Varios de los primeros integrantes del frente que nucleaba a los alumnos secundarios de Rosario, recordaron las tomas de colegios, los actos relámpagos y las lecturas de Jauretche, Cooke, Hernández Arregui y, por supuesto, Perón.

El 20 de abril de 1973, en la sede porteña del Sindicato del Calzado, se fundó la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) –con un antecedente de otras características durante la segunda presidencia de Perón– en un acto que encabezaron Cristian Caretti, su primer conductor; Rodolfo Galimberti y Juan Manuel Abal Medina. Traían consigo los años de la Resistencia Peronista, el aprendizaje de la lucha de sus mayores y los relatos familiares de “los años más felices” que vivió el pueblo argentino. Al poco tiempo, se crearon UES en distintas ciudades del país, entre ellas Rosario. Por la conjunción de coraje, lealtad, entrega y nobleza de la causa, iniciaban una de las historias más admirables de la política argentina.

A cuarenta y cinco años de la creación de la UES, el eslabón reunió a un grupo de “uesitos”, quienes evocaron los orígenes de una agrupación con presencia territorial en la mayoría de las escuelas rosarinas, que sólo en el Superior de Comercio supo reunir a más de setenta militantes orgánicos, y que en las movilizaciones de la época convocaba a entre trescientos y cuatrocientos pibes.

Luego de la ronda de las Madres del jueves 19 de abril, Alberto Tito Franchi, Pepe Berra, Marcelo Valenzuela, Juan Pablo Bustamante, Mario Paco Gioia y Jorge Palombo, que se han reunido en la Plaza 25 de Mayo, se encaminan hacia La buena medida.

Foto: Laura Elena Tasada

El comienzo es para Tito y Paco, quienes habían arrancado en el MAS (Movimiento de Acción Secundaria), ligado al peronismo de base, a partir del cual van dando forma a la UES. “Nosotros vamos tejiendo una nueva estructura con distintos compañeros, nos vamos acercando a Montoneros y FAR, y empezamos a desplegar el frente secundario”, recuerda Paco, que por aquel entonces tenía 16 años. Tito completa: “Nosotros veníamos de la práctica de la Resistencia y teníamos esa contradicción de pensar que los centros de estudiantes eran expresiones incorporadas al sistema; pero también teníamos la necesidad de abrir un frente amplio”. Lo dicho lo llevará a recordar los “actos relámpagos”: una barricada, alguna detonación y un breve discurso, para luego retirarse antes de la llegada de los milicos.

Pepe retoma la idea de Tito: “Durante todo el 73 hubo una discusión dentro de la UES y de la JUP, que venían de una práctica que entendía que los centros de estudiantes eran una estructura reformista, hasta que se define participar, y en el 74 ganamos en la mayoría de los Centros, tanto secundarios como de la Universidad”.

Por aquel entonces, los pibes de la UES se reunían en los bares o en aulas desocupadas de la Facultad de Economía, que estaba en el mismo inmueble que el Superior de Comercio, según recuerda Jorge. Pero al poco tiempo, y luego de haber funcionado también en Psicología –que entonces estaba en Humanidades y cuyo decano, Nicolás Rosa, era del mismo palo–, consiguen un local en calle San Lorenzo y Rodríguez, donde antes funcionaba una carnicería. “En medio del local estaba la «ganchera»”, cuenta Palombo.

Un vendaval de recuerdos

Tras la presentación, se desató un vendaval de recuerdos, de cronología difusa y sin esos golpes bajos que da la nostalgia, a saber: El cierre de campaña de Héctor Cámpora en la bajada Sargento Cabral. La nota del diario La Capital en la que Paco y Tito informan sobre el nacimiento de la UES Rosario. La solidaridad del Negro Aguirre, secretario general de ATE –“que estuvo en el Rosariazo”, según destaca Juan Pablo–, quien facilitaba la sede de su gremio para reuniones. Las lecturas de Jauretche y Hernández Arregui, de Cooke y de Franz Fannon. El “meloneo”, término con que se designaba al acto de convencer a compañeros para sumarlos a la agrupación. “Actualización política y doctrinaria para la toma del poder”, de Perón; primero, la proyección de la película; luego, el libro (“La Biblia”, Pepe dixit); más tarde, tipeado a máquina e impreso en mimeógrafo con resmas de distintos colores –celeste, rosa, amarillo, blanco– en la toma del Superior de Comercio; y la aclaración de Jorge, por si fuese necesaria, “no era que escaneábamos”. Una marcha al cementerio, bajo la mirada vigilante de unos tipos armados emplazados en terrazas. Una discusión en el Olimpo sobre la manera en que había que explicar el dólar, que captó la atención del mozo, quien los despidió con la pregunta: “Pibes, ¿ya arreglaron el mundo?”. Las voces cantando “Somos de la UES, presten atención, luchamos por la Patria, por Evita y por Perón”. El mote de “uesitos” que le endosaron los más grandes, que ya estaban en la JUP. Las noches en que esperaban a un potencial compañero a la salida del boliche “Tunelmanía” para “melonearlo” y sumarlo. La campaña de vacunación junto a la JUP y la Facultad de Medicina, con Marcelo representando a la agrupación en la zona oeste. Tito en la casa de Costantino Razzetti buscando una solución para la falta de local y la promesa –luego cumplida– del dirigente y la consiguiente instalación del local de San Lorenzo y Rodríguez. Peñas y torneos de fútbol. El campamento de 3 mil militantes en Salta, gobernada por Miguel Ragone, con un numeroso contingente rosarino como parte de “la reconstrucción nacional”, uno de los ejes de campaña del Frejuli. La marcha para repudiar el golpe a Salvador Allende. El grito de “La UES presente, Perón, Perón o Muerte” por las calles de la ciudad. La toma del Superior de Comercio. Marcelo yendo a la zona sur, donde estaban Chichín y el Negrito. Aquel acto relámpago en el que iba a jetonear Tito, pero el compañero que debía levantarlo lo abarajó mal y lo hizo caer al piso. El precepto de que para ser el mejor militante también había que ser el mejor alumno y el mejor compañero. Las elecciones de delegados de curso y la consolidación política en el 74. El impacto de la muerte de Perón y de los asesinatos de Ortega Peña y del padre Mugica. “Los huevos del general son tesoro nacional”, estribillo de aquella canción de la película Juan Moreyra (Leonardo Fabio), que recordó Marcelo, a quien se le sumaron Pepe y Tito. Los “uy, de eso no me acordaba” y las polémicas en torno a nombres y fechas. El respeto a la compañera como resabio de una moral católica de los sesenta. La tarde de sábado en el que estaban sacando cosas del local, con la cana pisando los talones, y no arrancó el Fiat 600. Compañeras y compañeros del Liceo de Señoritas (hoy Rivadavia), la Dante, el Lasalle, el Sagrado, los normales 1 y 2. La incorporación de Ersa (Estudio de la Realidad Social Argentina) como asignatura del secundario. La escuela Drago, de zona sur, uno de los puntales. El debate de Marcelo con una militante trotskista que terminó reconociendo que “Perón tenía cosas buenas”. La Flaca y Carlota. Una marcha a la Municipalidad y al Concejo en reclamo del medio boleto a fines del 75. Tomas en escuelas en las que la Marcha Peronista reemplazaba a Aurora, se volanteaba y se pronunciaba un breve discurso. La militancia mañana, tarde y noche. Los sueños colectivos, el cuerpo y el alma puestos en una causa.

Identidades y valores que perduran

Esas historias, que el lector podrá completar –y también corregirle imprecisiones– con su propia evocación, son parte de una historia inmensa que excede los límites de estas páginas y que hace infructuoso e injusto cualquier intento de síntesis.

En la actualidad, la mayoría de los militantes de la UES que han resistido y sobrevivido al horror de la dictadura, mantiene identidades y valores con que iniciaron la militancia. Muchos siguen formando parte de agrupaciones del campo nacional y popular, y en gran número han dado testimonio en los juicios contra represores, como otra manera de honrar a sus compañeros caídos y de seguir sosteniendo eso de que “la sangre derramada no será negociada”.

“Nos unieron unos sueños hermosos”

Por una cuestión de horarios, Jorge Palombo se empieza a despedir; pero Alberto lo toma del brazo. “Mirá, vamos a hacer cuartos de pollo y ensalada”, arranca, e intercambiará algunos comentarios con su compañero sobre cantidades y raciones. Juan Pablo Bustamante hará una referencia a los chorizos, hasta que la aclaración llegará de parte de Pepe Berra: “Mañana hacemos una comida con todos los «uesitos» que quedamos de aquella época”. Unos días después del encuentro, cuyas imágenes circularon en las redes sociales, Marcelo Valenzuela, cuenta: “Fueron desde los fundadores hasta los más «uesitos», que en el 73;74 tenían una edad promedio de 14 años. Al principio, hacíamos un esfuerzo por reconocernos, y luego para acordarnos de hechos puntuales. Alguien podría decir que se asemejaba a una reunión de ex alumnos; pero la diferencia es que nos unieron unos sueños hermosos. Y, a pesar del desenlace doloroso, todos estamos orgullosos de ese pedacito de historia que transitamos”.

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