Fin de racha negativa para la Lepra con la llegada del nuevo técnico que insufló ánimo y orden a un equipo que venía en picada. El triunfo ante los sanjuaninos fue una descarga de bronca contenida para los hinchas que lo festejaron como una final.

Todo redondo para Newell’s y para Omar De Felippe que terminó de apagar el incendio en el parque Independencia, luego de la última vez en la que llovieron insultos al presidente de la institución, Eduardo Bermúdez. Y esta vez se vio otro equipo, aunque con nombres ya conocidos y con las mismas limitaciones. Pero el once que se plantó este lunes por la noche en el Coloso pudo sacar lo mejor de sí. Se notó que De Felippe metió mano en el orgullo herido, en la confusión, en el desorden y la cosa tomó otro color.

Claro que además arrancó con el pie derecho con un gol a los dos minutos de juego que fue fundamental. El cabezazo del pequeño y veloz Joaquín Torres hizo estallar al parque con un grito contenido de gol que quemaba en la garganta.

Después los sanjuaninos reaccionaron y metieron un par de paredes dentro del área que no llegaron a nada y se abrieron los espacios para contragolpear. Cerca de la media hora de juego el portugués Luis Leal pudo embocar una bocha mordida y esquinada contra la red, después de varias jugadas de gol que le había sacado el arquero del equipo cuyano Luis Ardente.

Comenzaba a perfilarse un triunfo rojinegro muy trabajado. Hubo actuaciones superlativas con Braian Rivero, Héctor Fertoli y Hernán Bernardello, en gran nivel. Brian Sarmiento estuvo movedizo e incansable aunque algo impreciso. Por su parte, Leal fue punzante y siempre quedó de frente al arco rival. Ni qué hablar de Torres quien se retiró ovacionado. Hay que sumar entre los altos puntajes a un arquero como Nelson Ibáñez que no le pesó reemplazar al lesionado Luciano Pocrnjic. Y en el fondo hubo cerrojo del bueno, con cadena gruesa y buen candado.

Así, con dominio de pelota y avances leprosos con olor a gol, el Carnaval volvía al Coloso como un ritual de exorcismo. Y podría haber goleado al santo de San Juan si hubiera estado un poco más fino, ya que malogró por lo menos media docena de oportunidades para aumentar el marcador. Fue el claro dominador de la noche salvo en algunos tramos del segundo tiempo. Pero nunca perdió ni el orden ni el carácter.

Al final, el estadio era un hervidero de alegría por la redención leprosa que se sacó la mufa en el parque y que volvió a recobrar la fe.

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