La escritora y tallerista Lila Gianelloni (Rosario, 1959) publicó a principios de 2018, bajo el sello porteño Paisanita Editora, un libro que ya le valió en 2016 la primera mención del Fondo Nacional de las Artes en el género cuentos. Se trata de Mapamundi que se despliega en nueve relatos breves, brevísimos, que están unidos por la misma trama, a través de la mirada traslúcida de una niña huérfana que vive con sus abuelos en un entorno rural.

“Este libro hay que leerlo con la devoción con la que se lee un gran poema”, advirtió la gran Liliana Heker a propósito de la presentación de Mapamundi en Buenos Aires, en abril pasado. La prosa de Gianelloni está desprovista de pompa y artificios. En poco más de 50 páginas la narradora rosarina alumbra una escritura tramposamente simple, delicada y eficaz. En Mapamundi el canto de las chicharras anuncia más calor, los arroyos tienen totoras muy altas, los campos de centeno son marrones y los de trigo, amarillos. Los patos también toman la comunión, y los conejos de ninguna manera comen zanahorias, sino hinojos.

“Es un libro encantador (se aplica este término en el sentido que se usa con las serpientes) un libro que te agarra y no querés soltar y no querés que termine nunca. Puro placer literario”, aseguró la escritora Verónica Laurino, quien acompañó a la autora en la presentación del volumen en Rosario, que se hizo la semana pasada en el Diablito Bar.

Mapamundi expresa el prodigio de mirar al mundo, no desde la pura inocencia que no existe, sino desde el asombro y la picardía. Esa capacidad de equilibristas que tienen los más chicos para hacer pie, mirarlo todo al nivel de sus ojos, medirse y mandarse. Además de las preguntas que no tienen respuestas, también hay lugar para el desencanto, evocado en pequeños gestos, en poquísimas palabras y evasiones.

Si el libro los encuentra desprevenidos –lectores, lectoras– la poderosa y sencilla descripción del entorno campestre de Lila Gianelloni puede trocar la lectura en una experiencia sensorial muy placentera. Leer Mapamundi es como caminar descalzos por el pasto húmedo, respirar el olor de la tierra mojada, y sentir todo el viento en la cara, como le gusta a la pequeña narradora de esta historia que se asoma desde el asiento de atrás.

Reseña publicada en el semanario El Eslabón Nº 367.

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