Perforo las nieblas de las madrugadas casi a ciegas. Los faroles de mi Whippet modelo veintinueve agonizan, se rinden frente a murallas de nubes deshilachadas y rasantes. No sé cuánto hace que me he perdido. Ni siquiera sé en dónde estoy a la deriva. Si en la llanura o en los años. O en las dos partes. He pensado en la posibilidad de haber enloquecido. Por eso escribo en el cuaderno. Al poner las cosas sobre el papel, compruebo que todo lo que está pasando es real, que no lo imagino. Persigo los amaneceres, porque en uno de ellos encontraré el camino de regreso. Pero cada vez que lo intento, aparezco en un lugar distinto. Un lugar, es una manera de decir. Sospecho que los lugares son los mismos. Acá es muy difícil saberlo, siempre la tierra chata y el cielo aplastante. Los caminos polvorientos y las estrellas como perdigones, disparados al aire y engarzados en la carne viva de la noche.

Sé que el Whippet tiene algo que ver con todo esto. Él me ha arrancado de aquel viaje y, de alguna manera incomprensible, rueda a la vez por el camino y por los años. Es tan tremendo que me aterroriza hasta la idea de escribirlo. Pero hace algunas mañanas, no sé cuántas ni puedo saberlo, el camino se convirtió en un sendero apenas discernible. Sólo unas crines de pastos secos, en la pelambre verde de la pampa. Por el espejo retrovisor me pareció ver, a lo lejos, una polvareda. Aminoré la marcha y la nube de polvo creció. Se agrandó hasta que pude distinguir a un grupo de jinetes. Di media vuelta y volví. Las siluetas se iban dibujando con más nitidez y noté que se habían detenido. Frené a unos cincuenta metros. El viento había dispersado el polvo, estirándolo como una cabellera sobre el pasto. Las figuras se recortaban precisas contra el cielo. Las chuzas brotadas de los brazos delgados. Me bajé del auto y me acerqué despacio. Eran indios. O fantasmas de indios. Los cuerpos descarnados y los ojos hendidos, mirándome desde algo que parecía miedo. Huinca milico del Toquí Villegas, gritó uno. Me sonó a amenaza y corrí hacia el auto. Rodearon el Whippet. Sentí los resoplidos de los caballos y las lanzas arrancando quejidos de la chapa. Después de un rato siguieron por la huella, al paso. Recobrando para el viento la cabellera de polvo.

Ese fue el primer indicio, pero no el único. No puedo descifrar nada del paisaje, siempre pampa y cielo. Pero los seres humanos que voy encontrando me permiten comprender lo que ha pasado. La mayoría de los hombres con que me he topado me son francamente conocidos, puedo acomodarlos en una secuencia lógica. Creo que fue antes de ayer, un gaucho me preguntó por la última partida del ejército de Lavalle. Creía saber que lo llevaban muerto, tratando de poner a salvo el cadáver. Un bulto envuelto en un poncho celeste. Le dije que había equivocado el rumbo, sus últimos hombres llevaban el cuerpo inerte del jefe hacia la frontera norte. El día antes, a la siesta, me detuve para dormitar un poco. Me desperté escuchando un débil rumor, un entrechocar de aceros y relinchos. Sobre una loma, una columna de soldados realistas corría paralela al horizonte. Penachos y estandartes púrpuras, un rastro de sangre en la llanura.

Pero hoy, hoy no he comprendido. Algo extraño sucedió. Si es que puede haber algo extraño en la extrañeza. Si es que puede haber una ráfaga más violenta en medio del viento desatado. Un hombre caminaba al costado del camino. Habían reaparecido los alambrados, y los postes pedestales de lechuzas. Estoy perdido, le dije al hombre. Yo también. Suba, le pedí. Bajo las ropas ocultaba un arma de fuego. Pero la necesidad de encontrar algo, un madero en el naufragio, pudo más que mi miedo. El tipo tenía más necesidad de hablar que yo. En el primer pueblo que encontremos me deja, dijo. Aunque con esta chatarra no sé a donde vamos a llegar. Es un modelo nuevo, le contesté un poco molesto. Y hace semanas que viajo sin encontrar ningún pueblo, ya le dije que estoy perdido.

¿Leyó los diarios, no sabe si la gente salió a la calle?, me preguntó. Le dí a entender que no sabía de qué hablaba, que llevaba semanas extraviado. Se enojó. No me joda, usted no puede no saber. Desde el 24 de marzo están pegando como nunca. Dicen que tienen campos de concentración, que te encapuchan y te dan máquina hasta reventarte el corazón. Yo soy de la columna Sabino Navarro. Nos vinimos acá, a esperar que el pueblo salga a la calle, los muchachos se fueron a una cita en Rosario, pero no volvieron. Mire, hágame una gauchada, si pasa por Rosario lléguese a esta dirección, lo va a atender una chica morocha, bajita, dígale que el 16 de julio voy a estar en la curva de Pérez, ahora pare que me bajo. Me dejó un papelito que ya perdí.

Estoy seguro de que el tipo me hablaba de algo que no había pasado. Que no había pasado cuando me perdí en la niebla. Por alguna razón, todos los que encuentro son fugitivos, náufragos, extraviados. O me he perdido en el tiempo, o entré a una tierra donde llegan los que huyen.

Dejo el cuaderno, porque va a salir el sol y es hora de buscar la salida. En el naciente, una flor rosada aiza pétalos de luz. Sólo en la madrugada podrá encontrar el camino de regreso. Una neblina espesa empieza a emplumar despacio, disfrazando la llanura.

* Páginas arrancadas del cuaderno de bitácora de mi amigo el viajante. | Hugo Basso es director de La Tribuna del Sur, de Rufino.

 

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