En las calles del barrio porteño de Monserrat, entre bombos y cabriolas, el Espacio Para la Memoria Virrey Cevallos reivindica la militancia y el arte de murguero.

“A todo el gorilaje la dolía la cabeza / cuando se decía el Macho ya regresa” cantaba la murga “Los Descamisados de Liniers”, en los corsos y recitales que se hacían en la década del 70 y esa canción era un homenaje a la memoria de seis de sus miembros que fueron desaparecidos por la última dictadura cívica militar. Esa historia de dignidad y lucha regresó a las calles porteñas el pasado fin de semana en el “Carnaval por la Memoria”, convocado por el Espacio Para la Memoria Virrey Cevallos, del barrio de Monserrat.

Osvaldo López, actual coordinador del Espacio, fue detenido el 15 de julio de 1977 y estuvo cautivo en el edificio de Virrey Cevallos 630 en el que funcionaba un centro clandestino de detención operado por el Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea y que se encontraba a sólo dos cuadras del departamento central de Policía.

“El año pasado hicimos éste carnaval por primera vez”, indica Osvaldo y explica: “Nos enteramos que había murgas que habían sufrido la desaparición de varios de sus integrantes, entonces se hizo una investigación sobre ellos y luego se lo planteamos a otras murgas de la zona, como las de San Telmo, Parque Patricios y Monserrat, entre otras y ahí surgió el proyecto de hacerles un homenaje”. López también señala la importancia que los desaparecidos sean recordados y homenajeados “en el lugar donde estaban militando”.

Bombo, repique y protesta

Los integrantes del Espacio para la Memoria Virrey Cevallos indican que el carnaval “sigue siendo una expresión de resistencia popular, donde las demandas de los de abajo se hacen oír al ritmo de bombos y platillos”. Por ese motivo, el llamado “Carnaval por la Memoria”, en “Homenaje a los murgueros desaparecidos. No al ajuste neoliberal”, convocó a las murgas “Suerte Loca”, “Los Caprichosos de San Telmo”, “Los Verdes de Monserrat”, “La Cumparsa” y “Festejantes por la Patria”, entre otras que desfilaron y desplegaron todo su arte y alegría por la calle Cevallos, entre México y Chile, del barrio porteño de Monserrat.

Además del paso de las murgas, Osvaldo López comenta que “antes los invitamos a los grupos a conocer al Espacio. En esas visitas de las murgas hubo reuniones en la que llegó haber casi setenta personas, y en las que participaron pibes de cinco años hasta los más viejos. La idea es que todos conozcan la historia del lugar, hacemos un reconocimiento del sitio, compartimos un video y a partir de ahí surgen preguntas entonces hay una motivación y el compromiso se hace más fuerte”.

“También ponemos las fotos de los desaparecidos con sus historias, y el año pasado fue invitada Delia Bisutti, quien participó en nuestra murga y después fue diputada nacional y secretaria general de Ctera”, agregó López y además sostuvo que más allá de los murgueros “la gente del barrio se arrimó y entró al local a conocer y escuchar su historia. Fue muy interesante el homenaje a los desaparecidos porque interesó a mucha gente que no conocen bien el tema”.
Es importante destacar que el Espacio para la Memoria Virrey Cevallos estuvo bajo la gestión del Instituto Espacio para la Memoria (IEM) hasta el año 2014 cuando pasó a ser dependiente de la actual Secretaría de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural de la Nación y la casa en la que funciona fue declarada Lugar Histórico Nacional en octubre de 2014.

Los descamisados, una historia

Clara Kierszenowicz (Dana), Luis Mercadal (Lucho), Jorge Infantino (Tanito), y Marcelo Anibal Castello esposo de Delia Bisutti, son los identificados que desaparecieron de “Los Descamisado de Liniers”. La murga de Liniers es nombrada en el libro “Un fusil y una Canción”, de Tamara Smerling y Ariel Zak que fue publicada por la editorial Planeta en 2014.

La investigación sobre la historia, el compromiso militante y la música, en el caso de la banda Huerque Mapu, de los años 70 y que compuso la “cantata Montonera”, obra oficial de la agrupación, indica que la murga actuó como telonera de la banda el 28 de diciembre de 1975, en el mismísimo Luna Park.

En el prólogo del libro, el sociólogo e investigador Roberto Bascheti, argumenta que la murga está formada por “todos pibes de ese barrio fronterizo con provincia de Buenos Aires, que se suman al proyecto de liberación nacional y social de nuestra Patria desde las filas de la Juventud Peronista”.

Desde el Espacio para la Memoria explican que “Los Descamisados de Liniers” fue una murga militante que tuvo su desarrollo entre 1973 y 1974 y que su objetivo “no era participar del Carnaval, pero el lenguaje murguero fue la forma que adoptó un grupo de militantes populares para bajar la línea política de la Juventud Peronista y los Montoneros. Llegaron a ser un grupo estable de unas 20 personas, y contaban con una serie de compañeros que se sumaban en algunas presentaciones”. Y agregan: “El lugar en el que iniciaron su actividad era un pequeño local que alquilaban en Ventura Bosch entre Leguizamón y Lisandro de la Torre en el barrio de Liniers, y que usaban como Unidad Básica a la sazón llamada Descamisados”.

“Una de sus características particulares era que no usaban ropa de murga y además dos de sus cinco bombos provenían de distintas murgas (Los Chiflados de Liniers) y de la hinchada de Vélez Sarsfield con quienes tenían un acuerdo para repartir volantes entre los que estaban en las tribunas en forma más rápida, efectiva y segura. Algunos integrantes de la barra brava del “El Fortín” también formaban parte de la murga”.

Un sitio recuperado

El inmueble donde hoy funciona el Sitio de Memoria “Virrey Cevallos” fue un Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio dependiente de la Fuerza Aérea, durante la última dictadura cívico-militar que funcionó entre los años 1976 y 198.

El edificio está construido en un lote de 8,66 por 20 metros, tenía dos pisos, un garage (por donde eran introducidos los detenidos), una sala de torturas, patio, escalera, dos celdas, un pasillo, y un pequeño baño. Según testimonios de sobrevivientes, en ese centro de detención clandestina actuaron miembros de la Policía Federal y del Ejército.

En el año 1998 la adquirió una inmobiliaria y edificó un conventillo pero en julio de 2003, la Asociación de Vecinos de San Cristóbal contra la Impunidad, junto a ex detenidos, familiares, organismos de derechos humanos más organizaciones sociales y sindicales del lugar, denunciaron que allí había operado un grupo que lo utilizó como campo de reclusión ilegal. Así comenzó una campaña para que en 2004 la Legislatura porteña acordó su expropiación y en 2009 fue abierto al público. Desde entonces, se realizan en el sitio talleres de capacitación docente, cine debate, muestras artísticas y se presentan libros, entre diversas actividades.

Un militante que no para

Desde 1977, se estima que junto a Osvaldo López, pasaron unos cien detenidos desaparecidos por ese inmueble. Osvaldo fue detenido en San Miguel y era entonces cabo primero de la Fuerza Aérea, mecánico de avión y militante del PRT, acusado de sabotaje.

Tras ser secuestrado fue llevado a Morón y torturado, al otro día lo condujeron a Virrey Cevallos, un sitio casi de tránsito y en el que había pocos detenidos. Pero, a la semana escapó por el techo. Antes de salir intentó liberar a una chica, pero estaba muy encadenada y al hacer ruidos debió salir solo. La detenida era Miriam Lewin, periodista, que también estuvo en la Escuela de Mecánica de la Armada (Esma).

López estuvo fugado y sin documentos en Bariloche y Córdoba. Al enterarse que su familia había sido amenazada se presenté en un juzgado cordobés y ahí le informaron que tenía captura por deserción. A las horas, lo pasaron a buscar agentes de la Fuerza Aérea, quienes lo llevaron a Magdalena y fue sentenciado a 24 años de prisión. Al salir participó en actividades de trabajo social y por la memoria: “Me puse a militar en una agrupación barrial. Junto con familiares de presos políticos estuvimos un año reclamando la libertad de algunos compañeros de la organización”.

Sobre el trabajo en el Espacio de Memoria, advierte que “hace falta desarrollar esa actividad porque, el chico si no habla de ese período histórico en la casa o con los docentes no tiene acceso a esa información. Acá se dan algunos factores que hacen que la atención del chico esté más predispuesta: uno es lo ambiental y lo otro es lo testimonial, que son dos ejes que lo acercan la historia”, sostiene y añade: “Tratamos de contextualizar porque no es algo que se terminó en 1983. La concepción de las Fuerzas Armadas y represivas no cambia, está contenida por un proceso constitucional, pero cuando puede se zarpa. En las comisarías se dan golpes, hay torturas, siguen teniendo esa concepción discriminadora que es la construcción social que han hecho del otro. Entonces, los enemigos siguen siendo los pobres. Por eso el trabajo de concientización es sumamente necesario”.

Finalmente Osvaldo López remarca: “Las murgas no cambiaron, antes se decía y cantaban temas con contenidos sociales y que no se podían denunciar en otros lados. Hoy sucede lo mismo”.

Aquellos murguistas

Entre los 30.000, aquellos militantes que también eran murguitas y fueron detenidos y desaparecidos, se ha registrado a Marcelo “Pichi” Castello, nacido el 16 de diciembre de 1950, era delegado gremial de la Federación Obreros y Empleados Telefónicos de la República Argentina (Foetra). Desde principios de los años 70 militaba en el barrio y junto a otros compañeros abrieron la librería “Megafón” en el barrio de Liniers. Además, era un referente del local de la JP de la zona.

Jorge “el Tanito” Infantino Luppino, tenía 21 años cuando fue chupado a fines del 77. Fue visto por última vez en la Mansión Seré (Morón), también era delegado telefónico y había militado en la UES y en distintos centros de estudiantes.

Clara “Dana” Kierszenowiz era actriz, pertenecía a la Juventud Peronista y era estudiante de Arquitectura.
Julio César Abruzzese Rodríguez, otro de la JP y profundo militante del Carnaval desde la murga “Los Chiflados de Abasto”. Sus compañeros afirman que “se lo llevaron por pensar, bailar y reunirse para defender la alegría como trinchera”.

Jorge “Lucho” Gullo era murguista y montonero de la agrupación “Los alegres de Balbastro”, que funcionaba enel complejo habitacional del barrio de Flores Sur, Luis Mercadal, también era parte de los “Desca”, le gustaba la historia del tango, la calle Corrientes, sus librerías y los escritores como Leopoldo Marechal, Oliverio Girondo y Alejandro Dolina. “A lo mejor deambula todavía por los pasajes y tiene amores contrariados con mujeres celestes, nunca se sabe, porque era muy porfiado en sus convicciones y se tomaba las cosas como quien para la pelota con el pecho”, dice su compañero de militancia Juan Carlos Miletti.

Jorge “El Pacha” Scorzelli, de “Los chiflados de Boedo”, militaba con su esposa y mientras ella dejó el peronismo en el 75, él continuó desarrollando su militancia en el barrio. Armando Prieto, de la Juventud Trabajadora Peronista, tenía 27 años cuando fue desaparecido el 21 de julio de 1976. “Era fan del Nano Serrat, de Atahualpa, del rock nacional que estaba en su despertar, sobre todo del grupo Almendra que lideraba el flaco Luis Alberto Spinetta; y adoraba las guitarreadas con amigos y compañeros, aunque muchas veces, lo ganaba el cansancio y cabeceaba, sentado en las largas mesas de tertulias”, recuerda Marta López, su esposa y compañera.

Templando cueros

La dictadura cívico militar prohibió eso tan peligroso como era que la muchachada de un barrio tomara las calles y se expresara a los gritos y mofándose del autoritarismo y la represión. Por decreto, eliminaron los feriados en 1976, y ya –como tantos otros- algunos murguistas fueron perseguidos, detenidos, torturados y desaparecidos.
Pero no desapareció ni pudo prohibirse que las murgas volvieran a asomar en los clubes de barrio, plazitas y veredas. Hasta que en 2010, la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner, restituye la popular celebración.

Y no hubo con qué darles, aún andan, con el profundo palpitar de cueros y cabriolas al aire, en cada barrio surgen esos que no saben desafinar porque interpretan lo propio, lo colectivo. Con rebeldes raíces negras, con descaro de tangueros arrabaleros y con magia de los viejos circos criollos, ninguna murga puede desafinar. Sucede que interpretan lo propio, lo colectivo y barrial, con fe pagana, irónica y atrevida.

Alejadas de la opulencia y brillosas imágenes de los carnavales mediatizados para crear atractivos turísticos, en las barriadas la murga habla de otras cuestiones.

En abril de 1966, en el número 35 de la revista Panorama, un tal Rodolfo Walsh publica una nota titulada “Carnaval caté”. En ella, con su profunda mirada, registra el festejo de la gente rica y bien (caté), con lujosas carrozas, deslumbrantes disfraces, todo brillando por el status de comparseros de patricios apellidos. Pero también registra que en los barrios el carnaval era popular, casi salvaje y armado entre vecinos que con humildes trajes y creativas presentaciones jugaban, pero no competían, como las comparsas caté del centro.

Hoy a pesar de los retrocesos, hay quienes insisten en recuperar esa expresión de protesta y dignidad colectiva. Ya, ni el intento de silenciarlas, la televisación o la frivolidad de lo fastuoso y superficial, puede hacerlas desaparecer.

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