El Museo de la Memoria de Rosario presentó uno de sus proyectos mejor guardados, que lleva varios años desarrollándose y al que le llegó la hora de presentarse ante la ciudad con mucha proyección a futuro. Se trata de la colección de relatos Dejame que te cuente, construidos a partir de material gráfico y testimonios brindados por familiares, amigos y compañeros de quienes fueron desaparecidos y asesinados por el terrorismo de Estado en Rosario y la región, y que integran el acervo del Centro Documental del Museo.

En la previa de la presentación, que se llevó a cabo el viernes 18 de mayo, en el emblemático edificio de Córdoba y Moreno, Lucas Almada, coordinador del Centro de Estudios de Historia, contó a El Eslabón cómo se gestó este proyecto que dirige desde 2014, y que ya cuenta con 20 libros (siete más están en elaboración) editados y exhibidos en la muestra permanente del museo en la Sala de Lectores. La propuesta busca “anclar las historias de las víctimas del terrorismo de Estado a la vida de la ciudad. Su presencia en las instituciones, las calles, los cines, los clubes y los barrios, es una contundente conjura a la definición de Videla cuando refería que los desaparecidos «no tienen entidad, no existen»”, explicó Almada. El proyecto surgió trabajando en la construcción de los Archivos Biográficos que el Museo realiza desde sus comienzos, pensando en el modo de acercar ese material al público visitante.

“La colección fue tomando consistencia a partir de una idea que Paul Ricoeur, un filósofo muy citado en la temática de la memoria, escribió abordando la problemática de la relación entre ficción e historia”, contó el antropólogo, docente e investigador, a cargo del proyecto. Y agregó: “En referencia al exterminio nazi de mediados del siglo pasado Ricoeur escribió: «Hay crímenes que no deben ser olvidados, víctimas cuyo sufrimiento pide menos venganza que narración». La narración es tan importante, porque es la posibilidad de reponer identidades en el tejido social y en la historia. Pero además, responder quiénes fueron las víctimas de los crímenes durante el período más oscuro de nuestra historia reciente, es también comprendernos a nosotros mismos dentro de esas historias”. German Abbet, Pablo Bilsky, Leticia Blhum, Carlos Candia, Julia Comba, Carlos Del Frade, Nicolás Manzi, Andrea Ocampo, Roberto Retamoso, Tania Scaglione, Sonia Tessa y Osvaldo Aguirre, son algunos de los autores de las historias que se pueden encontrar en la sala de Lectores, ubicada en la planta baja del museo.

“Cada año convocamos a un grupo de escritores de nuestra ciudad para que construyan a partir de un archivo un relato de los infinitos relatos posibles. Ellos se suman principalmente al trabajo de elaboración de memoria de la ciudad, pensando la temática junto con el Museo (que cumple la función de editor), involucrándose con una historia y produciendo un relato”, explicó Almada. También aclaró que cada uno de los autores “acepta las posibilidades y límites que tiene esta tarea, no sólo en el volumen del relato que tiene que ser leído en 15 o 20 minutos, sino, y sobre todo, en lo que atañe a la opinión de los familiares con respecto al trabajo final”.

—¿Cómo es el abordaje de cada archivo de las víctimas del terrorismo de Estado?
—El proyecto generalmente empieza con la creación del Archivo Biográfico junto con los familiares. Una tarea que no es difícil imaginar lo que significa, volver a esas cajas de fotos y recuerdos que remiten una vez más a lugares dolorosos. Pero han sido los familiares mismos los que alientan nuestra tarea, expresando un impacto en cierta medida reparador, en esta posibilidad de acercarse acompañados a esos recuerdos y a contar no sólo los momentos trágicos, sino de revivir con sonrisas y anécdotas otros aspectos casi olvidados de sus seres queridos. El archivo se compone con todos aquellos materiales que los familiares consideren significativos y autoricen para que tengan acceso público.
—Si bien los textos son biográficos, el objetivo es que también sean literarios
—Son relatos basados en datos biográficos. No vamos a meternos demasiado en una discusión que la historia y la literatura, y las producciones culturales de memoria han dejado atrás. Si existe el género, estaríamos hablando de literatura biográfica o documental. No resulta conducente preguntarnos cuánto de ficción tiene la historia y cuánto de historia tiene la ficción, sabemos que ambas se necesitan mutuamente para poder contar una historia. Una carta manuscrita dice datos de algunos hechos que se pueden corroborar, pero la ficción puede dar cuenta de los sentimientos que se expresan cuando se está lejos de la familia o cuando alguien se siente solo. La ficción llega a lugares en donde la historia no puede llegar. Como mostró Patrick Modiano en ese maravilloso libro Dora Bruder, que la literatura puede decir muchas cosas cuando los datos no alcanzan.

—¿Cómo se puede emplear la literatura en el ejercicio de la memoria?
—Cuando escucho literatura entiendo que hablamos de algo más que la actividad de escribir y leer como un entretenimiento. Me gusta hablar de narrar. Entonces se puede hacer un pequeño salto a la noción de narratividad como un modo de pensar la existencia. Lo expresaron con toda contundencia Hannah Arendt y el propio Paul Ricoeur: responder la pregunta por el “quién” es siempre contar una historia. Esto funciona tanto para decir quién soy, en donde no alcanza con decir mi nombre, y también vale para decir quiénes fueron las víctimas del terrorismo de Estado. ¿Qué significa narrar? Narrar una vida es configurar una cadena de acontecimientos, elegir, entre todas las acciones que despliega una vida, aquellas que nos permitan darle un sentido. Entonces, contar la historia de una vida es también dar vida a esa historia. En otras palabras, narrar es articular esos dos planos, el que va de la vida al relato a través de la elaboración de una trama, seleccionando hechos significativos, incorporando los personajes, para ordenarlos como una totalidad; y el que va del relato a la vida, a través del mundo que abre el texto al lector. Es el lector el que completa la narración.

—¿La propuesta tiene que ver con una forma colectiva de construir esa memoria?
—Lo colectivo es uno de los rasgos más potentes del proyecto. Empezando porque el lugar en el cual se generó y está en funcionamiento es una institución de la ciudad creado por el máximo organismo de deliberación como es el Concejo Municipal. Para nosotros, esto significa que es la ciudad la que está escribiendo estas historias que durante muchos años los familiares contaron y narraron con sus carteles en la calle, la mayoría de las veces en soledad. En segundo lugar, somos muchas personas las que llevamos adelante este proyecto, empezando por Viviana Nardoni, directora del Museo, desde adentro y por fuera de la institución. Los familiares, amigos y compañeros de militancia que se involucran en la creación de los archivos biográficos, y luego autorizan los textos. El diseño, que es un trabajo original y exclusivo de Valentina Militelo para la colección, y que no hay palabras para describirlo, sólo tienen que acercarse a uno de los libros para que una especie de ensoñación los guíe en la lectura. El comité editorial, que conformamos con Daniel Fernández Lamothe y todos los años sumamos un invitado para trabajar afinadamente la producción literaria, y que este año se ha comprometido Pablo Bilsky.

Nota publicada en el semanario El Eslabón nº 352.

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