El hombre, alemán, no se sentía bien. Tenía cara de tema de Procol Harum: “Su blanca palidez”. Estaba parado, estólido y algo hierático, de espaldas al lago Hoan Kiem. Podríamos decir “legendario”, o “milenario” lago Hoan Kiem, pero casi todo lo es aquí.

La mórbida transparencia de la piel del hombre contrastaba con el color rojo del puente del Sol Naciente, que a esa altura cruza el lago y lo conecta con el sagrado templo Ngoc Son (también hay muchas cosas “sagradas” aquí, pero dejemos el adjetivo). El puente mira hacia el Oriente, y el color rojo simboliza, por estos pagos, la vitalidad que parece faltarle al señor de otros pagos.

Es imaginable, pero sólo eso, porque poco y nada se entiende aquí, entre tanto bullicio, que el descompuesto en cuestión había arremangado de manera tal sus narices que se las había clavado en el hipotálamo.

“Autopenetración del apéndice nasal por exceso de otredad”, arriesguemos, abusando de nuestra confusión. O no. Tal vez. Nada puede afirmarse en Hanói. Ni siquiera esto. Malo es generalizar, y emitir juicios apresurados, pero en medio de la borrachera permanente que produce el turbión Hanói es permitido, inevitable, al menos en el plano de las hipótesis, lo imaginario, lo posible.

Es permitido tomarse esa licencia, e incluirse, eso sí, siempre, entre los giles. Porque aquí en Hanói los turistas, muy especialmente europeos, sobre todo de clase media alta, sobre todo aquellos incapaces de quitarse los pesados ropajes de sus cánones, estándares, niveles de consumo y confort y seguridad y estados de bienestar y salubridad, sufren un bravo choque de otredades. En dosis que no les sientan bien. Como el alemán-su-blanca-palidez.

Los olores, los sonidos y la falta de espacios, este bronco turbión-infierno-musical preñado de cinco millones de motos (no es metáfora) y sus bocinas, ciudad abarrotada de objetos y personas, les recuerda la obra más famosa de Camus y les produce una de las más célebres de Sartre.

Cruzar las calles es tarea improbable. Aplicando las tácticas de Sun Tzu se llega a la sentencia de Bartleby, el escribiente: preferiría no hacerlo.

Foto: Pablo Bilsky

Pocos semáforos. Los pasos peatonales (dan un poco de gracia y pena, están pintados, literalmente) son superados por el caos y la cantidad. De todos modos, los accidentes no son frecuentes. Por motivos misteriosos, por alguna razón que se escapa, indescriptible, motonetas y peatones conviven. Cada uno hace lo suyo, siguen su camino en medio del bullicio.

Quién sabe, en medio de tantas motonetas, colores y la bella sinuosidad de una lengua inasible, excepto las vietnamitas y los vietnamitas, el resto es silencio, ignorancia.

De Alemania, Rosario, Venus, da lo mismo. La ignorancia rala del gil no tiene patria.

Si se logra respirar, profundo, relajarse y entrar, a nado, en la marea difusa, en el magma de colores y sonidos y aromas, se puede disfrutar y aprender.

Hanói se puede traducir por “entre ríos”.

Las diferencias entre “turistas” y “viajeros” se diluyen un poco aquí. Si los segundos son la versión progresista, culta, menos consumista y políticamente correcta, bueno, que ambos se lancen a cruzar una calle de Hanói.

Toda experiencia cercana a la muerte es igualadora.

 

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