunda Tiranía, realizado por orden de los Lonardi y Aramburu, en el que se hizo una supuesta investigación en materia económica, política, judicial, cultural. En cada capítulo hacen presuntas denuncias de lo que supuestamente pasó en ese período, donde se habla de falta de libertad de prensa, estupro de Perón con una piba de la UES, supuestos casos de corrupción de funcionarios y dirigentes sindicales, donde los acusaban de alta traición a la patria. Algunas de estas cosas también suenan por estos días. Y con ese escrache pensaban que terminaban para siempre con esa historia de gobierno popular peronista. En ese libro, en una de sus páginas está escrachado mi padre, por ser uno de los escribas más importantes con respecto a las políticas para manipular la mente de la juventud argentina. Por eso nos vinimos para acá.

—¿Y en Rosario siguió con la militancia política?

—A partir de eso mi viejo renegó de la política y se apartó. Incluso fue como una patada en las bolas cuando en el año ‘71, ‘72 yo empiezo mi militancia en la secundaria. Y de eso no quiso hablar más. Lo hizo tal vez a través de sus escritos, de todas las cosas que guardó. Todos los libros que se te ocurran de la época de Perón, los tenía todos y ahora los tengo yo, las ediciones comunes y las de lujo. La colección de la revista Mundo Peronista, folletos de la época, los diarios que se te ocurran.

—Qué lástima no hicimos la nota en tu casa para ver todo eso

—Bueno, lo podemos hacer alguna otra vez. Todo este archivo suele generar importantes discusiones familiares cada vez que nos mudamos. Me acuerdo que en el departamento de mis viejos, arriba de todo donde estaban las valijas, las cosas viejas, cuando yo estaba al dope miraba esos libros, las revistas.

—¿Dónde hiciste tu primera experiencia militante?

—Cuando llego a la secundaria, obviamente me dejé seducir por el peronismo. Empecé en la Dante Alighieri con un resultado desastroso, no era para mí esa escuela. Y en el Nacional 1 caímos los ex Dante, ex Colegio Inglés, Sagrado Corazón, Cristo Rey, La Salle.

Recuerdo que mi bautismo en la militancia fue la noche anterior al 17 de noviembre de 1972 cuando viajamos en tren Buenos Aires. Esa noche nos acobacharon unos compañeros en un taller mecánico en Villa Lugano para poder el 17 a primera hora salir caminado hasta Ezeiza, en el primer retorno de Perón. Esa mañana lo primero que encontramos cuando se abren las puertas del taller fue la represión.

—¿En qué agrupación tuviste aquella primera experiencia política?

—En la Juventud Secundaria Peronista, que era la rama secundaria de la Organización Unificada del Trasvasamiento Generacional, que tuvo como dirigente emblemático a nivel nacional al Gallego (Alejandro) Álvarez. Ahí transité mi militancia hasta el día que murió Perón. Esa orga, según sus máximos dirigentes, se iba a autodisolver con la muerte de Perón. Y así fue. El día que murió Perón nos avisaron que la orga se disolvía y, como decía el libro Conducción Política, cada uno pasaba a rebuscársela con su bastón de mariscal en la mochila.

—¿Y vos qué hiciste?

—Cuando terminé la secundaria entré a estudiar Derecho en la estatal. Pero previo a eso, en el ‘73, fue lo de las tomas de los colegios. Nosotros estábamos en el centro de estudiantes del Nacional 1, ahí fui parte de la conducción. Habíamos ganado con un espacio en el que estábamos los que militábamos en política, versus los que querían el centro para hacer la fiesta de fin de año u otras cosas que no tenían que ver con la política. Nosotros nos juntamos con los compañeros de la UES, del Socialismo, nuestra orga y no me acuerdo que otra agrupación, armamos la Lista de la Reconstrucción Nacional.

¿Te acordás de algunos compañeros de esa época?

—Sí. Especialmente a dos de ellos. Uno que fue muerto y otro desaparecido durante la dictadura. El compañero desaparecido es Eduardo Toniolli, el “Cabezón”, el padre del Edu. Si vos hoy ves a su hijo, que lleva el mismo nombre, es el fiel reflejo de su padre. No solamente en el rostro, sino en la forma de caminar, de expresarse. Y el otro compañero es Willy (Guillermo) Dawson, que militó en la UES con el “Cabezón”. Con Willy nos veíamos muy frecuentemente, vivíamos a media cuadra, entonces todas las mañanas nos íbamos caminando los dos desde Tucumán y San Martín hasta el Nacional 1 hablando al pedo. Era un pibe que no formaba parte de la tipicidad de la militancia de la época, que eran compañeros de familia de clase media que abrazaban la causa del peronismo, y de un peronismo más de izquierda, que fue desde la tendencia revolucionaria hasta Montoneros. Y este pibe veía de una familia más humilde, era hijo único, su padre era trabajador del correo, vivían con los justo. El espíritu revolucionario que anidaba en él, pienso que venía de esa bronca no saldada de que el viejo no le pudiera cambiar los zapatos o las zapatillas, o tener que ahorrar las monedas del colectivo para otra cosa. Estas cosas no las comprendí en el momento. Después de su muerte la madre y esa familia quedó planchada, no se vinculó con los organismos de derechos humanos. Se juntaba con mi vieja, que eran amigas del barrio y era un llanto de desconsuelo. Y por eso es un nombre, que si bien está en la placa de la facultad de Humanidades, porque estudió Historia con Toniolli, eran muy compinches, pero no es uno de los nombres que se escuche habitualmente.

—¿Y en la facultad continuaste la militancia?

—No pude ingresar en la lucha estudiantil universitaria, primero porque seguí un buen tiempo con la agrupación que venía de la secundaria, y después porque empecé a trabajar en la Bolsa de Comercio, donde rápidamente me vinculé a la militancia gremial, en la lista azul de Empleados de Comercio.

Me vinculé con los delegados, de donde recuerdo otra historia muy fuerte. El delegado era Manolo Fernández, es el famoso caso de la casa usurpada en Casiano Casas. Había estallado una bomba en el laboratorio de la Bolsa. Y a este muchacho lo tenían en la mira. Es más, lo tuvieron secuestrado unos 15 días en forma clandestina. El día que vuelve, que fue el mismo día que lo largan, estaba físicamente irreconocible de la paliza que le habrán dado. Fue a hablar con el presidente de la Bolsa que lo trató como el orto, y obviamente lo cesantearon. Después conocí a dos hijos suyos, en lo noventa. Uno se llamaba Manuel, igual que él, que es chofer de colectivos y que también estuvo secuestrado en la época de la dictadura.

El otro delegado era el Negro Leiva. Eran compañeros peronistas. Eran de la lista que se enfrentaba a Ghioldi que conducía en ese momento el sindicato.

—¿Y a vos dónde te toma el golpe de Estado?

—Cuando viene el golpe de Estado yo sigo en la Bolsa de Comercio, pero al poco tiempo me voy en un trabajo aventura en Chilecito, La Rioja, donde estuve como un año. Y en el interín se me vence la prórroga universitaria que había presentado para el Servicio Militar, del cual salí en febrero del ‘79. Esa colimba durante el ‘78 fue de mierda. Después con el tiempo me entero que estaba marcado por mi militancia, de ahí la animosidad que tenían algunos oficiales.

Cuando salí de la colimba, al toque entré en a trabajar al Banco de Santa Fe, el 2 de mayo del ‘79. Y ahí también al poco tiempo me encuentro con ex compañeros y nos empezamos a relacionar. Ahí comienzo mi militancia sindical que tiene continuidad hasta hoy, pero que en plena dictadura era complejo, todo clandestino. Algo que hoy en plenarios de delegados, con los más jóvenes, transmitimos para que se entienda lo que fue la militancia gremial en dictadura.

—¿Cómo se dio ese proceso tras el cual terminaste siendo un dirigente de La Bancaria?

—Ninguno de los que estamos acá, hoy salimos a la calle cientos y cientos de bancarios pero el cuerpo de delegados son setenta compañeros, y ninguno de los setenta compañeros están por una cuestión mágica. A cada uno de ellos les picó un bichito que los llevó a representar a sus compañeros. Son gente que ha tenido actitudes sencillas tal vez, en un primer momento, como hacer una colecta para el compañero que está más necesitado, o juntar a todos una vez por mes o dos veces por mes, fuera del ámbito del trabajo, para hacer una comida por ejemplo un  1º de mayo.

Esas son las pequeñas cosas que van generando las referencias. Lo mio no fue distinto de eso. Tal vez tenía el valor agregado para la época de haber tenido una militancia política de joven, de muy chico. Y de tener una ideología. Eso ayuda. Si bien tu entorno a lo mejor no es todo peronista, yo vine de esa militancia que te da esa experiencia previa, que te permite expresar determinadas opiniones y propuestas, que hace que te conviertas a veces en una referencia para determinadas consultas de los compañeros. Y así se empieza.

Después en el banco hicimos cosas grosas, que ahora que estoy en la conducción nacional y manejo otros tiempos, empiezo a analizar y a darle otro valor. Como por ejemplo, todavía en dictadura, habiendo pasado la guerra de Malvinas, hicimos un paro de 24 horas en el Banco de Santa Fe solitos y a pulmón, sin sindicato, sin otros gremios apoyando, pero sí con una comisión interna provincial que ya habíamos armado.

Después a los referentes de ese paro, nos hicieron desfilar ante la inteligencia del Ejército, todavía estábamos monitoreados por todos lados.

Foto: Manuel Costa.

—¿La privatización del Banco de Santa Fe marcó un antes y después para ustedes?

—Fue un momento clave, y fue clave en la unidad que tenemos hoy en la seccional. Hoy la lista naranja, que está en el gremio hace 24 años, es el resumen de la militancia bancaria desde la década del setenta a la fecha. En esta lista te encontrás a los compañeros del PC de la ex lista 6 de Noviembre, a los compañeros Socialistas de la ex Reconquista, a los peronistas como mi caso, que militamos, cuando entramos al sindicato, en el Movimiento Nacional Bancario. En aquella época estábamos encasillados por pertenencia política. Y esa cuestión se rompe en el peor momento de la privatización, que ya se venía perfilando desde principio de los ‘90, cuando cada uno de los gobiernos, estamos hablando de gobiernos peronistas, hicieron todo lo posible para desguazarlo. Fuimos dando peleas muy fuertes, y en cada pelea quedaba un desgaste muy grande.

Finalmente la ley de privatización se vota en el 96 y producto de la resistencia recién se entrega en el 98. Resistencia que incluyó una carpa, que se convirtió en un lugar emblemático de todas las luchas de los ‘90, que estuvo 282 días, y resistencia en la que se debe contar que nos cagaron a balazos en la puerta de la legislatura, con balas de plomo, con compañeros heridos de bala, como el secretario general de ese momento, Ortega, con un balazo en un pie, otros también heridos, muchos internados. Igual votaron la ley en fechas emblemáticas para los peronistas: 26 de julio. Y cuando le entregan el banco a los hermanos Rohm, que eran unos impresentables lavadores de guita, con dos directores minoritarios también emblemáticos, José Alfredo Martínez de Hoz y Adalbert Krieger Vasena, lo hicieron 1º de julio de 1998.

—¿Cómo viviste los años del kirchnerismo?

—La mayoría de los bancarios de hoy son hijos de la democracia, y de las paritarias. El fenómeno de lo que significó el kirchnerismo, no tiene la misma dimensión para un militante como yo, que tiene 63 años, que para una persona más joven que entró al banco con la paritaria, que reapareció en 2004 con el gobierno de Néstor.

Yo no me imaginé que iba a vivir una etapa como la del kirchnerismo. En la época del MTA (Movimiento de Trabajadores Argentinos, corriente interna de la CGT en los ‘90 conducida por Hugo Moyano), que fue una experiencia muy interesante, con otros tantos compañeros como Juan Nucci que falleció hace poquito, con los Camioneros, el Sadop, la Federación Gráfica Rosarina y me estoy olvidando de varios, participabamos de instancias de formación y debate con cuadros interesantísimos en Buenos Aires, algunos que venían de experiencias como la CGT de los Argentinos, que hoy siguen en la misma línea en la Corriente Federal de los Trabajadores. Uno de los que me rompía la cabeza era el economista Daniel Carbonetto, que ya falleció, y él nos hablaba de (John Maynard) Keynes, hacía unos estudios mensuales buenísimos, donde nos hablaba de crecer con los salarios, con la paritaria. Y cuando aparece Néstor lo primero que hace el tipo es aplicar una política keynesiana, era todo lo que nos había dicho Carbonetto, era la realidad efectiva, como dice la marchita.

Además de lo que significó la vuelta de la política, la revitalización de la militancia, no sólo la nacional y popular. Hay que resaltar lo que implicó la recuperación de la paritaria. La paritaria le volvió a dar otra relevancia al sindicato, durante los diez años del menemismo, de congelamiento salarial, estuvimos en la retaguardia defendiendo puestos de laburo, resistiendo la reforma laboral, la precariedad o los tickets canasta.

—¿Cómo definís la etapa actual?

—Ahora estamos en las antípodas de lo que fue el kirchnerismo. Si bien no estamos en el congelamiento de la convertibilidad, estamos en la época de la falta de respeto hacia las instituciones, en la batalla cultural. Esto tipos no vienen únicamente a pijotearte un salario, o para echar los supuestos ñoquis del Estado, vienen a cambiarte el melón con un paradigma distinto al que tenemos los argentinos. Desde las cuestiones de los derechos humanos, que es una bandera emblemática del pueblo a las materias social, económica y política, vienen a romper ese esquema. Y lo dicen muy sueltos de cuerpo, ellos hablan de cambio cultural, que se expresa entre otras cuestiones en la nueva doctrina Chocobar.

Lo que hacen en materia laboral es algo global, que afecta desde los sindicatos hasta la Justicia del Trabajo, que no nació de un repollo, la creó Perón, sin desmerecer la lucha de los anarquistas, socialistas y todas las luchas obreras que hubo de nuestro país, de muchas de las leyes sancionadas desde la época de Palacio y más atrás.

—¿Y en este cambio de paradigma que está imponiendo el gobierno, qué tarea debe asumir el movimiento obrero y los sindicatos?

—El rol es el que estamos asumiendo. Y el que asumió en su historia el movimiento obrero argentino. Por eso hacemos hincapié en la historia. Tenemos que abrevar en los programas revolucionarios que tuvo el movimiento obrero. En el programa de Huerta Grande en 1957, en plena dictadura fusiladora, ahí se juntaron los tipos que tuvieron la convicción de enfrentar el modelo económico de entonces, y elaboraron un programa de gobierno que hablaba de la participación en las ganancias, cogestión obrera, de la deuda externa. O en el ‘68 con el manifiesto de la CGT de los Argentinos. Los 26 puntos de Ubaldini. Para mi el correlato de eso, es la Corriente Federal de los Trabajadores. Palazzo lo viene diciendo desde que asumió Macri, dijo que la CGT no puede estar discutiendo el bonito de fin de año, tiene que discutir los grandes temas nacionales.

Y este proceso de resistencia, que tiene que tener al movimiento obrero al frente, como en todas las etapas históricas, ¿quién lo está llevando adelante hoy? Hugo Yasky, Sergio Palazzo, entre otros. Para mi, la marcha del 21 es un triunfo de Palazzo, ya que vaticinaba que el triunvirato no servía para nada y que había que enfrentar el modelo.

 

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