La ratificación del acuerdo con el FMI y el ascenso del país a la categoría de “mercado emergente” como premio a la decisión de liberar su economía a capitales especulativos representan la profundización del ajuste neoliberal.

El gobierno de Cambiemos y su coro mediático buscan convencer que tanto el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional como la recategorización para la Argentina como economía “emergente” son la “salvación” frente a la grave crisis autoinfligida que atraviesa el país, cuando, en realidad, representan todo lo contrario. Acaso, como reza el refrán, será peor el remedio que la enfermedad. El “rescate” del Fondo y la consecuente buena nota que pusieron inversores financieros a una economía de libre mercado representan la profundización del ajuste neoliberal. No son buenas noticias por más que se disfracen y se presenten como el único camino posible.

Históricamente, los acuerdos con el Fondo, en Argentina y en otros países del mundo, terminaron mal. Unos pocos se benefician, mientras la gran mayoría de la población sufre las recetas que impone el FMI. Con políticas de austeridad y ajuste, estos dictados sólo fogonean desastres socioeconómicos. También representan la pérdida de soberanía. Con el Fondo encima, no habrá decisiones autónomas sobre el rumbo económico para el país. Todo estará bajo control fondomonetarista. En todo caso será la ratificación de un derrotero que desde fines de 2015 trae desocupación, desindustrialización y caída estrepitosa del poder adquisitivo de los ingresos.

La plata del Fondo no irá a inversiones productivas ni servirá para reactivar la economía. Esos dólares de Wall Street serán destinados a cancelar intereses de la suculenta deuda que viene tomando el gobierno de Macri. El Fondo nos presta plata para pagarse a ellos mismos. No es chiste. En el Día de la Bandera, el organismo multilateral que dirige la francesa Christine Lagarde anunció la aprobación del acuerdo stand-by por tres años por 50.000 millones de dólares como respuesta al compromiso argentino de desplegar un feroz paquete de ajuste fiscal recesivo para achicar el déficit. El gobierno querrá adormecer el galope del dólar, crisis cambiaria mediante –llamada por el macrismo “turbulencia financiera”–, e intentar reducir los altos niveles inflacionarios.

Con la devaluación del peso y la suba de los combustibles, la canasta básica alimentaria de mayo sufrió la suba más alta del año. Según datos del propio Indec, los alimentos aumentaron en promedio un 4,8 por ciento en mayo con respecto a abril. La disparada inflacionaria pone a la Argentina en el ránking de los países de la región con menor poder adquisitivo de los salarios. El impacto seguirá en los próximos meses, ya que la cotización del dólar continúa con tendencia alcista en junio y parece no encontrar techo, por más que el nuevo banquero central Luis Caputo eleve la tasa de Lebac a la cifra récord del 47 por ciento. ¿Qué empresario hará inversiones productivas con semejante invitación a la especulación financiera?

“Conseguir plata para cubrir vencimientos de deuda, en este país se llama blindaje. Y el cambio de las Lebcas, en este país se llama megacanje. Y lo que faltaba: el primer punto de la Carta de Intención (que Argentina envió al FMI) es déficit cero. ¡Que olor a naftalina!, ¡que viejo es todo esto! Para 2020 el Fondo exige déficit cero, es decir, ajuste feroz. El gobierno se comprometió a más tarifazos, más despidos en el Estado, recortes en obra pública, más ajuste jubilatorio, ajuste a las provincias”, enumeró el diputado opositor Axel Kicillof durante la frustrada sesión en el Congreso convocada para debatir los alcances del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.

Con la vuelta al Fondo, y en medio del Mundial de Fútbol, Macri entregó la cabeza del ministro Juan José Aranguren, uno de los más criticados por los tarifazos en los servicios públicos, y de otros funcionarios, aunque ya no es cuestión de caras sino de plan de gobierno (o plan de negocios). Los cambios en el gabinete parecieron más una lavadita de rostro, con nuevos nombres para encarar la nueva fase ajustadora que reclama el FMI de cara a las elecciones presidenciales del año próximo.  

Economía sumergida

El mismo Día de la Bandera, el Morgan Stanley Capital Internacional (MSCI) anunció que, según su índice, la Argentina ascendió de “mercado de frontera” –a la que había caído en 2009– a la categoría de “mercado emergente”. Funcionarios del gobierno y medios de comunicación afines se esforzaron en ensalzar la cuestión, aunque recién se formalizará en mayo de 2019. El ministro de Hacienda Nicolás Dujovne dijo que esto se traducirá en “inversiones y más empleo para los argentinos”. Con todo, se actualizó el pronóstico de “lluvia de dólares”, jamás cumplido.  

El MSCI destacó la confianza de los inversores internacionales en el camino por el que ¿marcha? la economía local. El anuncio, aprovechado por empresas nacionales cuyas acciones cotizan en Wall Street, sonó más a premio por someterse a un nuevo acuerdo con el Fondo que a un reconocimiento para una economía que “emerge”.

De todas maneras, Morgan Stanley les advirtió a las autoridades nacionales que revisaría su decisión de reclasificación de la Argentina si el gobierno “introdujera cualquier tipo de restricciones de acceso al mercado, tales como controles de capital o de divisas”. Con lo cual, la amenaza borra ideas de “destellos populistas” con los que Cambiemos suele jugar y camuflarse frente a una compulsa en las urnas con el objetivo de no restarse chances electorales.

Que en el país haya libre movimiento de capitales y apertura comercial irrestricta nos hace “emergentes”, según la vara calificadora de Morgan Stanley. Después de firmar un rescate del FMI, Grecia también fue recategorizada a “economía emergente”, pese a haber caído en recesión. Según el MSCI, una economía puede ser desarrollada, emergente o fronteriza. Esto habilita o no a la llegada de inversiones de fondos internacionales. La vuelta al FMI y la recategorización del Morgan no son más que la confirmación de que “el mejor equipo de los últimos 50 años” llevará a la Argentina -otra vez- a un callejón sin salida.

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