Mantené los 2 metros de distanciamiento - Provincia de Santa Fe

 

El autor propone reflexionar y examinar tres ejes de análisis: la valoración de la situación económica y financiera, el falso dilema del Gobierno y las bases para un auténtico diálogo nacional y consenso social.

En medio de lo que los economistas han denominado »la tormenta perfecta», desde el Gobierno y la prensa adicta, han salido a congratularse por haber sorteado con éxito la »turbulencia» que supuso el vencimiento de más de la mitad de las LEBACS. Al mismo tiempo, han procedido a convocar un ¿espacio de diálogo? que sus voceros inoficiosos calificaron, con expresión muy poco feliz, como “Gran Acuerdo Nacional” quizás en recuerdo de los intentos de la dictadura de Lanusse.

Renovación de Lebac

El martes pasado, el Gobierno renovó casi 620 mil millones de pesos en Lebacs, poco más de la mitad del total de las mismas. En términos coloquiales, una Lebac (Letras del Banco Central) es similar a un pagaré o un cheque: en lugar de pagar en efectivo hoy, se entrega una promesa de pago con un vencimiento a 30, 60, 120 días, por ejemplo. Obviamente, por dicho tiempo de espera se aplica una tasa de interés sobre la deuda. Además, cuanto menor es la confianza en que el deudor cumpla, menor será el plazo que el acreedor le otorgue.

El Gobierno venía renovando las Lebac con ligeras bajas de las tasas, pero a un menor plazo, lo que llevó a que se acumulara el vencimiento de casi el 53% del total de las mismas en lo que, rememorando la terminología yanki, algunos llamaron el »supermartes».

Sin embargo, un par de semana antes y fuera del cronograma habitual del Banco Central de la República Argentina, la entidad dirigida por Sturzenegger incrementó las tasas de referencia para contener una suba del dólar. Dado que ese primer incremento fue insuficiente, las tasas volvieron a subir, en dos tramos más y siempre fuera de calendario, pasando de aproximadamente un 26% anual a un 40% anual.

Como esto no fue suficiente para contener la divisa estadounidense, se recurrió a otra herramienta de política monetaria: la venta de las reservas. Se calcula que, desde el comienzo de la crisis cambiaria, se fugaron del Banco Central más de 11 mil millones de dólares (casi 273 mil millones de pesos al cambio actual). Y como el dólar siguió subiendo, retomaron la venta de dólar a futuro.

Nada de esto fue suficiente. Tampoco el anuncio de un acuerdo con el FMI (Fondo Monetario Internacional). En poco menos de un mes, el precio de la moneda extranjera pasó de cotizar $20,45 a $24,80, más de un 20% de devaluación (el monto de la devaluación es mucho mayor, si tenemos en cuenta que al 1° de Enero de este año la cotización se ubicaba por debajo de $20, pero nos ceñiremos a lo ocurrido en el último mes).

Finalmente, el Gobierno consiguió renovar la totalidad de las lebacs, e incluso colocar algunas más mediante una serie de movimientos financieros, que incluyeron el lanzamiento de los BOTES acaparados por fondos buitres (conectados a conspicuos miembros del Gabinete nacional); el recurso al FMI para solicitar un mega-préstamo stand by; la concentración de las Lebacs en pocos tenedores (apenas diez entidades, contando con instituciones estatales como la Anses, poseen cerca de cuatro de cada cinco Lebac); la emisión de más deuda externa; la convalidación de tasas de interés superiores al 40%; plazos de vencimientos más breves; un dólar a duras penas por debajo de los $25 y un largo etcétera.

Prospectiva económica

Con estos datos, ya nadie cree que la inflación de este año se mantenga dentro del 15% previsto por el Gobierno y, mucho menos, que el crecimiento económico sea de un magro 2%.

Ya antes de la crisis. perdón, de la »turbulencia», ningún economista veía factible la meta fijada y manejaban previsiones cercanas al 20%. Hoy, la más optimista de dichas previsiones plantean una inflación anual del 25%, si bien hay muchas, con economistas de todas las tendencias, que hablan de cifras cercanas al 30% o, incluso, superiores.

Por supuesto, la idea de un crecimiento económico para este año está totalmente descartada. Con una inflación de tal magnitud y una recomposición salarial de, en el mejor de los casos, un 15% en tramos tardíos, el consumo (motor de la economía argentina) no seguirá estancado como hasta ahora, sino que directamente volvería a desplomarse. Sin consumo y con tasas de interés positivas (esto es, mayores que la inflación), los empresarios no tienen incentivos para realizar inversiones productivas, inversiones desalentadas por una política tarifaria agobiante.

Argentina se encuentra en el camino al fenómeno que los economistas denominan »estanflación», que implica una caída de la producción total de un país en medio de altas tasas inflacionarias, algo similar a lo ya sufrido en 2016.

En síntesis, pese a la retórica triunfalista de Cambiemos, hoy debemos más que hace un mes, a mayor tasa de interés, con vencimientos más cortos, a capitalistas concentrados (incluyendo fondos buitres y FMI), el dólar está más alto, tenemos menos reservas, mayor inflación, menor poder adquisitivo, menor producción y menor perspectiva de empleo.

Como veremos, esto se debe a un programa de política económica claramente orientado hacia la acumulación de capital en pocas manos, a partir de la apropiación de la renta financiera del Estado, y en desmedro de una economía dinamizada por el consumo interno, la producción nacional y el empleo digno.

Causas de la crisis

Nuevamente, ante el predecible fracaso del programa económico del Gobierno, resurge el mantra macrista de la pesada herencia. Sin embargo, el análisis de las causas de la crisis que atraviesa la economía y las finanzas del país muestra que estas se encuentran en la impericia del actual equipo de Cambiemos. Un breve examen de las medidas adoptadas desde la asunción da cuenta de cómo se ha ido gestando esta tormenta perfecta.

Entre las medidas del gobierno de Cambiemos, mismas que llevaron a esta situación, podemos mencionar: la desregulación del mercado cambiario, a través de la eliminación el plazo de permanencia mínima de capitales externos, de la falta de restricciones a la compra de divisas y de la supresión de la obligación de liquidar las divisas provenientes de la exportación; la desregulación del comercio exterior, posibilitando la importación indiscriminada, y la supresión de las retenciones a muchos productos de exportación (cereales en general y minería); la esterilización de pesos mediante emisión de Lebacs con tasas de interés positivas; la imposición de paritarias por debajo de las pautas inflacionarias; la baja de las jubilaciones y pensiones; los aumentos indiscriminados de tarifas; entre otras.

Nos encontramos así ante un escenario de creciente déficit comercial, sin elementos para financiarlos más que tomando deuda en el exterior. Pero al no tener una reactivación de la economía local, fruto de la baja del poder adquisitivo y del consumo nacional y del aumento creciente de los costos de producción, dicho déficit entró en una espiral ascendente, que los propios inversores externos comenzaron a advertir. La mejora de la tasa de interés de la Reserva Federal solo fue el catalizador para una crisis largamente anunciada.

Alternativa Gubernamental: ajuste gradual o ajuste a Fondo

Ahora, pasada (¿pasada?) la así denominada turbulencia, el Gobierno plantea una instancia de diálogo con la »buena oposición» para poner en marcha un plan alternativo. Sin embargo, basta prestar atención a las declaraciones tanto del Presidente como de muchos de los funcionarios de Cambiemos y sus voceros mediáticos, para ver que nos encontramos ante un falso dilema.

En efecto, de dichas declaraciones surge que el »problema» que nos llevó a este estado de »turbulencia» es la buena voluntad y empatía gubernamental, que hizo que eligieran el camino del ajuste gradual, camino que, según ellos, sería la causa de una crisis que se consiguió evitar, ya hemos vistos, lamentablemente, no se evitó: únicamente se pospuso.

Ante ese fracaso del gradualismo, parecería que del diálogo y del consenso con aquellos sectores de la »gente buena» surgirá un programa que solo puede calificarse de ajuste a Fondo (así, con la mayúscula que hace referencia al FMI).

Ese programa consistiría (nótese que prácticamente se anuncia antes de cualquier reunión o diálogo) en acelerar los tiempos del ajuste y achicar el déficit fiscal. Sin embargo, no se hace ninguna referencia a cómo achicar o eliminar el déficit comercial.

Las medidas para lograr esa reducción del déficit fiscal ya son sobradamente conocidas en la teoría, la política y la historia económicas de Argentina: recorte del gasto público, baja del salario, las jubilaciones y pensiones, eliminación de las indemnizaciones al trabajador, desregulación de tarifas de los servicios públicos y un largo etcétera que no ha cambiado desde los planes de Martinez de Hoz durante la dictadura.

Como puede observarse, se trata en realidad del mismo programa económico que nos llevó al fracaso actual, solo que ahora se plantea llevarlo adelante más rápido. Quizás por eso el Gobierno puede decir que no hay condicionamientos del FMI, dado que, después de todo, existe una comunidad ideológica entre dicho organismo internacional y los funcionarios de Cambiemos.

Alternativa real

Dijimos que disyuntiva entre ajuste gradual y ajuste ‘a Fondo’ es un falso dilema. Un falso dilema es cuando se plantean únicamente dos alternativas, mientras hay otras que se dejan de lado. Y eso es lo que ocurre actualmente.

Bienvenido un diálogo nacional, amplío, real y que tenga en cuenta los intereses de todos los segmentos de la Sociedad argentina, en especial de los más humildes y de los sectores medios que viven de su trabajo. Pero dicho diálogo debe tener como objetivo retomar un camino de crecimiento y, fundamentalmente, de progreso social.

Para salir del pantano económico en el que nos metió el Gobierno de Cambiemos, es necesario eliminar las causas de la presente situación económico – financiera. En este sentido, las metas que se fijen no pueden servir a la especulación financiera y el ajuste, sino que deben tender a regenerar el tejido de la economía nacional.

Algunas líneas en este sentido deberían ser la recomposición de los salarios y las jubilaciones (a través de la reapertura de paritarias y de una modificación al alza de la fórmula de movilidad); el congelamiento de tarifas a los precios de diciembre del año pasado; el restablecimiento de las retenciones a cereales y minería (cuya eliminación desfinanció al Estado, acopló los precios de la canasta básica a los precios internacionales y no generar puestos de trabajo); el establecimiento de restricciones a las importaciones (especialmente aquellas que no sean de bienes de capital o insumos, y salvo las vinculadas a la salud y la educación); instauración de un encaje a capitales extranjeros (para evitar los llamados capitales golondrinas que juegan a la timba financiera argentina); el achicamiento del déficit público mediante incremento de los ingresos (y no mediante la reducción del gasto público, como desea la ortodoxia neoliberal,); la creación de créditos a la producción nacional (para incentivar la generación de empleo digno); una reforma tributaria con sentido progresivo (en reemplazo de un sistema recesivo que agobia a los más humildes y a los sectores que viven de su trabajo).

De esta manera, se estará impulsando el principal motor de la economía, el consumo interno y la producción nacional, como un mecanismo para la generación de empleo digno. Si bien no solucionará de manera inmediata el desaguisado financiero creado por esta administración (deuda a altas tasas de interés, presión cambiaría y vencimientos a cortísimo plazo), podrá paliar en algo los efectos nocivos del desastre creado por el macrismo en sistema económico y social del Pueblo argentino y eliminará, en el largo plazo, las causas del fracaso del presente plan económico.

A modo de conclusión, podemos ver que tanto propios y extraños, e incluso desde el mismo Gobierno, concuerdan que el programa económico de Cambiemos fracasó. Solo resta saber si la alternativa será un ajuste conforme los deseos del Fondo Monetario Internacional y el ala dura del neoliberalismo, o si desde la oposición se puede construir una alternativa basada en los intereses nacionales y el progreso social.

(*) Integrante del Frente Profesional-Partido Progreso Social

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