El filósofo y escritor Diego Sztulwark cuenta detalles del libro Vida de perro sobre el periodista Horacio Verbitsky,  que ambos presentarán el miércoles en Rosario. El autor destaca del histórico columnista el “manejo de la información y su sistematicidad analítica de la coyuntura”  que lo hacen estar “siempre en la primera línea del debate político”.

El libro Vida de perro surge de conversaciones entre el periodista Horacio Verbitsky, conocido como El Perro, y filósofo Diego Sztulwark. No es una biografía clásica sino el fruto de innumerables encuentros y conversaciones entre ambos que sintetizan un “balance político intenso” del proceso que va de 1955 al presente macrista. El próximo miércoles 18 de julio, a las 18.30, en el auditorio de la Asociación de Empleado de Comercio de Rosario, los dos presentarán el trabajo en un diálogo con cronistas locales, algunos de ellos de la Cooperativa La Masa, organizadora de la actividad junto a la Universidad del Hacer y el Sindicato de Prensa Rosario. En la previa, Sztulwark conversó con El Eslabón sobre las razones de esta obra, el modo en que se construyó y sus expectativas respecto a la respuesta de los lectores.

Según cuenta Sztulwark –filósofo y conocido por desarrollos como el blog Lobo suelto y la editorial Tinta limón–, le venía planteando desde hace casi cinco años a Verbitsky la necesidad de publicar reflexiones construidas a través de diálogos, en virtud de reconocer su “manejo de la información y su sistematicidad analítica de la coyuntura”, que lo hacen “estar siempre en la primera línea del debate político”.

Al principio, el columnista durante más de tres décadas del diario Página 12 no le “daba bola”; pero la noche en que Macri le ganó el balotaje a Scioli, le volvió a insistir y tuvo el “sí” que tanto buscaba. Meses después iniciaban un trabajo que se prolongó durante casi dos años y que salió a la luz en mayo pasado.

Foto: Diego Martínez

¿Qué aspecto de la condición profesional de Verbitsky consideraste más importante para abordarlo?

—Más que un rasgo particular de su vida profesional, creo que es un exponente de un tipo de escuela que liga al periodismo con la investigación política. Me refiero a la escuela que se constituyó en los primeros años 60, cuando se armó la agencia Prensa Latina en Cuba, como un intento de contrarrestar el monopolio del manejo de la información que ejercían los norteamericanos. Ahí, participó una buena parte del periodismo y de los escritores de América Latina, como (Jorge) Massetti, (Rogelio) García Lupo y (Rodolfo) Walsh, por Argentina; y otros, como Gabriel García Márquez. Muchos de ellos después fueron parte de organizaciones populares o revolucionarias y pusieron a disposición todo su conocimiento sobre el manejo de la información. Como se sabe, Walsh y Verbitsky fueron parte de las FAP (Fuerzas Armadas Peronistas), después estuvieron Montoneros y durante la dictadura hicieron la experiencia de la Agencia de Noticias Clandestina (Ancla). Después, aparece Horacio como periodista de Página 12, pero tampoco se convirtió en un periodista puro, porque en los últimos veinte años fue presidente del Cels (Centro de Estudios Legales y Sociales).

Entonces, más que a la profesión periodística me gusta referirme rasgos de Verbitsky como un notable manejo de la información, una sistematicidad analítica de la coyuntura política argentina y también el temperamento que lo hace estar siempre en la primera línea del debate político. A la hora de hacer un balance de los procesos políticos, esos tres rasgos lo convierten en un interlocutor privilegiado.

Hacés referencia al método de Verbitsky.

—Como es un periodista tan importante, entiendo que para sus colegas sea un modelo; pero a quienes no lo somos, nos mueve más algo que va por el campo de la Filosofía y el de la militancia. En Verbitsky vemos a alguien que ha construido una cierta relación con la información; y, desde ese punto de vista, me preguntaba, si había “un método Verbitsky”.

Cuando empezamos “Vida de perro” mi objetivo no era solo hacer un balance de coyuntura política, sino que me interesaba también saber si había un tipo de sistematización sobre la investigación que también se pudiera compartir, porque me parece que la investigación autónoma es de las tareas centrales de la militancia.

Cuando le pregunté a Horacio sobre el método, me dijo que probablemente lo habría, pero que él nunca lo había teorizado. Entonces, me desafió a ver si mi rol en la conversación podía ser darme cuenta y explicar cuáles eran los rasgos de ese método. Lo intenté y la primer conclusión a la que llegué fue que, más que formalizar un “método Verbitsky”, lo que se podía intentar es que nuevas generaciones puedan elaborar sus propios métodos observando momentos de su trabajo. Por ejemplo, tener categorías a la hora de manejar información; porque se puede producir todo el flujo de información, publicar la información confidencial que se pueda conseguir; pero para convertir eso en datos relevantes hace falta tener un pensamiento, tener alguna hipótesis.

Otro argumento que Verbitsky me daba es el problema de cómo se toma una fuente. Para que una fuente haga un testimonio de valor, es muy importante la verosimilitud; y el investigador debe tener capacidad para determinar hasta qué punto lo que está diciendo la fuente se corresponde con el cuadro general de los procesos que viene investigando. Ese sentido, me decía que la sensatez del investigador ocurre cuando se confía en las categorías propias, cuando hay capacidad para elaborar hipótesis.

El libro surge de conversaciones, lo que se enraíza con una interesante tradición de la Filosofía: el diálogo como modo de construcción de conocimiento. Además, no fueron un par de encuentros sino un proceso prolongado.

—Yo no hice un reportaje intensivo de dos o tres días. Desde que empezamos a tener el diálogo hasta que salió el libro pasaron casi dos años. Hay un primer año muy intensivo de conversaciones. Tuvimos una base que fueron ocho o diez encuentros bastante largos y, a partir de ahí, fuimos teniendo otros más pautados durante el resto de 2016. En 2017, me dediqué a escribir y a editar haciéndole consultas semanales y tuvimos todas las charlas que hicieron falta para cerrar el trabajo. Además, leí todos los libros de Horacio; la obra de su padre, Bernardo, que fue un escritor muy importante, y repasé la bibliografía sobre procesos políticos en la Argentina.

¿Qué características tuvo el diálogo?

—Respecto de la tradición filosófica, la que me interesó a mí es aquella en la que el diálogo tiene que ver con la posibilidad de la autoironía, saber que las cosas que uno piensa de sí mismo se pueden ir desplazando en relación con la autoironía del otro. Es una suerte de humor que permite no encontrar a dos personas clavadas en lo que piensan y en lo que son, diciendo siempre lo mismo con una fijeza aburrida.

Además, el diálogo pasó por algunos vectores. Uno de ellos es que él me lleva 30 años y, para referirnos a coyunturas, somos de generaciones muy diferentes. Eso hace que en buena parte del libro, yo me ponga más a disposición de que él cuente una historia como lo puede hacer un mayor a un menor. La segunda mitad cambia bastante, porque ahí ya se trata de experiencias políticas que van del menemismo al presente, y eso yo lo viví. Ahí, hay es un contrapunto, el tema no es generacional; y el eje pasa por su tradición política, más vinculada al peronismo y un cierto realismo político, y por la mía, que está más vinculada a la izquierda y lo que podríamos llamar el autonomismo.

Después, hay cosas que son comunes. Por ejemplo, básicamente, aprendí a hacer análisis de coyuntura leyendo las notas de Verbitsky en Página 12, cuando yo tenía 17 años; o sea, que hay cierta comprensión en común de la coyuntura y lo otro que me parece importante son los que llamaría “enemigos comunes”, ese espacio de comprensión que permite hacer un análisis juntos sobre la Iglesia, las Fuerzas Armadas y las clases dominantes.

No caíste en la tentación de hacer una bibliografía.

—A mí no me atrajo nunca hacer una biografía de Horacio Verbitsky, porque lo que me interesaba era la conversación, su método de la investigación y su balance de los procesos políticos. En cuanto a la biografía, me parece que Horacio está rodeado por una especie de misterio que se ha hecho sobre él, generalmente contra él. Se han encargado de hacerlo más sus enemigos que sus amigos, y cuando digo sus enemigos me refiero a gente poderosa que en cierto momento fue molestada por sus investigaciones. Y a mí no me interesa su biografía en el sentido de estar demostrando que no es esto ni es lo otro. Me parece mucho más importante su manera de trabajar. Es un sujeto que sin tener un capital, sin ser un millonario, pero además sin ocupar cargos públicos, es un personaje muy influyente en la vida política desde hace muchísimos años.

¿Qué expectativas tenés sobre los modos de leer este libro y las apropiaciones que puedan haber en el campo de la política?

—En primer lugar, ver cómo llega el libro a una generación que no es ni la de Horacio ni la mía. Hay una nueva militancia, el movimiento de mujeres, el de la economía popular, los jóvenes que están contra la represión, la militancia sindical antiburocrática, los que están bancando la situación en los barrios; y me gustaría mucho que este registro de procesos históricos llegara a manos de personas que están haciendo su propia elaboración. La otra expectativa que tengo es que se relance la investigación autónoma en la militancia; es decir, que no se desprestigie la actividad intelectual como parte fundamental de la política. Y, por último, que haya una reorganización de los imaginarios políticos, no producto del libro sino que este sea una herramienta importante dentro de lo que hoy llamamos el “antimacrismo”, donde convergen posiciones de todo tipo. Me gustaría mucho que este modelo de diálogo pueda abrir una condición de intercambio de posiciones, que se pueda armar un espacio donde se recompongan imágenes políticas para el período actual, que es bastante duro, y para el que viene.

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