Central volvió a eliminar a Newell’s de una copa, tal como había ocurrido en la Libertadores 1975 y la Sudamericana 2005. Además, estiró la diferencia en el historial y de los últimos 11 enfrentamientos ganó 8 y perdió sólo uno.

Se está haciendo costumbre. No importa si Central acaba de volver del descenso o si presenta uno de los peores equipos de los últimos tiempos. No importa el presente de cada uno ni en qué cancha se juegue el clásico. No importa si es en Arroyito, con hinchas canayas; en el Parque, con simpatizantes leprosos, o en Sarandí con las tribunas vacías. La racha que se inició el 20 de octubre de 2013, con la victoria del por entonces recientemente ascendido Central en condición de local por 2 a 1, con goles de Alejandro Donatti y Hernán Encina (RC) y Maxi Rodríguez (NOB), se estiró el pasado jueves con el mismo resultado pero en la lejana y vacía cancha de Arsenal de Sarandí. En el medio, salvo la agónica victoria de la Lepra como visitante en 2016, y el choque de la Copa Santa Fe que se jugó con suplentes, fueron todos festejos auriazules.

Lejos de casa

El de los cuartos de final de la Copa Argentina fue, sin lugar a dudas, el más triste de la historia del clásico rosarino. Por falta de voluntad y compromiso de parte de las dirigencias de ambos clubes, que nunca se pusieron de acuerdo, y de los gobiernos provincial y municipal, que pese a declarar en los medios que se iba a hacer lo imposible por garantizar la seguridad, pateaban la pelota afuera. Y, sobre todo, por el titubeo de la AFA, que debería haber designado la fecha y el escenario en un primer momento, como lo hubiera hecho si los rivales eran Boca y River, Independiente y Racing, o el derby que fuere. Por todo eso, Central y Newell’s terminaron jugando a 300 y pico de kilómetros de Rosario y en un estadio vacío.

En la transmisión de la tele, a la que hubo que recurrir para poder seguir las instancias del trascendental choque que paralizó a la ciudad, se escuchó el choque de manos de los jugadores en el saludo inicial, los gritos de los protagonistas, lo que decía el árbitro y hasta el canto de los teros. Faltaba la música de fondo, y el decorado. Como una película muda, y mala. De terror, bah. Porque futbolísticamente hablando, el partido fue horrible. Central venía con un nivel en picada y Newell’s apenas había mostrado un ápice de mejoría en los últimos compromisos, tras un arranque para el olvido. Y eso se vio reflejado en el juego. Quizás se esperaba algo más por el lado de los del Parque, pero lo hecho por los dirigidos por De Felippe fue muy pobre. Newell’s dominó las acciones durante un buen rato en el primer tiempo, pero sin inquietar jamás a Jeremías Ledesma, y en la segunda mitad le regaló la pelota al rival. Envalentonado, más por la apatía del contrario que por virtudes propias, Central se animó a incursionar el área de enfrente y a la salida de un córner, Germán Herrera se anticipó a todos y metió el taco del botín para abrir el marcador. Y enseguida llegó el zapatazo de Fernando Zampedri a un rincón que pareció sentenciar la historia. Un par de expulsiones (Federico Carrizo, Teodoro Paredes y Hernán Bernardello) le pusieron pimienta, y el gol sobre el final de Joaquín Torres sólo sirvió para decorar el resultado. Ganó Central, lejos de casa y en un estadio vacío.

Taco Herrera

Hay jugadores que nacieron para meter goles importantes, decisivos. Uno de ellos, ya no quedan dudas, es Germán Herrera. Nacido hace 35 años en la vecina localidad de Ibarlucea, hizo inferiores en Central y debutó en primera el 22 de febrero de 2003, de la mano de Miguel Ángel Russo, en un cotejo ante Lanús en el Gigante. Tras pasar por San Lorenzo y Gimnasia y Esgrima La Plata; Gremio, Corinthians, Botafogo y Vasco Da Gama (Brasil); Real Sociedad (España) y Emirates Club (Emiratos Árabes Unidos), regresó a la institución de Arroyito en 2016. Desde entonces, se tuvo que bancar ser suplente de delanteros de la talla de Marco Ruben, Marcelo Larrondo, Teófilo Gutiérrez o Fernando Zampedri. Y se la bancó con muchísima humildad. Y siempre aportando desde su lugar, sin jamás emitir una queja, un reproche, una crítica. Las veces que le tocó entrar, o ser titular, generalmente cumplió, y se dio el gusto de convertirle a Boca y a River. Pero evidentemente su especialidad son los clásicos. El 14 de mayo de 2017, Central vencía 2 a 0 en el Coloso pero Mauro Formica descontó para el rojinegro a poco del final y puso en riesgo lo que hasta ahí parecía un cómodo triunfo. Apenas un minuto después, Herrera, que había reemplazado a Rúben, marcó el tercero y selló la victoria en rodeo ajeno. El 10 de diciembre de ese mismo año, el Chaqueño (heredó el apodo de su padre, oriundo de esa provincia) durmió a la defensa contraria a la salida de un córner y señaló, cuando apenas se llevaban disputados dos minutos de juego, el tanto que a la postre le daría la victoria a los dirigidos interinamente por Leonardo Fernández. Ahora, en el decisivo choque de los cuartos de final de la Copa Argentina, con la 17 en su espalda, y con un preciso y exquisito taco como recurso técnico para resolver una pelota mordida que llegaba desde la esquina, abrió el camino a una victoria que fue festejada hasta el hartazgo por el pueblo canaya, que copó las inmediaciones del Monumento y el condado de Arroyito, y se cansó de gritar aquello de “Que nacieron hijos nuestros, hijos nuestros morirán”.

Diez mil de visitante

Cuando se conoció la noticia de que el clásico se jugaría a puertas cerradas y lejos de Rosario, no fueron pocos los hinchas que empezaron a cranear la manera de estar ahí. Acreditarse como periodistas o fotógrafos, contactar a algún conocido de la Comisión Directiva para ser parte de la delegación, conseguir vestimenta oficial de árbitro y tratar de sortear los controles o disfrazarse de perro policía. Todo fue inútil, los organizadores de la Copa Argentina y la gente de la Agencia de Prevención de la Violencia en el Deporte (Aprevide) examinó exhaustivamente hasta los documentos de los jugadores. Pero eso no impidió que un grupo de hinchas de Newell’s se las ingeniara para ver el partido desde una terraza. Dicen los vecinos de Sarandí que el dueño de la casa se hizo de 10 mil pesos por permitirles subir a los leprosos que fueron captados por las cámaras de la tele antes del inicio del encuentro. Lo que también se pudo ver en las pantallas fueron los humos azules y amarillos que surcaron el cielo cuando los equipos ingresaron al campo de juego acompañados de una buena dosis de pirotecnia.

Lamentablemente para ellos, ninguno de los dos grupos tuvo un final feliz: los del Parque Independencia porque se volvieron con una derrota a cuestas, y los canayas porque terminaron detenidos en una comisaría del sur del Gran Buenos Aires.

Síncopa

Solamente dos veces se encontraron los equipos grandes de la ciudad en un certamen internacional. Y en las dos, el desenlace fue el mismo. El viernes 11 de abril del 1975, en el partido desempate de la Copa Libertadores de aquel año, Central, que era dirigido técnicamente por Carlos Timoteo Griguol, superó al Newell’s de Juan Carlos Montes por la mínima diferencia, en el Gigante de Arroyito, y con gol del Matador Mario Alberto Kempes. En el mismo escenario, pero 30 años después, el destino quiso que canayas y leprosos se volvieran a enfrentar en una fase eliminatoria, esta vez por la Sudamericana 2005. Tras igualar sin goles en el Parque de la Independencia, Germán Pirulo Rivarola le dio la victoria al elenco auriazul en el choque de vuelta, y la Academia volvió a festejar. Aunque el pueblo auriazul no se privó de sufrir en aquella oportunidad. Cuando faltaban segundos para el final del encuentro, el Tanque Santiago Silva tiró un taco en el área contraria que pareció escurrirse entre las piernas del arquero Marcelo Ojeda. Fueron instantes, pero varios habrán estado al borde del infarto porque, según la ubicación en el estadio, la pelota desapareció y no podía intuirse el desenlace que, de conllevar destino de red, hubiera significado la clasificación rojinegra a la siguiente fase por la ley que indica que el gol de visitante vale doble. Hasta que el Chelo elevó el balón, como Mufasa eleva a Simba en la pele del Rey León, y le devolvió el alma al cuerpo a los hinchas de Central.

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