El autor rosarino Juan Dogliani presenta el próximo 17 de octubre su libro Cuentos canayescos, en el que utiliza al fútbol –y sobre todo al club de Arroyito y de sus amores–, como excusa para abordar otros temas que lo atraviesan.

Juan Francisco Dogliani es abogado, especialista en tributación, profesor en diversos posgrados y conferencista. Pero está enfermo de Central, y por eso despunta su vicio futbolero literario publicando Cuentos canayescos, unas 17 historias que tienen como hilo conductor al club de sus amores. “La mayoría de los cuentos son, como dice en el prólogo de Marcelo Scalona, una suerte de crónica ficticia, anécdota exagerada, surrealista absurda en algún punto y donde es bastante fácil advertir ese paradigma de la literatura en el que uno cuenta una mentira para decir una verdad, o que uno habla de una cosa para decir otra”, comenta el autor en diálogo con el eslabón, y continúa: “Por ahí una mirada pueril se quede con el chiste, que los hay y a montones; o con el golpe emotivo por la mención de figuras que todos conocemos y queremos, como puede ser don Ángel Zof o Aldo Poy, pero realmente el fútbol está usado como una excusa para hablar de otras cosas. Y no descubro nada, porque ya Albert Camus decía que las mejores cosas de la vida las aprendió jugando al fútbol”.

Páginas amarillas y azules

“El desarrollo de los libros es como la vida: es difícil encontrarle un inicio”, asegura Juan al ser consultado sobre el surgimiento de las primeras líneas de su nueva obra editada por Homo Sapiens, y que ya juega en algunas librerías locales. “Probablemente lo que haya brotado ahora haya estado siempre. Me pasó que con mi libro anterior (No sé si merezco tanto y otros cuentos doglianezcos, de 2012), que aunque nunca fue la idea que fueran cuentos de fútbol ni de Central, muchos amigos del otro club de la ciudad me decían: «Che, estuve leyendo tu libro y destiñe azul y amarillo». Eso quedó como una anécdota dormida en estado latente durante años y ahora me surgió la inquietud de verterlo en un libro en el que hilo conductor sea definitivamente el fútbol, y sobre todo Central”.

Juan se desvive a la hora de hablar del club de Arroyito. “Para mí la vida es Central y como a la vida, que uno cuando la ve para atrás la aprecia con distintos matices, recuerdo de verme yo chiquito, la primera vez que me llevó mi abuelo a la cancha, y ver mi mano chiquitita sostenida por la mano enorme y peluda de mi abuelo albañil y yo abriendo los ojos como el 2 de oro ante el clamor y el colorido, y de golpe ver mi mano grande y peluda sosteniendo la de mi hijito”, relata hasta que la emoción y las lágrimas lo frenan. “Dicen que la infancia es la patria de uno y para mí esa patria es Central”, alcanza a decir.

Y como Dogliani podría pasar un día entero hablando del Canaya, sigue: “Yo creo que Central está en el agua. A veces uno desde la popular ve esos parches de río y se da cuenta que estamos hechos de agua, bien en el agua, como signo de la ciudad. Es la identificación clara de la ciudad, y como dicen los programas partidarios, Central es el apellido de Rosario”. Y no para, eh: “Central te hermana. Viste cuando metés un gol en un partido chivo y te abrazás con el de al lado que no tenés la menor idea quién es. El domingo fui a votar y parecía una democracia ateniense con todos los candidatos a cara lavada y mezclados entre la gente. Y todos terminan cantando la marcha de Central. Termina el rito y volvemos a empujar todos para adelante”.

Por último, cierra su bloque canayesco señalando que “la función que cumple Central en nuestra ciudad, en otro lado tal vez lo ocupe la religión o la pertenencia étnica, o haber pasado una tragedia natural o una guerra. Ese sentimiento hermanado, tal vez lo cumpla sociológicamente Central en nosotros”.

Literatura hecha pelota

Su incursión en el mundo de los libros nace desde su más tierna edad, y fue de la mano casi desde que aprendió a leer. “Escritor”, respondía cuando le preguntaban qué quería ser de grande. “Después, en la vorágine social empecé a correr sin saber para dónde y terminé siendo abogado, una profesión totalmente gótica. Creo que apliqué esa profesión en el sentido tradicional antes de empezar a ejercerla, y volvés a la infancia cuando decía que quería ser escritor”, subraya.

Habitual escritor de tratados y todo tipo de documentación, un día se animó a “destrabarse y a dejar fluir”, le dio rienda suelta a su imaginación y la volcó en el papel, lo que más adelante se transformó en sus dos libros. “A los 40, como en un nuevo despertar, me voy a vivir solo, cambio de trabajo y empiezo un taller literario dictado por Marcelo Scalona. Siempre leí mucho y escribí, pero tenía pendiente lo de destrabarme y dejar fluir. Así empecé a publicar literatura, humorística pero literatura al fin”.

En este aspecto, destaca su paso por el taller de Scalona, su actual prologuista, porque “para los que no tenemos una formación académica literaria, te pone los patitos en fila, te organiza el conocimiento literario, de dónde viene la influencia de cada autor, por qué escribe lo que escribe en determinado momento, y te da un gran pantallazo para ubicarte en lo que es una expresión literaria contemporánea, qué cosa ya está trillada y ya no va más porque no es novedosa, que es la típica de la gente que accede a los talleres para escribir como Rulfo o Dostoievski, y eso no va más”.

A Juan no le gusta hablar de “literatura futbolera”, porque insiste en que el más popular de los deportes “es una excusa para hablar de una cosa diciendo otra”, y añade: “El fútbol es un gran microscopio para ver las emociones, para bien y para mal”.

Lo que se dice un ídolo

La habilidad que Dogliani exhibe con la pluma y el papel en nada se parece a lo que ocurre cuando tiene una pelota entre sus pies. Y en varias ocasiones que se lo vio con los cortos puestos, fue protagonista de jugadas accidentadas, que poco a poco lo fueron alejando de las canchas. “No me dejan jugar al fútbol”, revela Juan, que se convirtió en una verdadera amenaza para los rivales. “Tengo historias muy feas, de haber retirado gente antes de tiempo. Pero no era de malo, era de torpe y de que a los 2 minutos nadie me daba más un pase entonces tenía que ir y ganarme la pelota yo mismo, pero a veces llegaba tarde”, admite este rústico ex jugador, quien reconoce que “la única forma de que una camiseta tuviera mi nombre fue haciendo la portada del libro”.

“Sí admiro mucho a la gente que le fluye el sentido del juego, que parece que están viendo la cancha desde arriba de un drone”, afirma este hombre que en otra vida le hubiese encantado ser Mario Alberto Kempes, su ídolo: “No lo vi jugar y por eso es probable que lo idealice. Diría como Alejandro Magno: si no fuera yo, querría haber sido el Matador. Tuve que conformarme con encontrarle la gracia a vivir para contarla”.

A la hora de reproducir un partido de su querido Central en su cabeza, dice tajante: “Sin dudas y por afano, la épica del 4 a 0 ante el Mineiro. Después está el abandono de Newell’s, pero a eso ya estamos acostumbrados (risas)”.

Es que Dogliani fue uno de los miles de simpatizantes que pisaron las tribunas del Gigante de Arroyito aquella noche de final de Copa Conmebol. “Estuve ahi, con mi hermano que tenía una vuvuzela y estaba insoportable. Ese partido tuvo todo, era para hacer una película. La carga emotiva de ese partido y Don Ángel, no le faltó nada. El primer penal lo patea Palma, el último Da Silva”, enumera el escritor, que rememora parte de esa epopeya en su cuento La noche mágica.

Sale a la cancha. Que la presentación del libro Cuentos canayescos sea el Día de la Lealtad no es casualidad, y Juan Dogliani se encarga de remarcarlo. Así, el miércoles 17 a partir de las 19, en la Sede Fundacional (Alberdi 115), saldrá a jugar con personajes de la talla de Aldo Pedro Poy, Marcelo Scalona y el Colorado José Vázquez, de la Ocal. “Estoy viendo la posibilidad de secuestrarle hijos a alguno de los ex jugadores para que vengan y sea realmente una fiesta folklórica, más allá de la literatura”, adelanta el escritor, que finaliza: “Presentarlo en el mismísimo lugar en el que hace más de 100 años unos locos decidieron fundar el club, es el sueño del pibe. Es un mimo extra que no me esperaba”.

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