La chica era atractiva, sentadita en la vidriera con todo el sol de septiembre dándole en la ropa. Y me esperaba. En realidad yo me había constituido en el eje de su estudio, un bronce oxidado en su cadena y precisaba cerrar la tesis del Artista Hambreado para presentar no sé dónde. Se interesó por mí, me llamó y aquí estaba yo acercándome regado de nebulosas ilusiones por algún roze. En mi barrio, si una dama te llama, se interesa por tu condición, ya es un aviso al rojo que algo puede pasar. Inmediatamente me hizo saber que le gustaban las mujeres, cosa de evitar el contoneo y el irse a la banquina. Yo asentí y me dispuse a cooperar. Quería saber el porqué yo estaba más pobre que hacía años. La causa. Mi parecer. Mi oficio artístico. Mi declive. Mis subidas y bajadas, lo duro de mi profesión. Mis etcéteras.

Ya con la posibilidad de romance lejos, le largué un rollo exageradamente cruel acerca de la mala suerte, el país equivocado, los malos gobiernos, la paranoia de un complot internacional, la traición de la clase media, la indolencia de la oposición, el enchastre mediático, la locura de los indolentes y la gula de los poderosos. Cuando acabé ya iba por el segundo café. Ella anotaba como una loca. –Sos empobrecido entonces, no pobre. –Y.. sí… qué novedad, le repliqué de mal modo. –Igual que vos.– Sos músico… ¿Tuviste un buen pasar y lo dilapidaste o bien nunca te sonrió la Diosa Fortuna? Medité. Algo en mis entrañas me hacía ruido, mi no triunfo, su devenir sexual que no me permitía acercamiento alguno. Hacía dos años que no tocaba y las condiciones habían cambiado: la invisible Ley Lombardi, como una plaga, invadía denodadamente las contrataciones oficiales, y las privadas, asustadas por el retraimiento, daban pena.

La miré, el pelo lacio le caía en los hombros y se sonreía como comprendiendo. –La Diosa Fortuna me sonríe siempre, pero creo que es porque tiene parálisis facial, completé la idea. Se rió de verdad. –Poné en tu informe que desde que subió Cambiemos tengo alergia comprobada y que mi garganta está hecha polvo. Pero que en las marchas y las puteadas revive, y que tarde o temprano voy a poder cantar afinado sin que me tiemblen las cuerdas vocales por la bronca, y deje de contar la poca gente que asiste para calcular las ganancias. –De eso quería hablarte. Me caso en un mes y con Eliana, mi futura esposa, vamos a hacer una ceremonia privada. –¿Cuánto nos cobrarías por cantar? No sé si fue por resentimiento, por los desechos de mi aurea machista y su indiferencia, o porque la sola mención del casamiento  me espanta. –No cobro nada, pero no tengo ganas de ir, le contesté. Me levanté y la dejé en ese bar, con sus estudios acerca del Artista del Hambre.

Me crucé de calle y sentado en el umbral medité que adonde me había llevado tanta angustia, tanto recelo y tanta bronca acumulada. Hice un gesto señorial: volví al bar, le agarré las manos y le pedí disculpas. –Voy a tocar con lo que me queda de voz sólo por la comida, le murmuré. Y era cierto, muy cierto, se los juro.

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